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jueves, 17 de agosto de 2017

La Razón.

¿Por qué estudio artes?

En realidad no sabría decir con claridad por qué estudio artes específicamente pues mi objetivo podría llevarlo a cabo desde otras disciplinas también. Personalmente lo estético de la vida siempre me ha llamado mucho la atención al grado de que, incluso de mi peor humor, le busco lo "bello" a todo; personalmente me refiero a ello como orgánico pues lo que me llama la atención en realidad es el funcionamiento de las cosas, no su apariencia en sí, y es eso lo que considero realmente bello. 
Podría decirse que mi fascinación por los procesos naturales y su estudio como la psicología, la biología, ecología, la fisionomía, la sociología, la literatura y tal, es tan grande que en entender cómo funcionan las cosas (desde las historias y los vivos hasta las cabezas de las personas) se me va la vida. Éso, la manera en la que cada cosa funciona y cada tema se relaciona a su vez, con todo lo demás, es lo que considero bello.
Estoy consciente de lo consecuente que es la vida en sí por lo que entiendo que cosas muy pequeñas pueden causar un impacto inimaginable a largo plazo. Personalmente el crear es mi forma de conectar con otros y pasar a ser -de manera temporal- parte del círculo de las cosas que los relacionan con el resto del mundo. Es mi manera de girar con los mecanismos de las personas que me rodean y pasar a ser parte de su mundo. 
No me interesa ser artista de galería tanto como me interesa conectar con esa parte infantil que existe en todos: el vestigio de la niñez. Me gusta hacer muñecas e ilustrar cuentos pues en las etapas tempranas de nuestra vida, a pesar de que somos animalitos terribles e insensibles en nuestra gran mayoría, no discriminamos por razones que ahora de adultos sí. Tenemos otra forma de percibir la belleza y la unidad y de alguna manera somos más justos y libres aunque no sepamos nada del mundo. Esa inocencia, creo yo, nunca se va y sólo hace falta retomarla y ejercitarla. Recordar la emoción de entender cómo funciona el mundo y saberse ínfimos e infinitos. Esa curiosidad, me enorgullezco de admitir, aún la protejo por lo que los procesos del mundo aún me maravillan.
Quiero compartir eso que veo con todos esperando que les cause la misma alegría que a mí y con eso hacer girar, aunque sea un poquito, las ruedas de todo el que entre en contacto conmigo, hacia una dirección más alegre y más pacífica, más solidaria, más tolerante, más cariñosa y más honesta, justo así, como los niños.

Ana C.C.

jueves, 16 de junio de 2016

Isaac Julien, Playtime and Kapital: grandes pantallas en grandes salas.

Mi segundo intento por entrar al MUAC a ver la exposición de Isaac Julien se llevó a cabo el pasado martes, cuando, junto con una compañera de clases, partimos al museo en bicicleta terminadas las clases. 
Ciertamente no fue nuestro día de suerte dado que llovió un tanto y nos perdimos en el trayecto alrededor de hora y media, pero logramos dar con el museo y para mi agrado, no había fila en la taquilla.
Puesto  que ahí mismo Anish Kapoor expone en la sala continua, la primera vez que fui, decliné la entrada al notar que la fila le daba la vuelta al edificio, ahora, sin embargo, era entresemana y no había nadie.
Ingresamos rápidamente a la sala pasando por una entrada de tablaroca en la que se explicaba un tanto de la exposición en español y en inglés. De frente, una sala oscura contenía dos pantallas independientes que proyectaban vídeos entrelazados acerca de una conferencia en la que se hablaba del capital y el arte ante un público visualmente culto, que opinaba al respecto de dicha discusión que iba y venía con charlas de Marx, el mercado, el arte y la sociedad. Kapital.
Los vídeos de cada una de las pantallas interactiaban de tal manera que a veces los subtítulos aparecían en una o en otra. Mientras tanto, los personajes convivían en un ambiente bastante tranquilo de discusión y debate. Dos hombres encabezaban la conferencia mientras alguna decenas los presenciaban ocasionalmente interfiriendo en la línea de discusión para aportar o renegar una u otra cosa.
Dado que mi compañera y yo estábamos húmedas por la lluvia, la calefacción fresca del interior del museo nos afectó un tanto.
En la sala de al lado, en la misma exposición, se encontraba Playground, que mostraba, tengo entendido, tomas variadas de parajes de Islandia, donde un hombre alegaba haber comprado una casa (pues había sido su sueño desde niño poseer un espacio amplio de tipo industrial en el que vivir). 
La casa era enorme y tenía varias habitaciones de formas regulares junto con lo que parecía uan ventana circular. 
Tres pantallas enormes interactuaba esta vez. Mientras dos proyectaban a veces la misma imágen (o por lo menos tomas desde la misma posición) una tercera se despalzaba para mostrar otros planos antes de ser seguida por una segunda y así las tres se desfazaban. A veces una mostraba la casa, otra el patio y una más el paisaje desde lejos.
A veces interactuaban las pantallas y el hombre en la imagen pasaba de una a otra en tomas contínuas, a veces desaparecía, a veces jugaba de la misma amnera con los subtítulos que en Kapital, a veces todo se quedaba en silencio y otras veces las tres mostraban la misma imagen.
No había asientos, sólo un piso alfombrado con varias personas observando en silencio. Ésta fue mi favorita de la dos, lo reconozco, por la magnificencia de las pantallas, la calidad de la imagen y del sonido y el silencio que reinaba en la sala, sólo irrumpido por un ocasional murmullo y la narrativa de los vídeos, además de un poco de ambientación y música en ocasiones.
La historia me gustó, con sabor a hombre melancólico, aunque enr ealidad tuve que abandonar la sala poco antes de que el asunto concluyera, pues al lluvia amenazaba de nuevo y debía volver a casa.
El diálogo entre ambas me pareció interesante, aunque lamento no poder desapegarme lo suficiente de mis experiencias para hablar imparcialmente de la producción y los tecnicismos del asunto, sólo puedo concluir que fue agradable visitar la sala.
Lamento un poco no tener la capacidad de apreciar el videoarte de la misma forma en la que aprecio las ilustraciones o pinturas, no poder quedarme ensimismada en un cuadrito viendo cómo se hizo o qué hizo. No es lo mío, pero puedo apreciarlo sencillamente como expectadora, sin el afán de entender su funcionamiento como cualquier otra persona. Eso me hace mucho más feliz, por así decirlo.
Supongo que mi carrera me arrastrará eventualmente a conocer más de estos temas aunque no seal mi fuerte obviamente. Hasta ese entonces me gusta mi posición con respecto a ellos. Los respeto, más no los admiro.

Ana C.C.
 

martes, 7 de junio de 2016

Documentales afrancezados y lo bonito de la biología en sepia.

La semana pasada (ya sin tanto retraso en la entrada) nos pasaron una serie de documentales franceses de principios y mediados del siglo veinte que exploraban la vida marina, organismos pequeños e interesantes.
Gusanos, caballitos de mar, medusas y pulpos fueron los sujetos de los vídeos. Aunque exploraban vagamente , pues faltaba tanto tiempo como información en los vídeos (aunque supongo que se trataba de los estudios más primarios pues apenas se contaba con la tecnología para estudiarlos y documentarlos de esa manera) me gusta la forma en que se narra. Para ser sincera nunca había escuchado un documental en francés y me agradó.
Habla de una forma muy bella de organismos tan comunes pero tan bonitos, como lo son las medusas, que siempre había querido saber qué eran exactamente y son lo que tienen que ser. Punto.
Hace acercamientos microscópicos interesantes de los organismos para hablar de cómo se reproducen y cómo funcionan sus pequeños cuerpos desde lo unicelular, y cómo cada pequeña fracción hace su pequeña parte para mantener la pequeña vida de los organismos que crear los grandes ecosistemas marinos.
Todos, a excepción del de los pulpos, que hablaba de esos animalitos fascinantes de una manera un tanto despectiva, eran monocromáticos y se ubicaban en pequeñas peceras donde los animalitos se estudiaban a lo largo de varios meses (creo) y la documentación se llevaba a cabo con las cámaras.
Aparte del narrador y la música de fondo, los documentales no contaban con audio ambiental. Se trataba de resúmenes muy sintetizados de lo que yo sospecho, fueron tomas muy largas de investigaciones muy extensas por primera vez documentadas.
Me agradaron dentro de lo que cabe y debo admitir que la corta duración de la plenaria fue de mi agrado también.
No fue lo que me esperaba pero no estuvo nada mal.

A.C.C.

viernes, 22 de abril de 2016

La Visita de Rafael Lozano Hemmer

Hace una o dos semanas (pareciera que tengo una tendencia a escribir con retraso) nuestra plenaria semanal programada fue reemplazada por una plática impartida por Rafael Lozano Hemmer, un artista visual de origen mexicano que vive en Canadá, quien nos habló un tanto de sus proyectos y otro tanto de su visión con respecto al arte desde su persona.
Como todo buen artista, me pareció a mí que Rafael gusta de la reinterpretación de lo existente y la expresión a base de la magnificación de lo que supone ser biológicamente humano, como las pulsaciones del corazón, la sombra, la voz y las huellas digitales. Él, junto con su equipo técnico compuesto por toda suerte de especialistas (camarógrafos, ingenieros, planificadores, etc.), se han encargado de convertir al espectador en coautor de sus obras, en las que el rastro biológico del mismo es el causante directo de las obras en sí.
En algunos de sus proyectos, ha logrado convertir las pulsaciones del corazón del participante en luces magníficas que se lanzan al cielo; en otras es su voz la que se transmite y en otras más, son las sombras las que delimitan el escenario de la obra.
Su idea es, según lo que alcancé a captar, el transformar lo individual en parte de lo colectivo, magnificar al individuo a la altura de los monumentos y reclamar a lo superior desde la voz de los de abajo. Algo así como una guerra de hormigas.
Nos mencionó algo de sus proyectos actuales, de algunos pasados y otro tanto de su exposición con respecto a los estudiantes perdidos de Ayotzinapa, junto son su software libre de búsqueda y reconocimiento facial, del cuál fuimos partícipes también después de la conferencia.
Su tendencia a retransmitir y volver a lo individual parte de lo colectivo y a su vez colocarlo a la altura de lo enorme me pareció interesante. Le aprendí una o dos cosas al respecto del respeto hacia la propia labor del artista, algo de no permitir que los coleccionistas nos fastidien (si es que llegamos a convivir con coleccionistas pesudos) y otro tanto de lo que él pensaba que serían las comunicaciones, por así decirlo, en lo próximo. 
Si de algo estOy segura es de que vive su existencia inundado de trabajo. Se ve un tipo muy agradable.
Esta fue la primera conferencia magistral en a que no me ocupé en nada más que en observar. Me gustó mucho y espero este tipo de charlas se repitan para no sentir las cuatro horas extra que pasamos en la escuela gracias a ellas.

Ana C.C.

viernes, 18 de marzo de 2016

Léxico de los planos de cámara.

Harás tres semanas hubo una conferencia en el salón SUM acerca de los primeros directores y cineastas (como tal) que aparecieron a inicios del siglo XX. La idea general era explicar cómo se pasó de grabar sucesos sencillamente porque sí a la idea de una narrativa creada a partir de cambios de cámara con respecto a lo que se grababa.
Se nos mencionó algo del cine ruso, de los inventores del cinematógrafo, del cine estadounidense y básicamente  de sus primeros pioneros en cuanto a relatos se trataba.
Hace poco hablé de 'Broken Blossoms' sin mencionar realmente nada del lenguaje de la cámara, limitándome a emitir una opinión como el el caso del filme de Dziga Vertov, más ahora me gustaría mencionar algunas cosas del lenguaje del cine con base a la posición de la cámara y el orden de las secuencias.
Para empezar, la cámara y las imágenes que graba, presenta los escenarios en función de lo que el director desee que el vea. Es decir, guía, a través de ciertos planos y ángulos, la atención del público para generar un cierto impacto o sensación al mismo tiempo que le agrega fluidez a las tomas continuas.
Un plano general es aquel que presenta las situaciones y escenarios de frente, con los personajes en cuerpo completo y da una introducción al público acerca de la idea general de locación, tiempo y etc., aquí se trata de englobar a los personajes junto con su ambiente cayendo ambos en igual calidad e importancia. Si se quisiera hablar del lugar en el que las tomas se desarrollan independientemente de los actores, entonces se habla de un plano panorámico, donde la cámara se aleja del punto para fijar la atención en la zona y presentarla como protagonista de la toma.
Cuando se quiere hacer énfasis en los personajes sin ignorar del todo el contexto, se habla de un  gran plano general, donde se hace un acercamiento mayor a ellos mostrando aún el cuerpo completo. Mas, si lo que se desea es volver aún más 'cercano' el contacto con los actores, se pasa a un plano americano, donde se graba de la rodillas para arriba, mostrando el cuerpo casi en su totalidad y retándole algo de importancia al fondo. Éste se utiliza más en entrevistas y conversaciones que en cine como tal, aunque suele incluirse con mucha frecuencia pues permite ver con claridad al sujeto en casi toda su fisionomía además de aportar la ilusión de cercanía.
Cuando los personajes interactúan entre sí a distintas distancias, de forma que algunos quedan recortados (parcialmente fuera del cuadro) y otros se muestran de cuerpo completo, se habla de un plano a profundidad; pero si lo que sucede en la toma es una escena de acción en movimiento donde también hay elementos que salen y entran al cuadro, se habla de un plano medio.
A medida que la cámara se acerca a los personajes, se pasa a llamar un plano medio largo (con encuadre de la cintura para arriba) y un plano medio corto (del tórax para arriba). Si se quiere centrar la atención en el sujeto de forma que el diálogo se vuelva un tanto íntimo y se muestren sus expresiones con claridad de forma que sea el lenguaje facial un protagonista de la escena, se para aun primer plano (de la clavícula para arriba), y si o que se desea es ver los cambios anímicos del actor con más fuerza y fijar la atención en su mirada, se pasa a un gran primer plano donde se filma dese la barbilla hasta las cejas.
Un plano a detalle es aquél que se fija en un objeto pequeño o en un rasgo en particular: los ojos, una flor o un anillo.
El plano sobre el hombro es aquel que fija su atención en aquello que el personaje observa de una forma más personal, y un plano subjetivo es aquel que pasa a ser la mirada del espectador en una situación y deja de ser un mero observador, haciendo tomas incluyentes que permiten al público inmiscuirse aún más en el relato al volverlos protagonistas.
El plano en picado muestra a los objetos vistos desde arriba y en contrapicado, vistos desde abajo para ofrecer otros ángulos de atención y un modelo más estético de ciertos detalles.
Los planos aéreos, tomados desde aviones o helicópteros, sirven para dar una vista panorámica de los escenarios; mientras que los planos frontales buscan posicionarse a nivel de  lo que se graba.
Cuando la cámara se mueve sobre sí misma y los sucesos ocurren a su alrededor, como aquellas tomas en las que un personaje corre y el lente se mueve siguiéndolo, pasa a ser una especie de espectador en la calle o alguien que estaba meramente ahí, pero da un visión 'externa' de las situaciones, pues es ajena a la acción y al mismos tiempo, de alguna manera, el centro de la situación al ser la principal espectadora. Si se mueve de arriba a abajo, se le denomina cenital, y si va de un extremo a otro, horizontal.
Cuando la cámara se desplaza en vez de hacer tomas independientes que después se unen, se denomina travelling, pues entonces pasa a ser partícipe de los hechos y ofrece una visión más cercana de las situaciones como un ratón en un bolsillo.
Dependiendo de lo que se quiera mostrar, este tipo de ángulos se combinan para crear secuencias. 
Por ejemplo, si existe una escena donde dos amigas charlan tomando café en un local, podría introducirse la situación con un plano general y más tarde con un americano para fijarnos en ambas, y cuando queramos centrarnos en su conversación, se hará un primer plano largo. Si lo que se dicen es relevante para la escena, podemos pasar a un primer plano. Y si queremos centrarnos en la forma en la que alguna remueve el azúcar en el café con una cuchara, o se abotona el suéter (pues le agrega poesía a la escena y la vuelve más personal), se hará un plano de detalle y, si su conversación es más bien seria y ambas cambian sus expresiones, podemos incluir un gran primer plano para fijarnos en sus caras. Si discuten en voz alta incomodando a los demás clientes y queremos mostrar eso, podemos hacer un plano a profundidad y, si al final de su charla deciden irse cada quien por su lado, podemos mostrar un plano panorámico de cada una marchando en dirección contraria sobre la misma calle.
Y así sucesivamente.
Cada plano presenta una idea distinta, que juntos conforman un lenguaje y se les denomina tal para que, al presentar la sucesión de tomas, el salto entre ellas no sea tan violento y la película (o vídeo) tome más sentido y de alguna manera, ritmo, poesía.
De esta forma las narrativas no se vuelven tan aburridas, pues se centra la atención del público en detalles que para la historia parecieran importantes, a diferencia de si se realizaran todo el tiempo con un plano general. 
Centrándonos en el escenario o las miradas, podemos crear y recibir impresiones de lo que se quiere comunicar, en ocasiones sin la necesidad de un diálogo verbal, como en el caso de 'Broken Blossoms', donde se prescinde en gran medida de él. La idea general es crear una relación entre las acciones de los personajes y los escenarios de forma que convivan, dependiendo del tipo de escena, restándole importancia a uno u otro para mostrar las situaciones. Entre más cercana sea la toma, supuestamente, se vuelve más personal (o se intenta conectar a público más con los actores).
Las tomas transcurren alternadas para crear secuencias lógicas apegadas a los deseos de los directores, cada cuál tiene su propio lenguaje.
Aunque no existe un manual de cómo hacerlo, pues a fin de cuentas cada uno hará lo que considere necesario para transmitir su idea, sí existen denominaciones para dichos intentos, que facilitan su aprendizaje aunque limitan un tanto más el lenguaje de la cámara. Supongo que a medida que pase el tiempo más planos se irán incluyendo y el léxico de esta lengua se irá ampliando.
Por lo pronto, con lo que poseemos basta y, para nuestros fines, lo ya existente está bien. Algo he de hacer con mis proyectos de vídeo. A decir verdad, no son mi punto fuerte, pero tengo que entregar algo, supongo, y esta explicación me ha servido para aclarar mis ideas.

Ana C.C.




jueves, 17 de marzo de 2016

'Broken Blossoms' y el drama mudo.

Hace dos semanas (parece que me gusta atrasarme con las entradas) el profesor nos puso una película muda de principios del siglo XX. 'Broken Blossoms' retrata la historia de un chino que, convencido de que el mundo occidental requiere conocer las enseñanzas de Budha con urgencia pues, en su concepción del mundo, se trata de tierras violentas y egoístas, viaja a Inglaterra donde se asienta para descubrir que de poco le servirán sus enseñanzas, y sumido en la nueva civilización, abre una tienda de la cuál se mantiene.
Lucy, hija de un boxeador local que la golpea, sobrevive a tientas a una vida inhóspita en un mundo que, según las viñetas, nunca le había mostrado gentileza. Es así como, andando un día, se detiene en el aparador de la tienda Chen Huan (el chino amable) a admirar una muñeca. Éste, desde el mostrador, la observa y queda cautivado por sus encantos al instante, lo que lo incita a esperar su regreso.
De vuelta en casa y tras una pelea que salió mal, Lucy es azotada por su padre y, golpeada y cansada, se tambalea calle abajo hasta la tienda de Chen, quien la acoge, alimenta, da refugio, vestido y regalos con tal de que ella se quede con él otro rato y Lucy, alegre de recibir mimos por primera vez en su vida, accede.
Dos testigos hay de este suceso que, veloces como pueden serlo las malas lenguas, corren a avisar al padre que Lucy está metida en la casa de un chino y el boxeador, furioso, corre a por ella. Chen sale a comprar la despensa y mientras tanto, el hombre irrumpe en su casal destroza sus muebles y vajillas y se lleva a Lucy dejando tras sí un desastre. Al regresar y encontrar su casa en tal estado, Chen se apresura a ir en busca de Lucy.
Cerca del muelle, Lucy es golpeada despiadadamente al grado de la tortura bajo el argumento de que el intolerante de su padre no soporta la idea de su hija entablando amistad con un extranjero. Así, tras dicho arrebato de ira, propicia a la niña tales contusiones que ella, debilitada, fallece.
Chen llega a la casa demasiado tarde y, colérico, arremete contra el boxeador, que cae muerto a balazos. Toma el cadáver de Lucy y se la lleva con él de regreso a la tienda, donde la arropa, viste y acomoda antes de cometer suicidio.
Para cuando la policía llega a la escena, ya es demasiado tarde.
Esta película fue, en opinión mía, convincente en cuanto a actuación en algunas escenas (como la del armario) pero un tanto más falsa en otras partes.
El propósito real de ésta era conocer el uso de filtros que creaban la ilusión de día y noche, interior y exterior, aprender a usar los ángulos de cámara sin tantas complicaciones y conocer como una serie de imágenes en movimiento, sin la necesidad de un diálogo realmente extenso, puede contar una historia de ser bien planteada.
Ciertamente todo se entiende a la perfección y aunque los sets no eran del todo convincentes, el material empleado se aprovechó tanto como fue posible y la película resulta bastante agradable.
Mientras que se habla de filtros o de finales Shakespeareanos, yo pienso en crear algo aún más sencillo que eso.
Fue agradable aunque un tanto aburrida para mis gustos personales. No la recomendaría a nadie que careciera de interés en el tema a estos grados pero, dentro de todo, me gustó verla y el final fue inesperado. He de admitir que yo esperaba que todo se resolviera bien al final, pero, vaya manera de acabarlo todo.
Creo que a los directores de antes les gustaba la idea de cerrar definitivamente. Extremistas.

Ana C.C.

jueves, 4 de febrero de 2016

Koyaanisqatsi, patrones humanos y referencias naturales; la humanidad como ente descontrolado.


La semana antepasada, terminando la clase de Video y tras un breve receso, el profesor DiCastro nos puso un largometraje con el que buscaba ilustrar un poco sus expectativas con respecto al curso.
Koyaanisqatsi era una película documental (por así decirlo) sin diálogo alguno. Contaba únicamente con acompañamiento musical y se trataba de la humanidad, su relación consigo misma en sus diferentes ámbitos y con la naturaleza.
Iniciaba con tomas espectaculares de paisajes de todos lados: selvas, desiertos, lagos. Las nubes se deslizaban por el cielo manchando la tierra a pedazos y los ríos corrían dejando a su huella las colinas tatuadas con su paso. En primera instancia no entiendes del todo de qué va la muestra hasta que dejas de centrarte en ver y comienzas a dejarte ir… un poco.
Y te golpea la idea: millones de años tuvieron que pasar antes de que las cosas casi por consenso, tomasen su lugar en la naturaleza. Se sentía armónica la relación entre los entes que conviven sin la egolatría del hombre en un mismo espacio. Las cosas funcionaban como los mecanismos de un reloj, aunque resulte injusta la comparación. Perfectas, sencillamente perfectas e hiladas.
Luego llega la humanidad, un hervidero de gente similar a un hormiguero pateado donde sus habitantes corren desenfrenados de un lado a otro con la diferencia de que los primeros son sumamente arrogantes donde los segundos aprendieron a funcionar. Las ciudades y fábricas, los cruces y el tránsito. La contaminación y la producción, la gente, los hombres que son explotados y los transeúntes en las calles.
Varias tomas rítmicas, perfectamente sincronizadas con la música, mostraban las calles y a la humanidad en su esplendor. Las grandes poblaciones y los autos que avanzaban lentamente entre los semáforos. Los transportes, el metro, los empleos y tal. Las fábricas y su maquinaria, su palpitar como seres vivos fríos y metálicos pero profundamente sorprendentes que, en su composición, en incluso a gran escala, parecían imitar al medio natural que vio nacer a los hombres.
El tránsito vehicular y los semáforos y cruces como el palpitar del corazón y el avance de la sangre entre válvulas de venas y arterias. Las planchas y bandas de las máquinas como ríos, como brisa, como viento. Los hombres como hormigas y los particulares como anónimos, como las fotografías de NatGeo de la naturaleza. Los trenes como grandes serpientes, como gusanos o topos en su madriguera y los autos como escárabajos.
De pronto, el ritmo humano parecía aferrarse al ritmo natural, a lo único que realmente conocía denotando no sólo una gran inventiva, sino una gran ignorancia. Evidenciando la arrogancia propia de la inteligencia y la falta de respeto propia de la estupidez.
Más tarde la producción en masa como producto de la sobrepoblación y el abuso a los recursos, la contaminación y el desgarre de la tierra, el desollamiento del suelo y el desollamiento a la propia humanidad. La población por sobre el individuo y el individuo como producto de venta.
Las grandes ciudades comparadas con tarjetas y chips que asemejan a ellas mismas en miniatura. El hombre imitando a la naturaleza y más tarde a sí mismo, deformándose, deshaciéndose y reconstruyéndose en su búsqueda de la identidad animal perdida, en búsqueda de la relación cortada con el mundo entero y la imposibilidad de incluso conectar con sus semejantes en especie. Luego la prepotencia de quien se autodefine para no caer apenas empezando a tambalearse… y el silencio.
Koyaanisqatsi, según el autor, hace referencia a una vida desenfrenada, sin límites, insostenible.
Con esta serie el autor da a entender bastantes cosas aunque, las imágenes por separado, no transmiten nada. Es en su conjunto cuando el mensaje se figura, y por la manera en la que está constituido, supongo que éste cambia dependiendo del espectador: sería ésa la ventaja de un buen acomodo dentro de un largometraje que carece de diálogos lingüísticos.
Se trata de tomas aceleradas que en segundos muestran horas de grabación. Fotografías sobrepuestas tomadas en intervalos uniformes que creaban la ilusión de movimiento al ser corridas sucesivamente. Nubes moviéndose perezosamente en tres segundos y mil personas cruzando la calle en dos.
Precisamente en eso constó la tarea de esa misma semana: tomas sucesivas de acciones para crear un fenómeno similar con las cámaras. Koyaanisqatsi fue el ejemplo perfecto de tomas fijas que en su conjunto transmitían de sobremanera un mensaje bastante claro: abuso humano.
La idea en sencilla y la película sumamente compleja. Demasiadas tomas desde lugares muy variados con equipo especial y permisos y de más. Nosotros no poseemos tales recursos pero algo podemos hacer con tal de construir un discurso medianamente decente, supongo.
La película me gustó, me hizo sentir mareada con tanto movimiento, en ocasiones aburrida, pero todo el tiempo sumamente absorta, como una mosca pegada a un foco. El mensaje se coló y figuró dentro de mí por sí mismo, no necesitó sino razonamiento básico para tomar cuerpo.
No la recomendaría, no es algo que le gustaría a cualquier público si no se busca capturar ese tipo de esencias. Es maravillosa por sí misma, de cualquier manera.
Espero poder disfrutar de cosas similares en la proyección de mañana. Con algo de suerte sucederá igual de agradable.


-Ana C.C.

sábado, 5 de diciembre de 2015

Gigante de tezontle y moronitas

Mi proyecto.

Para el proyecto de Foto cada persona eligió un tema a placer. Unos hablaron de naturaleza muerta, otros hablaron del cuerpo vivo, sus venas y articulaciones; y otros tantos de escenas más bien personales.
Yo, que soy toda una reaccionaria (según suele decirme), elegí un tema rebuscado, simple y medio inocente: Iglesias.
De todas las construcciones que existen en el Centro Histórico de la Ciudad de México, pocas se equipara en belleza e impresiones personales a la Catedral Metropolitana. Construida a lo largo de casi tres siglos, mezcla del barroco, el neoclásico, champurrado de estilos, madera cubierta en oro, historia sanguinaria y de fe. La Catedral.
No sé a quién va dedicada o por qué se edificó como se edificó. Puedo hablar de la construcción, de los detalles, de la arquitectura, pues sé de ello un tanto. Pero no me interesa.
He ido ahí mil veces y en todas he descubierto un nuevo detalle que en alguna otra visita omití. Me he mentido por prácticamente todas las alas del edificio, he subido a los campanarios y he bajado a las criptas. He entrado a zonas prohibidas a escondidas y he fastidiado con relatos herejes a las ancianitas de la Sacristía. Me burlé del coro fingiendo que no me impresionaba en lo más profundo y envidié entonces a todos los feligreses y los creyentes.
Las iglesias antiguas gozan de una magia que rara vez las construcciones modernas logran asimilar. Los juegos de luz, como las posiciones estratégicas de los santos, ahí donde a cierta hora los ventanales direccionan al sol sobre los ídolos de yeso, parecen milagrosos. Uno realmente no se imagina a los albañiles planeando y construyendo algo tan majestuoso. Se le da por hecho y siempre ha estado ahí simplemente. 
Yo no soy lo que se dice, una buena creyente. He dudado de la existencia del Cielo en mil ocasiones, he tuteado a los dioses y he faltado a todos mis votos. He pecado, y pecado con placer mundano, he maldecido y probablemente lo seguiré haciendo. Soy una derrochadora de fe terrible que cree que el Cielo la quiere simplemente porque ha tenido demasiada suerte en su vida. Toda una idiota... una muy fiel idiota, he de reconocer.
La iglesias son bellísimas. La Enseñanza es de mis favoritas: pequeña, compacta, pia y preciosa como debe de ser una mujer según ciertos estándares. 
Las iglesias son mágicas donde, en épocas de oscuridad, los hombres se refugiaba en la fe, ciega o no, cierta o falsa, buscando la paz y la satisfacción. Uno sufre y está bien sufrir, nos dice ella. Nos convence, nos seduce y llama. Construye edificios enormes donde sientes en cuerpo tu propia insignificancia. ¿Qué eres al lado de un pilar enorme de veinte metros?, absolutamente nada. pero estás a salvo, rodeado de buenas personas en un lugar precioso, lleno de esculturillas y adornos acá y allá, rodeado de pinturas delicadas y antiguas, de oro y piedra fría. Una iglesia es enorme, nos cubre del sol y del frío, nos obliga a sentir paz y nos la despoja en el umbral al salir. Es como una madre chantajista que en brazos te ama y libre te sufre.
Podrán estar podridas, podrán no tener pinturas ni techos, ni siquiera suelos, pero no dejan de ser tierra santa. En alguna ocasión, visitando Nayarit, sobre un cerro se hallaban las ruinas de una iglesia. Un suelo sin techo, arcos y arcos altísimos, piedra rosada y paredes carcomidas, húmedas, llenas de musgo. Un área totalmente invadida por la naturaleza donde, curiosamente, no había animales. Y yo sentía la paz en mí. El suelo mismo me recordaba que ahí los hombres mandaban al abismo toda incertidumbre que cruzase su cabeza. No había altar ni padre ni oración alguna. Pero seguía siendo EL lugar.
¿Por qué fotografiar edificios antiguos como las iglesias? porque me hablan del espíritu del hombre como ningún libro puede. Lo siento en mi piel al cruzar el portón.
Es una lástima que esta pasión no se refleje en mis fotos, ya que es totalmente verídica. La sufro a mi manera, pues sé hay ciertos recovecos que mis ojos no alcanzarán jamás. Pero aún así quisiera que alguien la viera. 
Yo colecciono iglesias, me pierdo en ellas como quien se diluye en mezcal. No, esto no es una teoría de la Fotografía. No, esto no justifica mi proyecto. Nada importan las formas geométricas casi perfectas de su arquitectura o los puntos de fuga que podrían lograrse con la cámara. Nadie menciona el papel de la luz en estos edificios ni los rostros de los creyentes que, creo yo, valen la pena el retratarse. Sin embargo, es lo que quise hacer.
Tienen su magia, su misterio, como una mujer hermosa cubierta del rostro por una pañoleta. 
¿Por qué quiero fotografiar iglesias?, por eso. No tiene mucho sentido, pero justo así es el espíritu humano. Justo así son sus pasiones acomedidas.

-Ana C.C.


jueves, 12 de noviembre de 2015

Roland Barthes: la Cámara Lúcida y la imagen mortuoria. Verdades y falsedades en palabras mías.


Poco puedo decir de este libro que no se haya dicho antes. Casi nada me queda más que retratar lo que fue mi experiencia personal con él en las manos.
Intentaré no ser tan optimista como suelo serlo, el escrito me llegó a lo profundo.
Se trata de un libro repetitivo, profundamente emotivo, altamente expresivo y bastante reflexivo. Tiene tintes de sufrimiento, está empapado en melancolía pura, en la tristeza de quién acaba de perder algo realmente importante. Su madre, en este caso.
Habla de varias cosas, de mentiras y verdades. La fotografía puede, en opinión mía y emparentándome un poquito con lo que dice el libro, ser considerada una mentira. Los sujetos, objetos y situaciones ahí expuestas no son del todo reales. Los sujetos (humanos) al enfrentarse con la cámara, adoptan una pose idealizada de sí mismos y la imagen queda reflejada. Por este lado podría ser considerada falsa, pues ninguna de esas situaciones, lugares o emociones volverán a repetirse. Los hombres no pisan la tierra de la misma forma todos los días ni la hojarasca se acomoda por colores.
Sin embargo, esto no quiere decir que se trate de una falsedad total. Los objetos que aparecen en la imagen, se encuentran ahí, de una u otra forma. Eso es un hecho.
 El espectador, haciéndose de toda la base de su memoria, interpretará a placer la imagen con relación a sí mismo y le otorgará un significado. Así, la mentira transmutará y variará de individuo a individuo y la imagen creada recorrerá los pasajes de la mente colectiva.
Pero no todas las fotos son así, me gusta pensar, y son precisamente aquellas impresas con emotividad real las que impactan, las que recordamos.
Fijamos la vista en la belleza de su totalidad o en la sutileza de algún punto en específico (en collar de la bella dama), relacionamos su interpretación y la confundimos con su intencionalidad y su significado. Hilamos la fotografía (como modo representativo) con la vida fuera de las pantallas, en las calles y más allá de las propagandas, con los hechos (apuesto a que los niños africanos no se ven igual de infelices todos los días).
Los hombres relacionan la imagen con aquello directamente real aunque de ello no se trate. Nos gusta pensar que las modelos tienen la piel así de tersa y los cuerpos así de bellos. No, ellas no tienen ojeras.
Nos gusta pensar que la vida es tan horrible o tan bella como las imágenes lo muestran. Nos une, nos divide… y nos hiere.
Todos pueden entender el libro de Barthes. Todos hemos perdido a alguien, así sea el pececito de cuando éramos niños. Y sufrimos.
Las fotos de aquellos que han fallecido son muestra de esto que él llama una falsedad (por así plantearlo), pues esta persona ya no se encuentra entre nosotros. No camina, no respira… no tiene calor ni pulso. Pero ahí está, existe en las imágenes, un referente directo de un pasado inalcanzable, de una imposibilidad dolorosa.
Incluso yo conservo imágenes que de verlas me brotan las lágrimas. Ver sus figuras ahí, de cuando aún andaban, es recordar su inolvidable, inevitable ausencia. Es recordar que ellos se fueron y nosotros también lo haremos. Seremos causantes directos de sufrimiento ajeno y finalmente recuerdos olvidados.
Sí, la fotografía es una mentira. Sí, la fotografía es un referente a le verdad, un eterno momento, un memorándum horrible… y bello.
Sí, la fotografía puede generar muchas cosas. Hace falta tiempo para sonreír al ver la imagen de alguien fallecido. Toma valor el recordar lo bueno en vez de lo malo y comenzar a darnos cuenta de que, aunque no están algo nos dejaron y de su existencia dejaron huellas las imágenes.
Barthes estaba demasiado débil, demasiado susceptible en el momento de escribir el libro. Apuesto a que lloró demasiadas veces sobre el teclado, se volteaba a frotarse los ojos mientras se arrancaba el valor para continuar. ¡Oh!, cuánto sufrimos los mortales.
Un escrito emotivo y a la vez analítico. El estudio nacido de una situación dolorosa para la cual la interpretación de la información representaba un escape al dolor, una bella chimenea. Buscaremos siempre razones a las situaciones, pues pensamos que conociendo un poco más de ellas dejarán de doler. Y no es cierto.
El escrito trata una realidad emotiva muy propia del arte. De otra forma no sería importante el pasar por él para entender a fondo el potencial expresivo de la fotografía. ¿Quién mejor que un fotógrafo herido para explicarlo?, no existe nada más emotivo que éso. Nada. (Las mejores obras son producto del desamor)
Me deja pensando. Me sucede algo similar, aunque no de iguales magnitudes. Sí, yo también conservo ese tipo de imágenes y sí, sufro al verlas. No lo entiendo. Están pero no están.
Me obliga a reflexionar. ¿Qué clase de cosas puedo transmitirle al público por medio de una imagen?, ¿qué impacto tendrá?, ¿me gustaría hacerlos reír o llorar?, ¿qué busco al expresar algo?, ¿realmente quiero que sepan?, sí… ¿por qué?
¡Qué desborden los sentimientos ajenos!, que se diluyan como los lamentos y los ríos. Todos merecemos recordar y hacer que otros lo hagan. Es la única forma de no ser olvidados. Creo.
Si las imágenes son heridas, si las fotografías son mentiras y retratos de pasados y futuros decesos, si nosotros enriquecemos al arte de la fotografía y ella a nosotros, si nos da vida y nos anima, si nos hiere y nos causa sufrimiento de la misma manera que trae de vuelta recuerdos bellos; si es algo de un impacto tan fuerte, ¿cómo debo de encararla?, ¿a quién voy a herir?, ¿al público o tal vez… a mí?
No sé qué pensar, me dejó herida a la deriva.
Lo recomiendo, sí, ha de leerse bajo riesgo propio. Existe el peligro de experimentar sufrimiento de lectores, pero fuera de eso… nada. Absolutamente nada.


-Ana C.C.

sábado, 17 de octubre de 2015

Un ganador del premio Hasselblad, de Fotografía: Hiroshi Hamaya.


Según la página oficial del premio Hasselblad, este reconocimiento se le otorga a algún fotógrafo que durante su trayectoria artística ha hecho avances y descubrimientos en el campo de la fotografía artística, teniendo un impacto en generaciones posteriores de jóvenes fotógrafos, que ha realizado exhibiciones significativas en varios países y que suma a sus méritos el continuar creciendo artísticamente.
Cada año, el comité del premio selecciona a cinco fotógrafos experimentados o estudiantes que cumplen con los requisitos y en marzo 8 se anuncia al ganador del año. Se le premia durante una ceremonia varios meses después, en la que se le otorgan una medalla, un premio en efectivo y un diploma. El Centro Hasselblad entonces abre sus puertas con una exhibición del artista ganador.
En el caso de la exposición montada en 1987, se trató del fotógrafo japonés Hiroshi Hamaya, cuya obra comenzó, no con estudios o academias, sino como una cámara que le regalaron teniendo quince años. Así, sus primeras fotografías fueron aquellas de las reconstrucciones de los barrios devastados por el terremoto de 1923 que asoló la región de Kantou en Japón.
A los dieciocho, trabajó a la par de sus estudios como fotógrafo para una empresa aeronáutica mientras contribuía como ‘freelance’ para empresas publicitarias,  y pocos años después, se convirtió en fotógrafo independiente. A través de su vida, recorrió Japón por aquellas zonas pobladas únicamente por pequeños asentamientos rurales, pueblos pequeños y alejados de las grandes ciudades, documentando aquellas peculiaridades regionales y costumbres locales de las costas. Pasando por China y Manchuria antes de la invasión japonesa durante la segunda guerra mundial, y regresando a su país natal para continuar con sus proyectos, dándole a su quehacer una dirección más etnológica y humanística, alejada un tanto del periodismo y acercada otro tanto al arte.
Así, durante las disputas culturales de Japón con Estados Unidos, él presentó una posición pacifista y con ella, una nueva exposición. Creía fielmente en la unión del hombre con el suelo que habitaba por su experiencia como documentalista de zonas poco pobladas. Notaba las diferencias entre los pobladores afirmando que, conociendo bien sus tierras, se podía entender a las personas mismas.  
Sus obras no tenían una intensión artística como tal, aunque la visión estética es característica de las culturas orientales por sí misma. Se podría decir, entonces, que de alguna manera su arte es arte sin querer, aunque no por eso sucede ser menos importante.  Me gusta su obra y la manera en la que captura los malviajes y desventajas naturales de los hombres y sus hogares.
Tiene la “ventaja” de la imagen monocromática, que nos obliga a pensar, a discernir. Los colores nos hacen soñar mientras que el blanco y negro nos invita a pensar, a sentir. Y bajo ello, cualquier imagen que muestre la idea es buena mientras se exponga adecuadamente. Él no intenta concientizar, más me da la impresión de que simplemente quiere recordar.
No tomó las imágenes pensando en quién las iba a ver, sino pensando en documentar, en dejar huella de lo que presenciaba. Después, con sus libros de fotos y exposiciones, fue capaz de masificar aquellas fotografías que consideró eran las más tangibles y así el mensaje se extendió. No quería decir nada, no pedía ayuda ni consciencia. Eso vino después por sí mismo, en las cabezas del público que relacionaba las imágenes con las situaciones. Él simplemente pretendía mostrar sus hallazgos y capturar la mirada por la que los observó.
En alguna ocasión anterior publiqué que el arte no es tan impactante sin un contexto. Es por eso que aquí hago nota de su biografía, para cerrar el círculo de información, el ciclo de relación y pensamiento.
Es curioso… al ver sus fotografías detenidamente, al analizar lo que sucede dentro de ellas con detenimiento e intentando enfriar mi cabeza, no veo una inmensa tristeza o una enorme miseria. Esa sensación la aporta mi cabeza por sí sola al relacionar las imágenes con situaciones de las que me he enterado donde la gente no es feliz a falta de recursos y presa de las inclemencias del clima y las enfermedades. No tengo un indicio real de que esas personas fuesen desdichadas más que el dejo de las imágenes de Hiroshi. Es ese aire, la nostalgia con las que la toma, las que las vuelve tan terriblemente cautivadoras.
No me lo imagino tiritando de frío con la cámara en mano tomando fotos de la nieve. “Tengo que dejar constancia de la vida de estas mujeres…”
No me lo imagino deambulando por las montañas y las costas fotografiando niños y cercas. Pero lo siento, puedo percibirlo.
Su relación con los hombres se siente mucho más real en comparación con aquella de los fotógrafos que hasta el día de hoy he revisado. Siempre he tenido un gusto por lo oriental debido a mis estudios de lenguas y costumbres durante la preparatoria, es por eso que en primera instancia me sentí inclinada a investigarlo a él en vez de centrarme en los demás. Me sabe más humano, supongo, aunque eso es puro prejuicio mío.
Poco queda decir sino que me gusta su obra y definitivamente fantaseo imaginando su vida, sus viajes. Cualquier hombre con la gentileza de documentar, de tratar con los locales sean de donde sean, de viajar y de aventurarse a conocer en pro del saber es, en opinión mía, un ser valiente, maravilloso. Un terrible soñador.
La imagen transmite sin querer transmitir a veces y en ciertos casos, sólo en ciertos casos, es el espectador el autor real de las emociones que emanan las fotografías.

-Ana C.C.




Referencias:
http://www.hasselbladfoundation.org/wp/21135-2/?lang=en&lang=en
https://es.wikipedia.org/wiki/Hiroshi_Hamaya
*Imágenes en:
https://www.google.com.mx/search?q=1987+Hiroshi+Hamaya&es_sm=122&tbm=isch&tbo=u&source=univ&sa=X&ved=0CDIQsARqFQoTCLnOsOXuycgCFYHzHgodn8cKfg

http://www.michaelhoppengallery.com/artists/125-hiroshi-hamaya/overview/

viernes, 16 de octubre de 2015

Fontcuberta, Meyer, y la Hiperfotografía según Ritchin.


Pasado el temible libro de Ritchin, una comienza a preguntarse acerca del tornar de este terrible, terrible mundo.
¿Nos comeremos los unos a los otros en pixeles o nos devorarán antes las grandes empresas de hombres sin rostros?, de una u otra manera sufriremos sin darnos cuenta y nos arrastrará la corriente porque puede ser muy fuerte para resistirla… ¿O no?
Tal vez no. No si aprendo a nadar.

Pedro Meyer.
Haciéndome de la bella tarea, busqué por internet imágenes de su obra, las series de Meyer. Soy de la opinión de que la obra debe de hablar por sí misma, pero acertando a opiniones de mi asesora número uno, me he dado cuenta de que el arte (y cualquier cosa) carece de significado, sentido y razón sin un contexto. No existe obra o ser que se halle fuera de él, adelantado a él o lejos.
Así bien, revisé algo de su biografía y otro tanto de sus creaciones. A comparación de Miller (tampoco tengo tantas referencias), sus obras parecen estar demasiado empapadas de él. Como si se trozara con el carrete. Son melancólicas y hermosas a pensar de ser, en algunos casos, grotescas o demasiado crudas. Encontró la manera de engastar belleza y realidad. No parecen hechos, sino sueños o retazos de sueños.
Me gustan sus fotografías, la que pude ver bajando por la barra de Google. Y a pesar de que es básicamente un artista análogo, puesto que toda su obra se encuentra digitalizada para ser parte del dominio público que supone el internet, pasa a ser un creador digital.
“Fotografío para recordar” me hizo trizas. No puedo concebir tanta tristeza en espacios tan pequeños. No sería capaz de preservar tanta agonía, no sólo la de mis seres queridos, sino la mía. Lo veo como un memorándum, un recordatorio para que nada se vaya por el lavamanos. De alguna manera entiendo el desconcierto de ver cómo lo que amamos se deshace y comienza a degradarse hasta desaparecer, y la necesidad de preservarlo para intentar entender y… concebir. Yo misma conservo vestiditos mortuorios de alguien muy importante. Cajas… Pero las imágenes son otra cosa: se trata de una de las primeras informaciones que recibimos desde que venimos a este mundo y una de las más difíciles de olvidar. Recuerdo claramente la sangre escurriendo carretera debajo de algún accidente vehicular que presencié a los siete años.
Supongo que de eso se trataba… de algún pinchazo matinal para olvidar que salió de una pareja para terminar como unidad.
En cuanto a sus montajes, me sorprendo de los contrastes tan vistosos, de colores saturados y vibrantes. El azul resulta irrealmente profundo, casi inconcebible en esta realidad tan provista de colores y tan pobre en exhibiciones públicas. Como otras tantas tonalidades.
Fotos como aquella de la mujer entre los niños Jesús, de las cabezas de cerdo, o de los niños con ojos negros como canicas proponen una mirada a nuestra triste realidad como seres caníbales. No directamente, claro, pues su sutileza se basa en todo el empleo del que fue capaz de la belleza. Por el detalle se graban en los párpados y por el detalle la realidad se vuelve visible. Uno puede perderse en los negros intensos o en las expresiones inocentes y quedarse hasta ahí si no se pone a pensar “¿Qué es?”
Ritchin en su libro “Después de la Fotografía” nos propone precisamente el analizar más allá el mensaje de la obra, sus contenidos y su contexto para entenderla y a sus intenciones. Plantea la hiperfotografía como aquella que interactúa con el espectador haciéndose de ciertos elementos e intentando transmitir un mensaje en concreto.
(Como aquellas de modelos que te insinúan “tienes que ser así o asá y lucir un cuerpo tal y vestirte como cuál…”, acompañadas de alguna marca de ropa o calzado, por ejemplo.)
Se habla de hiperfotografía cuando la imagen ya ha sido modificada para promover ideas consciente y masivamente. En el caso de Meyer, que no tiende a modificar sus imágenes tan drásticamente como lo harían aquellos de publicidad, las ideas van más enfocadas a la concientización y se hace de una estética pura y natural (por lo menos más que la que se promueve hoy en día) para hacerlo. Su acercamiento con seres reales, tangibles, de carne y con identidades, lo vuelve más íntimo en relación al espectador y así la reflexión es totalmente individual, profunda y sensible. Te genera una cierta agitación interior que no puedes sino atender o se esconde en tu cráneo y te escosa hasta obligarte a hacerle caso. Se arraiga de una vez con fiereza a diferencia de aquella pública que se pega por repetición.
¿Es hiperfotografía?, sí, cumple con las características, aunque su enfoque es distinto. Lejos de querernos con ciertas opiniones ya planeadas, nos plantea la posibilidad de la contra o el pro voluntario. Reflexionamos si lo deseamos y si queremos, lo olvidamos. Es totalmente humano, no está mecanizado y mucho menos sabe a labial.


Joan Fontcuberta.
Al igual que con Meyer, repasé su biografía y pasé por su obra digitalmente. Fontcuberta dedicó mucho tiempo al análisis de cambio de paradigmas, de analógicos a digitales; fue premiado con el premio Hasselblad.
Conocer las posibilidades que abre y cierra la nueva era nos ayuda al entendimiento de las implicaciones tecnológicas, sus riesgos, ventajas y desventajas. Es cierto que la velocidad de la información la vuelve accesible, como lo es el hecho de que la posibilidad de ser modificada y redefinida por cualquiera con acceso a ella la vuelve poco verás en varios aspectos. Incluso las imágenes bellísimas de hoy en día son tomadas como composiciones digitales irreales y eso precisamente les resta encanto… básicamente porque somos conscientes de su condición.
Joan se aprovecha de esto obligándonos a creer, modificado los sujetos de las imágenes en un principio, y no las imágenes en producción, en esos pedazos de irrealidad y despertando el imaginario humano más allá del escepticismo natural y de la lógica cotidiana. No, no existen los dragones, pero probablemente él tuvo uno en manos.
La realidad y la ficción son puro humor negro… y de colores.
Fontcuberta, como hombre de pensamiento que es, se divertía jugando con las primeras impresiones que causaban las imágenes. Admitamos que suena genial el vacilar con la percepción forzada y construida de nosotros los comunes. Imágenes que son lo que representan compuestas de más imágenes más pequeñas. Entonces, ¿son o no son?, pues lo son en su conjunto y no lo son en la individualidad. Igual que las sociedades.
Las suyas son hiperfotografías, sí, y con toda la intensión de la masificación. Imágenes pensadas para el espectador que no por eso dejan de ser bellas y cargan consigo un sentido muy alejado de lo vano de la publicidad nociva.
Me gusta su trabajo: es imaginativo, es potencial, es explosivo, es soñador, es infantil, es inmaduro, es anciano y es inteligente. Se necesita cabeza para soñar tanto y aún más cabeza para hacer que el espectador lo haga también.
Él toma fotos no pensando necesariamente en la imagen, sino en sus aplicaciones posteriores. Miles de fotos suyas son desconocidas tal vez por la falta de utilidad que pudo atribuirles.  Y no tienen que ser asombrosas, sino tienen que formar en conjunto algo asombroso. Eso es lo que me sorprende de su trabajo: la mentalidad corpórea, orgánica del todo compuesto por pequeñeces.
Me gusta más como cuentista en imágenes que como pensador serio, pero supongo que no podría serlo sin tener un eje recto y firme del que asirse para continuar.
Sus modificaciones son simples. Simples como las que hace cualquier persona en programas de edición fotográfica, sólo que a otro nivel creativo mucho más profesional.

Y en ese caso, ¿cuál es la diferencia entre ellos, que son artistas, y cualquier fotógrafo que circula sus imágenes por internet?, los conocimientos, las aplicaciones, las intenciones y sus formas. El empleo de la estética y los círculos de divulgación. Los primeros concientizan de formas bellas, brutales y estudiadas. Los segundos placen según sus vanidades un poquito más mundanas.
¿Dónde quedan los estudiosos, los virtuosos y lo creadores en un mundo tan competido, tan globalizado, donde la información viaja más rápido que el sonido y cualquiera puede tener acceso a ella?, en libros y bibliotecas, en conferencias para quien quiera de enterarse de un punto de vista nada desapegado pero sí bien estructurado y estudiado. Quedan ahí, donde sólo pueden ser alcanzados por curiosos y gente con interés.
No es tan difícil encontrarlos si se quiere, lo complicado es asimilar lo que de ellos se entiende y comenzar a aplicar sus descubrimientos y utilidades en beneficio positivo. Uno a uno, como las hormigas de una colonia.
Dicen que el ser humano sería mucho más feliz de darse cuenta su propia insignificancia, porque entonces cobraría más sentido como parte de un todo y sus dificultades pesarían unos gramos menos. ¿Será cierto?, me gustaría pensar que sí. Me hace un poco más libre y no por eso menos importante.
Seríamos mucho más felices si dejásemos de devorarnos, pero nos encanta el sabor a sangre. Amamos los panoramas grises gracias al aburrimiento y no esperamos mas que el final al apagar el televisor.


-Ana C.C.



Muy, pero que muy útiles referencias:

http://www.magis.iteso.mx/content/hoy-todos-somos-fot%C3%B3grafos-pero-con-una-cultura-visual-escasa%E2%80%9D-pedro-meyer

http://www.pedromeyer.com/biography/publica_libros.html

http://ulisesdfotografia.blogspot.mx/2014/09/pedro-meyer-y-joan-fontcuberta-ensayo.html

*Imágenes de Pedro Meyer:
https://www.google.com.mx/search?q=pedro+meyer&es_sm=122&source=lnms&tbm=isch&sa=X&ved=0CAcQ_AUoAWoVChMIg9LV2L_IyAIVAaA-Ch0mLQyG&biw=1366&bih=643

http://oscarenfotos.com/2014/08/23/postfotografia/

*Imágenes de Joan Fontcuberta:

https://www.google.com.mx/search?q=joan+fontcuberta+herbarium&es_sm=122&tbm=isch&tbo=u&source=univ&sa=X&ved=0CBsQsARqFQoTCLK548fcyMgCFcxeHgodAjsCZA&biw=1366&bih=643

jueves, 8 de octubre de 2015

Lee Miller: la vida por ambos lados de la lente (y la quesque reseña de exposición)

Tres amigos y yo, como parte de nuestras muy bellas actividades, asistimos el día de hoy a ver una exposición en el Museo de Arte Moderno, en Chapultepec.
Armados con cámaras y demás cosas, esperábamos entrar a la carga con fotos acá y allá como guerrilleros en pleno campo de batalla... pero no fue así. A diferencia de museos como el MuNal o el MUAC, este museo negaba la toma de fotografías dentro de esta exposición en específico (el resto sí era viable), pero se entiende, pues era precisamente una exposición de fotografía.
La sala dispuesta lar dicha exposición era un espacio circular dividido en cinco espacio más pequeños, uno central y cuatro alrededor. 
A la entrada, un estampado en la pared indicaba de qué iba la exposición y revelaba de manera muy fugaz y poco detallada la vida de Lee Miller, sus ocupaciones y el propósito de todo el montaje.
Avanzamos por la derecha observando cada una de las salas: todas contenían pasajes de momentos de su vida (como el inicio de su carrera de modelo, su arranque como fotógrafa solista, su vida en el Cairo, sus corresponsales como fotógrafa de guerra y su retiro, entre otras) resumidos, pero bien relatados de forma que la imaginación compensaba los poco huecos que los escritos dejaban. A su alrededor, se exponían fotografías con fichas a un costado indicando el nombre de la fotografía y el material en el que estaba impresa. Cada división tendría tal vez veinte fotos, calculo yo. 
En las notas se podían leer pasajes acerca de sus amistades con Erns o Picasso, por ejemplo. De su vida amorosa, un poco de su familia y otro tanto de su visión. Se habla mucho de su surrealismo (que admitamos, sí tiene, cada foto da un aire soñador, como inmerso en la fantasía de mundos particulares y misteriosos), pero las exaltaciones de las mismas notas podían incluso llegar a sobrar en ocasiones, pues era obvio que predisponían al espectador y esto a su vez, causaba un choque muy fuerte con la obra. De ahí en fuera, supongo que los pasajes de su vida no salieron sobrando en su gran mayoría, pues aportaban referencias y explicaciones bastante buenas a las colecciones de fotografías acomodadas cronológicamente en las salas.
Sus cambios de ambiente, de parecer y de humor se reflejan bastante bien en sus obras. Hay varias que me agradaron bastante y dos que me dieron risa (aquellas tomadas en la bañera de Hittler), otras que creí falsas, tal vez por mi propia concepción de la realidad (como aquellas de los cadáveres en los campos de concentración), mientras que una me perturbó bastante (la del niño muriendo). Aquellas surrealistas, como la de la cabeza en la campana de cristal, me parecieron buen material para una película de suspenso. Y otras, como la del desnudo femenino hacia el frente, asemejaban a objetos distintos; esa, por ejemplo, se me figuró en primera instancia a una muela en una radiografía.
Hubo cosas que me sorprendieron, como sus fotografías expuestas al sol: el efecto que tomaban era realmente extraño. Las sombras en la imagen daban la total apariencia de tridimensionalidad, mientras que el recalcado oscuro de los alrededores y los contornos gruesos la hacían parecer plana. Era un contraste muy fuerte, un efecto muy llamativo.Me agradó.
Por otro lado, la exposición, si bien habla de ella y de su vida, fue conformada por otros personajes que en ella aparecían. Parejas y amigos. Relatan sus imágenes su vida tan simple y tan compleja a veces que el cambio producido de la paz a la guerra es brutal. Supongo que esa era la idea de ordenar así los revelados.
Como fotógrafa y modelo, era una mujer audaz e inquieta (o eso me imagino yo), sus imágenes son tan terriblemente humanas y puras que no me dejan sino pensar que la mayoría se tomaron llenas de pasión. Cada una tiene un pedacito de alma propia. Así, las salas parecen salones de reuniones; de ésos donde los caballeros se sientan a charlar. Las imágenes conversan entre sí y nosotros como espectadores no tuvimos sino que pasar entre ellas para entender lo qué decían. No cuesta demasiado trabajo averiguarlo.
Para el ojo común podría parecer una exposición aburrida. Para el ojo curioso es mucho más que eso. ¿Recomendaría la visita?, sí, porque de la pretensión del artista ella no posee nada. Es como hablar con una conocida de vista y no sentirse incómodo o anonadado, sino de alguna manera bienvenido. Es impresionante la vida que llegan a tener algunas personas, y definitivamente ella fue una de ellos. Seguramente vivió muchas más aventuras de las que se relatan abiertamente y ésas de las que nadie habla, son las que quisiera averiguar. Me hace pensar que, de tener una vida así de ajetreada, tal vez valga mucho la pena dedicarle más tiempo del requerido a tomar fotografías. No sé, quién sabe si en alguna de esas acabo por vivir una historia emocionante también.
No suena a tan mala idea, creo...

-Ana C.C.




 
(Y para que vean que no miento y que sí fui, aquí está el boletito)

jueves, 1 de octubre de 2015

Fred Ritchin, Después de la Fotografía: una tristemente cercana realidad.



Para este mes se nos indicó leer este libro para darnos una idea del impacto social de las tecnologías nuevas, que nos permiten modificar a placer cualquier tipo de información, ya sea acústica, visual o lingüística.
Sea desde la edición y divulgación de un texto, hasta la circulación de una imagen un tanto falsa (o bien, editada) que apoye o deshaga los paradigmas humanos, prejuicios o estereotipos, pareciese que los hombres no hacen sino quejarse, manifestar su existencia a partir de contenidos cada vez más impactantes e impersonales. Me explico: estamos tan poco relacionados hoy en día con el resto de las personas que nuestra ausencia es realmente obvia.
Lo sabrán nuestras madres y abuelas, que conocen a sus vecinos.
La narrativa es clara, concisa y veloz. Se asemeja a aquella de un periodista escribiendo sus memorias, a la de un hombre en medio de un monólogo introspectivo y a aquella de una mujer histérica con doctorado. Pareciera poseer demasiada información bien estructurada, pero poco aliento, poco tiempo, poco espacio. El tema es claro: los cambios humanos como producto del avance tecnológico y nuestra degradación. Lo que no logro especificar es la postura del autor, pues deja entrever que se encuentra en contra de lo que describe (entre líneas), aunque apegándonos sin deducción al texto, se mantiene imparcial.
Es un libro de lenta lectura que emplea muchísimos ejemplos para dejar en claro las distintas vertientes de las que habla con relación a la fotografía y a las nuevas tecnologías en general (como la ley referente a la pornografía infantil en USA o  la edición de una de las portadas de la revista National Geograophic hecha para cambiar el ángulo, por ejemplo), los explica y relaciona directamente con la narrativa. Son tantos que en cada página se pueden encontrar referencias a hechos, investigaciones, personajes y demás cosas externas.
Altamente reflexivo, filosófico, refleja el deseo humano de escapar de una realidad demasiado dura para enfrentar, y de las tretas de los medios y grandes corporaciones para facilitarnos la tarea y de paso aprovecharse de ella.
Como el narrador lo retrata, el mundo cambia y nosotros con él. Aquellos que vivimos este descontrolado avance científico e informático somos sólo capaces de imaginar el impacto futuro que tendrán las acciones presentes. Serán las siguientes generaciones, aquellas que nacen con el mundo como lo dejamos, las que corroborarán o corregirán nuestras sospechas.
Concuerdo en muchos aspectos con el narrador, aunque no en todos. El libro me sabe demasiado alarmista, me deja aterrada al pensar en lo que podría pasar en un futuro con los seres humanos en relación con la tecnología y no puedo sino pensar que no vamos a mejorar. Nos hemos desintegrado.
La tecnología, hoy en una era digital donde el ver no aplica al creer (hablando de imágenes que bien pudieron ser creadas), nos deshumaniza. Reemplazamos nuestras relaciones físicas por relaciones de pixeles en un celular, vivimos enajenados en un aparatito (últimamente no tan aparatito) sintiéndonos populares, conocidos y cercanos en lugar de realmente convivir con la humanidad a nuestro alrededor. La tecnología, aunque aparente reducir la distancia física entre las personas, en opinión mía no hace sino aumentarla. Uno se embriaga en el internet, en la televisión, y sin querer termina por alejar a los demás o persuadirlos a enajenarse también. A fin de cuentas la convivencia familiar se ha cambiado por una hora en la que todos se sientan frente a la pantalla a decidir qué canal mirar en lugar de hablar de las clases de los niños en la escuela o de los asuntos en el trabajo.
No digo que la tecnología sea mala o inhumana, pero su abuso, la invasión que supone, deshumaniza a los hombres, los convierte en números, en estadísticas de ventas, en cifras desechables, calculables y generalizadas. Es perfecta para la difusión de la información, pero es su propia maleabilidad la que hace de la información algo poco creíble hoy en día. Un milagro no necesita más explicación a sí mismo que su existencia, mientras que un descubrimiento actual, algo considerado un milagro en el pasado, necesita de mil pruebas, de testimonios objetivos e impersonales para serlo bajo la pretensión de la universalidad.
No, la tecnología no es mala. Es su invasión a la privacidad la que la vuelve tan perniciosa. Cuando todo se vuelve tan público y accesible, los objetos (fotografías, personas, lugares, etc.) dejan de pertenecer al origen. Una habitación fotografiada y subida a la red ya no le pertenece del todo a quien la habita, sino a quien la ve y la modifica, como los memes en Facebook. Cuando ya no queda un espacio privado, personal donde habitar, donde nadie moleste; cuando nos dejamos llevar por las redes informáticas y nos vemos arrastrados sin resistencia en el flujo de los medios, entonces, perdemos un cachito de humanidad, pues ya no somos dueños de nosotros mismos (no del todo) ni de lo que nos rodea. Ahora hay una relación pública con todo y parecemos uniformarnos con el resto del mundo. ¿Dónde quedamos como individuales, como seres humanos, como personales reales, tangibles, entonces?
…En varios millones de pixeles, en alguna estadística de compra-venta, entre las líneas negras de un código de barras…
En general cualquier cosa que signifique capturar algún ser/espacio/escenario vivo, no puede ser del todo buena.
El hombre se redefine como un ser altamente comunicativo (en varias plataformas y lenguajes) que tiene la necesidad psicológica de atención crecida. La expansión informática borra los límites morales tanto como las barreras fronterizas. Es ahí, en el lugar digital donde residimos y perdemos los rincones que nos pertenecen, que empieza la depravación.
En mi opinión, la función fundamental del libro, con toda su palabrería y sus mil ejemplos, no es otra sino de informar. Te obliga, por medio de la repetición de conceptos, de la imposición de ejemplos (hechos) cortos y concisos a creer en lo que describe. Tiene un aire desesperado, como si el futuro lo alcanzara antes de que el lector llegase a leerlo. Te hace creer en él al punto en el que no tienes de otra sino reflexionar y poner resistencia al flujo de los medios que utilizan las nuevas tecnologías a su conveniencia, o de aquellas minorías que buscan enganchar con cualquier tipo de información impactante a las masas.
El libro te dice “¡detente!, piensa: ¿qué estás haciendo?”, y lo haces. Yo lo hice.
Es una buena lectura, ciertamente, algo tediosa para mi gusto. No sabría si recomendarla o no, aunque moralmente me siento un tanto obligada a hacerlo. Es importante que el resto de las personas piensen y reflexionen acerca de lo rápido que se está moviendo el mundo y de lo mecánicos que nos estamos volviendo. Deberían si desean cambiar algo.
Pero, claro, esta es sólo mi opinión.


-Ana, C.C.

jueves, 3 de septiembre de 2015

"The impassioned Eye", un hombre atrapado tras la lente.

El viernes pasado en el aula SUM, el profesor de Fotografía y unos ayudantes nos proyectaron un largometraje francés (con el doblaje sobrepuesto al inglés británico, sin subtítulos) cuyo tema central era la vida de H. Cartier Bresson, un fotógrafo que en el siglo pasado se hizo de un nombre justamente ganado por sus fotos.
Calculo mentalmente que el vídeo tiene una duración de... ¿hora y media, tal vez?, bueno, en él se habla de su vida, de las cosas por las que pasó y los hechos que aconteció y logró fotografiar para que futuras generaciones o quien quisiera, pudiera verlos, relacionarlos con sucesos del momento y darles así una significación más acertada o por lo menos cercana a lo que Bresson quería transmitir.
En la narración se cuenta con el apoyo de dos críticos principales y uno asistente (si no mal recuerdo), una mujer y dos hombres, que juzgan desde sus perspectivas las obras del fotógrafo, relatan y dan su propio visto y opiniones partiendo de su experiencia, pues pertenecían al mismo campo. La contraposición armónica de dichos lados del mismo relato, que es la vida y obra de Cartier, crean bifurcaciones informativas (y de opinión) que apuntan a la misma dirección partiendo de distintos focos. Uno, al verlo, realmente puede sentir que el hombre dedicó cada ápice de su existencia a la creación de imágenes fotográficas significativas. Dios sabe si todas fueron buenas, sólo sus allegados fueron testigos de esas fotos, de las que conocemos y de las que nadie conocerá, y pueden decir abiertamente que conocen su obra en sí.
Cuando mencionamos las fotos, algunas son bastante buenas. Él habla a veces del lugar en el que las tomó o las circunstancias en las que se encontraba (por ejemplo, las menciones al funeral de Ghandi, la liberación de Paris, conflictos armados, etc.), menciona la espontaneidad y la casualidad, como si aquellas fuesen aliadas suyas, y de cierta forma lo son. Sus fotografías son bellas en todo el sentido artístico, opinión, y la relevancia que le da a la que ha sido la carrera de su vida, está totalmente justificada. A su edad es un artista sencillo que guarda en su casa un sinfín de imágenes interesantes, donde juegan la perspectiva, la oportunidad y los lugares. En muchas de ellas puedo ver el gran aprovechamiento del espacio, donde el fondo y el sujeto a retratar se encuentran fundidos en una imagen donde se resaltan entre sí creando un efecto equilibrado entre estética y significado que me agradó.
Sus paisajes son calles como cualquiera, bardas, muchedumbres, cualquier tipo de escenario, lo cuál demuestra su gran habilidad de adaptación. La capacidad de convertir cualquier lugar en el potencial trasfondo de la historia mental que el espectador con toda seguridad elaborará al ver el resultado, en él es un rasgo característico enorme. Pareciese que viera el mundo entero en cuadros que desde uno u otro ángulo podrían ser dignos de retratarse.
Sus cuadros cuentan cuentos por sí mismos, son imágenes que prescinden de la necesidad de ser explicadas. Se encuentran a la altura (en opinión mía) de cualquier obra de arte costosa, cualquier pintura o cuadro antiguo digno de ser presumido por algún ricachón, pero con la bendita suerte de no pecar de orgullosos, pues todas sus fotografías tienen un dejo humano rara vez visto en otros como él.
La música de fondo también resultó agradable, muy a juego con el tema en general. Sin embargo y para los efectos de la sala de audiencias y la concurrencia de ese día, resultaba un tanto arrulladora como el video mismo, lento.
A mi parecer es una producción meramente sensibilizadora, a modo de tributo a un gran artista por su labor a lo largo de tantos años. Un reconocimiento muy merecido dada su trayectoria.
Pero, hablando de mis intereses personales, no es algo que yo, en la comodidad y holgura de mi casa, vería a voluntad. No porque su contenido no sea bueno, porque lo es, sino porque difiero en el tipo de proyecciones que gusto de ver.
Lo recomendaría, sí, a quien busque hacer trayectoria y entender cómo es la vida de un fotógrafo real, que ve en la Fotografía no una profesión, sino un estilo de vida. Por lo demás, a pesar de ser un muy buen largometraje, no me atrevería a mencionarlo, pues no es de mi agrado del todo.
Es interesante, porque muestra al artista como el hombre mortal, normal y sencillo que es, lejos de la concepción general del artista como un ser dramático, antisocial y complicado. Habla de su vida, de su historia como el hombre que ha vivido tantísimas cosas hasta el día de hoy, y sobrevivido con pruebas de ello en mano. Muchas pruebas muy hermosas, cada una por sí misma. Habla de su lenguaje propio, del dialecto al interior de sus obras y del mensaje que transmiten. No se menciona directamente en el vídeo, pero la pasarela de fotografías dejan esto en claro al público al estamparse por sí mismas en la pantalla.
El concepto es bello, la vida y la obra a través del tiempo, pero el vídeo es demasiado lento, aunque no puede ser de otra forma, y es justamente esto lo que desmerecía a ratos mi atención.
Dentro de todo, el verlo fue una experiencia agradable y no dudaría en verlo nuevamente, de tener que hacerlo.

-Ana C.C.