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domingo, 8 de octubre de 2017

Mi Artista Favorito

Tan trillado puede sonar el título como lo es el tema en sí. Hablando de tal no tengo un 'Artista Favorito' pero sí hay varios que me agradan. Benjamin Lacombe, un ilustrador francés, es de mis favoritos debido a su uso y abuso de los colores y el claroscuso. Pinta 'sobadito' para ser un ilustrador, a base de óleo sobre papel, se dedica a devolver a la popularidad relatos de la literatura clásica original y los vuelve populares debido a sus hermosas ilustraciones. Sus obras vienen bien presentadas siempre en libros de tapa dura, forrados en tela o en papel caro, con páginas a todo color y buenos traductores de la mano de editorial Edelvives en México.



Por otro lado, Asumiko Nakamura, una mangaka japonesa, es en mi opinión la dueña de la línea más hermosa que he podido apreciar. Su capacidad para el dibujo y la síntesis de la forma es verdaderamente sorprendente. Como autora me resulta excelente, pues no cae en lo trillado, conserva siempre un muy particular sentido de la sensualidad y su dibujo, si bien de alguna manera simple, es sumamente elegante, dinámico y delicado. Es la primera mangaka de la que me enamoré verdaderamente, pues puede saltar desde cuestiones psicológicas elementales y temas complejos, hasta comedias de diez páginas de humor infantil con gran facilidad. Es versátil, talentosa y sumamente creativa, en mi opinión.



Con eso dicho, Marina Bychlova, la tercera en posición, es mi referencia directa en cuanto al trabajo que desarrollo ahora. Como creativa elabora muñecas articuladas de sorprendente delicadeza que, debido al detalle empleado para su creación, indumentaria y caracterización pasan a ser obras de arte que tratan diversos temas sociales. Es de momento mi favorita y la que más admiro debido a su gran habilidad con las manos.


jueves, 17 de agosto de 2017

Aspirante a Artista: La pregunta recurrente.

¿Por qué quiero ser artista?
No tengo ni idea.
Para empezar la concepción de "artista" es tan distinta aquí y allá que definir qué es un artista de inicio sería bastante complicado. La otra pregunta recurrente en esta institución es: ¿Por qué estudias aquí?, a lo que yo suelo responder siempre "¿y por qué no?".
Pareciera que para estudiar en la Esmeralda se necesita de cajón una razón de peso que ralle entre lo espiritual, el arrebato y la entrega total que justifique por qué ocupas un lugar que tantos desean. Podría decirse que de alguna manera esta pasión debe de ser casi religiosa y debe de estar acompañada con una alta capacidad de retención, un gran compendio de conocimiento general y cultural y una vasta inteligencia. No culpo a la institución por querer elegir de entre los aspirantes a los mejores aunque el proceso en general me parezca bastante arbitrario y la insistencia en incidir constantemente en esta pregunta una vez inscritos los alumnos, me parece ingenua y presuntuosa.
Por mi parte estoy en esta escuela porque hice otros exámenes aparte de éste: el de la UNAM (vengo de ahí), el de la Academia de Letras Mexicanas; además meter mi pase directo a licenciatura. Con esto en mano elegí la sede que me quedase más cerca de casa, pues consideré tiempos de traslado, gastos y demás y así terminé por elegir La Esmeralda. No conocía la fama de la escuela antes de eso y lo que es más, me enteré de que era una escuela apenas un mes antes de los exámenes por lo que entré aquí sin ninguna pretensión ni esperanzas de ningún tipo más allá de un genuino deseo por aprender y experimentar.
No me pareció de inicio una escuela fuera de lo común, lo que me sigue sorprendiendo, sin embargo, es que los maestros consideren el tiempo libre de alumnos y les permitan tener oportunidad de relajarse, de escuchar música, de comer y otras tantas cosas pues están conscientes, creo yo, de que el proceso artístico es complejo y requiere de mucha comodidad -hasta cierto punto- para producirse. He notado que con frecuencia los estudiantes se abandonan a su obra, se quedan pintando o esculpiendo horas y horas, a veces incluso olvidando comer, por lo que agradezco estas consideraciones que la UNAM no tenía con el alumnado. La escuela devora el tiempo de los alumnos pero no necesariamente porque los profesores lo exijan sino porque la labor lo exige, así que las razonables cantidades de tarea se agradecen. El nivel de exigencia no es tanto comparado con las demás universidades pero así me agrada pues me permite llevar mi vida paralelamente de manera cómoda y sin interponerse con mis demás actividades, por ende ayudándome a apreciar aún más mi carrera.
Por otro lado yo dudo que se necesite de una gran pasión para ingresar en esta escuela pues yo no tengo pasión por el Arte en sí; sino más bien bastante suerte y mucho interés. Creer que todos los artistas son personas totalmente entregadas a su labor, especiales o demás es demasiado pretencioso y exigir a los alumnos que sean eso, también lo es. La diversidad de razones es tan amplia que casi cualquier cosa justifica la labor. No todos pueden brillar y no todos pueden ser artistas ("Cualquiera puede cocinar") pero un gran artista no tiene que ser forzosamente de La Esmeralda. Soy feliz en la escuela y aprendo mucho, mucho con el paso de los días; he desarrollado bastante mis habilidades y no me arrepiento de estar en la institución, sin embargo, incluso hoy no podría definir por qué estudio artes, pues eso se va aclarando un poco más cada día; sólo sé que me siento feliz de estar estudiando la carrera en donde me encuentro actualmente.

Ana C.C.

viernes, 22 de abril de 2016

La Visita de Rafael Lozano Hemmer

Hace una o dos semanas (pareciera que tengo una tendencia a escribir con retraso) nuestra plenaria semanal programada fue reemplazada por una plática impartida por Rafael Lozano Hemmer, un artista visual de origen mexicano que vive en Canadá, quien nos habló un tanto de sus proyectos y otro tanto de su visión con respecto al arte desde su persona.
Como todo buen artista, me pareció a mí que Rafael gusta de la reinterpretación de lo existente y la expresión a base de la magnificación de lo que supone ser biológicamente humano, como las pulsaciones del corazón, la sombra, la voz y las huellas digitales. Él, junto con su equipo técnico compuesto por toda suerte de especialistas (camarógrafos, ingenieros, planificadores, etc.), se han encargado de convertir al espectador en coautor de sus obras, en las que el rastro biológico del mismo es el causante directo de las obras en sí.
En algunos de sus proyectos, ha logrado convertir las pulsaciones del corazón del participante en luces magníficas que se lanzan al cielo; en otras es su voz la que se transmite y en otras más, son las sombras las que delimitan el escenario de la obra.
Su idea es, según lo que alcancé a captar, el transformar lo individual en parte de lo colectivo, magnificar al individuo a la altura de los monumentos y reclamar a lo superior desde la voz de los de abajo. Algo así como una guerra de hormigas.
Nos mencionó algo de sus proyectos actuales, de algunos pasados y otro tanto de su exposición con respecto a los estudiantes perdidos de Ayotzinapa, junto son su software libre de búsqueda y reconocimiento facial, del cuál fuimos partícipes también después de la conferencia.
Su tendencia a retransmitir y volver a lo individual parte de lo colectivo y a su vez colocarlo a la altura de lo enorme me pareció interesante. Le aprendí una o dos cosas al respecto del respeto hacia la propia labor del artista, algo de no permitir que los coleccionistas nos fastidien (si es que llegamos a convivir con coleccionistas pesudos) y otro tanto de lo que él pensaba que serían las comunicaciones, por así decirlo, en lo próximo. 
Si de algo estOy segura es de que vive su existencia inundado de trabajo. Se ve un tipo muy agradable.
Esta fue la primera conferencia magistral en a que no me ocupé en nada más que en observar. Me gustó mucho y espero este tipo de charlas se repitan para no sentir las cuatro horas extra que pasamos en la escuela gracias a ellas.

Ana C.C.