sábado, 17 de octubre de 2015

Un ganador del premio Hasselblad, de Fotografía: Hiroshi Hamaya.


Según la página oficial del premio Hasselblad, este reconocimiento se le otorga a algún fotógrafo que durante su trayectoria artística ha hecho avances y descubrimientos en el campo de la fotografía artística, teniendo un impacto en generaciones posteriores de jóvenes fotógrafos, que ha realizado exhibiciones significativas en varios países y que suma a sus méritos el continuar creciendo artísticamente.
Cada año, el comité del premio selecciona a cinco fotógrafos experimentados o estudiantes que cumplen con los requisitos y en marzo 8 se anuncia al ganador del año. Se le premia durante una ceremonia varios meses después, en la que se le otorgan una medalla, un premio en efectivo y un diploma. El Centro Hasselblad entonces abre sus puertas con una exhibición del artista ganador.
En el caso de la exposición montada en 1987, se trató del fotógrafo japonés Hiroshi Hamaya, cuya obra comenzó, no con estudios o academias, sino como una cámara que le regalaron teniendo quince años. Así, sus primeras fotografías fueron aquellas de las reconstrucciones de los barrios devastados por el terremoto de 1923 que asoló la región de Kantou en Japón.
A los dieciocho, trabajó a la par de sus estudios como fotógrafo para una empresa aeronáutica mientras contribuía como ‘freelance’ para empresas publicitarias,  y pocos años después, se convirtió en fotógrafo independiente. A través de su vida, recorrió Japón por aquellas zonas pobladas únicamente por pequeños asentamientos rurales, pueblos pequeños y alejados de las grandes ciudades, documentando aquellas peculiaridades regionales y costumbres locales de las costas. Pasando por China y Manchuria antes de la invasión japonesa durante la segunda guerra mundial, y regresando a su país natal para continuar con sus proyectos, dándole a su quehacer una dirección más etnológica y humanística, alejada un tanto del periodismo y acercada otro tanto al arte.
Así, durante las disputas culturales de Japón con Estados Unidos, él presentó una posición pacifista y con ella, una nueva exposición. Creía fielmente en la unión del hombre con el suelo que habitaba por su experiencia como documentalista de zonas poco pobladas. Notaba las diferencias entre los pobladores afirmando que, conociendo bien sus tierras, se podía entender a las personas mismas.  
Sus obras no tenían una intensión artística como tal, aunque la visión estética es característica de las culturas orientales por sí misma. Se podría decir, entonces, que de alguna manera su arte es arte sin querer, aunque no por eso sucede ser menos importante.  Me gusta su obra y la manera en la que captura los malviajes y desventajas naturales de los hombres y sus hogares.
Tiene la “ventaja” de la imagen monocromática, que nos obliga a pensar, a discernir. Los colores nos hacen soñar mientras que el blanco y negro nos invita a pensar, a sentir. Y bajo ello, cualquier imagen que muestre la idea es buena mientras se exponga adecuadamente. Él no intenta concientizar, más me da la impresión de que simplemente quiere recordar.
No tomó las imágenes pensando en quién las iba a ver, sino pensando en documentar, en dejar huella de lo que presenciaba. Después, con sus libros de fotos y exposiciones, fue capaz de masificar aquellas fotografías que consideró eran las más tangibles y así el mensaje se extendió. No quería decir nada, no pedía ayuda ni consciencia. Eso vino después por sí mismo, en las cabezas del público que relacionaba las imágenes con las situaciones. Él simplemente pretendía mostrar sus hallazgos y capturar la mirada por la que los observó.
En alguna ocasión anterior publiqué que el arte no es tan impactante sin un contexto. Es por eso que aquí hago nota de su biografía, para cerrar el círculo de información, el ciclo de relación y pensamiento.
Es curioso… al ver sus fotografías detenidamente, al analizar lo que sucede dentro de ellas con detenimiento e intentando enfriar mi cabeza, no veo una inmensa tristeza o una enorme miseria. Esa sensación la aporta mi cabeza por sí sola al relacionar las imágenes con situaciones de las que me he enterado donde la gente no es feliz a falta de recursos y presa de las inclemencias del clima y las enfermedades. No tengo un indicio real de que esas personas fuesen desdichadas más que el dejo de las imágenes de Hiroshi. Es ese aire, la nostalgia con las que la toma, las que las vuelve tan terriblemente cautivadoras.
No me lo imagino tiritando de frío con la cámara en mano tomando fotos de la nieve. “Tengo que dejar constancia de la vida de estas mujeres…”
No me lo imagino deambulando por las montañas y las costas fotografiando niños y cercas. Pero lo siento, puedo percibirlo.
Su relación con los hombres se siente mucho más real en comparación con aquella de los fotógrafos que hasta el día de hoy he revisado. Siempre he tenido un gusto por lo oriental debido a mis estudios de lenguas y costumbres durante la preparatoria, es por eso que en primera instancia me sentí inclinada a investigarlo a él en vez de centrarme en los demás. Me sabe más humano, supongo, aunque eso es puro prejuicio mío.
Poco queda decir sino que me gusta su obra y definitivamente fantaseo imaginando su vida, sus viajes. Cualquier hombre con la gentileza de documentar, de tratar con los locales sean de donde sean, de viajar y de aventurarse a conocer en pro del saber es, en opinión mía, un ser valiente, maravilloso. Un terrible soñador.
La imagen transmite sin querer transmitir a veces y en ciertos casos, sólo en ciertos casos, es el espectador el autor real de las emociones que emanan las fotografías.

-Ana C.C.




Referencias:
http://www.hasselbladfoundation.org/wp/21135-2/?lang=en&lang=en
https://es.wikipedia.org/wiki/Hiroshi_Hamaya
*Imágenes en:
https://www.google.com.mx/search?q=1987+Hiroshi+Hamaya&es_sm=122&tbm=isch&tbo=u&source=univ&sa=X&ved=0CDIQsARqFQoTCLnOsOXuycgCFYHzHgodn8cKfg

http://www.michaelhoppengallery.com/artists/125-hiroshi-hamaya/overview/

viernes, 16 de octubre de 2015

Fontcuberta, Meyer, y la Hiperfotografía según Ritchin.


Pasado el temible libro de Ritchin, una comienza a preguntarse acerca del tornar de este terrible, terrible mundo.
¿Nos comeremos los unos a los otros en pixeles o nos devorarán antes las grandes empresas de hombres sin rostros?, de una u otra manera sufriremos sin darnos cuenta y nos arrastrará la corriente porque puede ser muy fuerte para resistirla… ¿O no?
Tal vez no. No si aprendo a nadar.

Pedro Meyer.
Haciéndome de la bella tarea, busqué por internet imágenes de su obra, las series de Meyer. Soy de la opinión de que la obra debe de hablar por sí misma, pero acertando a opiniones de mi asesora número uno, me he dado cuenta de que el arte (y cualquier cosa) carece de significado, sentido y razón sin un contexto. No existe obra o ser que se halle fuera de él, adelantado a él o lejos.
Así bien, revisé algo de su biografía y otro tanto de sus creaciones. A comparación de Miller (tampoco tengo tantas referencias), sus obras parecen estar demasiado empapadas de él. Como si se trozara con el carrete. Son melancólicas y hermosas a pensar de ser, en algunos casos, grotescas o demasiado crudas. Encontró la manera de engastar belleza y realidad. No parecen hechos, sino sueños o retazos de sueños.
Me gustan sus fotografías, la que pude ver bajando por la barra de Google. Y a pesar de que es básicamente un artista análogo, puesto que toda su obra se encuentra digitalizada para ser parte del dominio público que supone el internet, pasa a ser un creador digital.
“Fotografío para recordar” me hizo trizas. No puedo concebir tanta tristeza en espacios tan pequeños. No sería capaz de preservar tanta agonía, no sólo la de mis seres queridos, sino la mía. Lo veo como un memorándum, un recordatorio para que nada se vaya por el lavamanos. De alguna manera entiendo el desconcierto de ver cómo lo que amamos se deshace y comienza a degradarse hasta desaparecer, y la necesidad de preservarlo para intentar entender y… concebir. Yo misma conservo vestiditos mortuorios de alguien muy importante. Cajas… Pero las imágenes son otra cosa: se trata de una de las primeras informaciones que recibimos desde que venimos a este mundo y una de las más difíciles de olvidar. Recuerdo claramente la sangre escurriendo carretera debajo de algún accidente vehicular que presencié a los siete años.
Supongo que de eso se trataba… de algún pinchazo matinal para olvidar que salió de una pareja para terminar como unidad.
En cuanto a sus montajes, me sorprendo de los contrastes tan vistosos, de colores saturados y vibrantes. El azul resulta irrealmente profundo, casi inconcebible en esta realidad tan provista de colores y tan pobre en exhibiciones públicas. Como otras tantas tonalidades.
Fotos como aquella de la mujer entre los niños Jesús, de las cabezas de cerdo, o de los niños con ojos negros como canicas proponen una mirada a nuestra triste realidad como seres caníbales. No directamente, claro, pues su sutileza se basa en todo el empleo del que fue capaz de la belleza. Por el detalle se graban en los párpados y por el detalle la realidad se vuelve visible. Uno puede perderse en los negros intensos o en las expresiones inocentes y quedarse hasta ahí si no se pone a pensar “¿Qué es?”
Ritchin en su libro “Después de la Fotografía” nos propone precisamente el analizar más allá el mensaje de la obra, sus contenidos y su contexto para entenderla y a sus intenciones. Plantea la hiperfotografía como aquella que interactúa con el espectador haciéndose de ciertos elementos e intentando transmitir un mensaje en concreto.
(Como aquellas de modelos que te insinúan “tienes que ser así o asá y lucir un cuerpo tal y vestirte como cuál…”, acompañadas de alguna marca de ropa o calzado, por ejemplo.)
Se habla de hiperfotografía cuando la imagen ya ha sido modificada para promover ideas consciente y masivamente. En el caso de Meyer, que no tiende a modificar sus imágenes tan drásticamente como lo harían aquellos de publicidad, las ideas van más enfocadas a la concientización y se hace de una estética pura y natural (por lo menos más que la que se promueve hoy en día) para hacerlo. Su acercamiento con seres reales, tangibles, de carne y con identidades, lo vuelve más íntimo en relación al espectador y así la reflexión es totalmente individual, profunda y sensible. Te genera una cierta agitación interior que no puedes sino atender o se esconde en tu cráneo y te escosa hasta obligarte a hacerle caso. Se arraiga de una vez con fiereza a diferencia de aquella pública que se pega por repetición.
¿Es hiperfotografía?, sí, cumple con las características, aunque su enfoque es distinto. Lejos de querernos con ciertas opiniones ya planeadas, nos plantea la posibilidad de la contra o el pro voluntario. Reflexionamos si lo deseamos y si queremos, lo olvidamos. Es totalmente humano, no está mecanizado y mucho menos sabe a labial.


Joan Fontcuberta.
Al igual que con Meyer, repasé su biografía y pasé por su obra digitalmente. Fontcuberta dedicó mucho tiempo al análisis de cambio de paradigmas, de analógicos a digitales; fue premiado con el premio Hasselblad.
Conocer las posibilidades que abre y cierra la nueva era nos ayuda al entendimiento de las implicaciones tecnológicas, sus riesgos, ventajas y desventajas. Es cierto que la velocidad de la información la vuelve accesible, como lo es el hecho de que la posibilidad de ser modificada y redefinida por cualquiera con acceso a ella la vuelve poco verás en varios aspectos. Incluso las imágenes bellísimas de hoy en día son tomadas como composiciones digitales irreales y eso precisamente les resta encanto… básicamente porque somos conscientes de su condición.
Joan se aprovecha de esto obligándonos a creer, modificado los sujetos de las imágenes en un principio, y no las imágenes en producción, en esos pedazos de irrealidad y despertando el imaginario humano más allá del escepticismo natural y de la lógica cotidiana. No, no existen los dragones, pero probablemente él tuvo uno en manos.
La realidad y la ficción son puro humor negro… y de colores.
Fontcuberta, como hombre de pensamiento que es, se divertía jugando con las primeras impresiones que causaban las imágenes. Admitamos que suena genial el vacilar con la percepción forzada y construida de nosotros los comunes. Imágenes que son lo que representan compuestas de más imágenes más pequeñas. Entonces, ¿son o no son?, pues lo son en su conjunto y no lo son en la individualidad. Igual que las sociedades.
Las suyas son hiperfotografías, sí, y con toda la intensión de la masificación. Imágenes pensadas para el espectador que no por eso dejan de ser bellas y cargan consigo un sentido muy alejado de lo vano de la publicidad nociva.
Me gusta su trabajo: es imaginativo, es potencial, es explosivo, es soñador, es infantil, es inmaduro, es anciano y es inteligente. Se necesita cabeza para soñar tanto y aún más cabeza para hacer que el espectador lo haga también.
Él toma fotos no pensando necesariamente en la imagen, sino en sus aplicaciones posteriores. Miles de fotos suyas son desconocidas tal vez por la falta de utilidad que pudo atribuirles.  Y no tienen que ser asombrosas, sino tienen que formar en conjunto algo asombroso. Eso es lo que me sorprende de su trabajo: la mentalidad corpórea, orgánica del todo compuesto por pequeñeces.
Me gusta más como cuentista en imágenes que como pensador serio, pero supongo que no podría serlo sin tener un eje recto y firme del que asirse para continuar.
Sus modificaciones son simples. Simples como las que hace cualquier persona en programas de edición fotográfica, sólo que a otro nivel creativo mucho más profesional.

Y en ese caso, ¿cuál es la diferencia entre ellos, que son artistas, y cualquier fotógrafo que circula sus imágenes por internet?, los conocimientos, las aplicaciones, las intenciones y sus formas. El empleo de la estética y los círculos de divulgación. Los primeros concientizan de formas bellas, brutales y estudiadas. Los segundos placen según sus vanidades un poquito más mundanas.
¿Dónde quedan los estudiosos, los virtuosos y lo creadores en un mundo tan competido, tan globalizado, donde la información viaja más rápido que el sonido y cualquiera puede tener acceso a ella?, en libros y bibliotecas, en conferencias para quien quiera de enterarse de un punto de vista nada desapegado pero sí bien estructurado y estudiado. Quedan ahí, donde sólo pueden ser alcanzados por curiosos y gente con interés.
No es tan difícil encontrarlos si se quiere, lo complicado es asimilar lo que de ellos se entiende y comenzar a aplicar sus descubrimientos y utilidades en beneficio positivo. Uno a uno, como las hormigas de una colonia.
Dicen que el ser humano sería mucho más feliz de darse cuenta su propia insignificancia, porque entonces cobraría más sentido como parte de un todo y sus dificultades pesarían unos gramos menos. ¿Será cierto?, me gustaría pensar que sí. Me hace un poco más libre y no por eso menos importante.
Seríamos mucho más felices si dejásemos de devorarnos, pero nos encanta el sabor a sangre. Amamos los panoramas grises gracias al aburrimiento y no esperamos mas que el final al apagar el televisor.


-Ana C.C.



Muy, pero que muy útiles referencias:

http://www.magis.iteso.mx/content/hoy-todos-somos-fot%C3%B3grafos-pero-con-una-cultura-visual-escasa%E2%80%9D-pedro-meyer

http://www.pedromeyer.com/biography/publica_libros.html

http://ulisesdfotografia.blogspot.mx/2014/09/pedro-meyer-y-joan-fontcuberta-ensayo.html

*Imágenes de Pedro Meyer:
https://www.google.com.mx/search?q=pedro+meyer&es_sm=122&source=lnms&tbm=isch&sa=X&ved=0CAcQ_AUoAWoVChMIg9LV2L_IyAIVAaA-Ch0mLQyG&biw=1366&bih=643

http://oscarenfotos.com/2014/08/23/postfotografia/

*Imágenes de Joan Fontcuberta:

https://www.google.com.mx/search?q=joan+fontcuberta+herbarium&es_sm=122&tbm=isch&tbo=u&source=univ&sa=X&ved=0CBsQsARqFQoTCLK548fcyMgCFcxeHgodAjsCZA&biw=1366&bih=643

jueves, 8 de octubre de 2015

Lee Miller: la vida por ambos lados de la lente (y la quesque reseña de exposición)

Tres amigos y yo, como parte de nuestras muy bellas actividades, asistimos el día de hoy a ver una exposición en el Museo de Arte Moderno, en Chapultepec.
Armados con cámaras y demás cosas, esperábamos entrar a la carga con fotos acá y allá como guerrilleros en pleno campo de batalla... pero no fue así. A diferencia de museos como el MuNal o el MUAC, este museo negaba la toma de fotografías dentro de esta exposición en específico (el resto sí era viable), pero se entiende, pues era precisamente una exposición de fotografía.
La sala dispuesta lar dicha exposición era un espacio circular dividido en cinco espacio más pequeños, uno central y cuatro alrededor. 
A la entrada, un estampado en la pared indicaba de qué iba la exposición y revelaba de manera muy fugaz y poco detallada la vida de Lee Miller, sus ocupaciones y el propósito de todo el montaje.
Avanzamos por la derecha observando cada una de las salas: todas contenían pasajes de momentos de su vida (como el inicio de su carrera de modelo, su arranque como fotógrafa solista, su vida en el Cairo, sus corresponsales como fotógrafa de guerra y su retiro, entre otras) resumidos, pero bien relatados de forma que la imaginación compensaba los poco huecos que los escritos dejaban. A su alrededor, se exponían fotografías con fichas a un costado indicando el nombre de la fotografía y el material en el que estaba impresa. Cada división tendría tal vez veinte fotos, calculo yo. 
En las notas se podían leer pasajes acerca de sus amistades con Erns o Picasso, por ejemplo. De su vida amorosa, un poco de su familia y otro tanto de su visión. Se habla mucho de su surrealismo (que admitamos, sí tiene, cada foto da un aire soñador, como inmerso en la fantasía de mundos particulares y misteriosos), pero las exaltaciones de las mismas notas podían incluso llegar a sobrar en ocasiones, pues era obvio que predisponían al espectador y esto a su vez, causaba un choque muy fuerte con la obra. De ahí en fuera, supongo que los pasajes de su vida no salieron sobrando en su gran mayoría, pues aportaban referencias y explicaciones bastante buenas a las colecciones de fotografías acomodadas cronológicamente en las salas.
Sus cambios de ambiente, de parecer y de humor se reflejan bastante bien en sus obras. Hay varias que me agradaron bastante y dos que me dieron risa (aquellas tomadas en la bañera de Hittler), otras que creí falsas, tal vez por mi propia concepción de la realidad (como aquellas de los cadáveres en los campos de concentración), mientras que una me perturbó bastante (la del niño muriendo). Aquellas surrealistas, como la de la cabeza en la campana de cristal, me parecieron buen material para una película de suspenso. Y otras, como la del desnudo femenino hacia el frente, asemejaban a objetos distintos; esa, por ejemplo, se me figuró en primera instancia a una muela en una radiografía.
Hubo cosas que me sorprendieron, como sus fotografías expuestas al sol: el efecto que tomaban era realmente extraño. Las sombras en la imagen daban la total apariencia de tridimensionalidad, mientras que el recalcado oscuro de los alrededores y los contornos gruesos la hacían parecer plana. Era un contraste muy fuerte, un efecto muy llamativo.Me agradó.
Por otro lado, la exposición, si bien habla de ella y de su vida, fue conformada por otros personajes que en ella aparecían. Parejas y amigos. Relatan sus imágenes su vida tan simple y tan compleja a veces que el cambio producido de la paz a la guerra es brutal. Supongo que esa era la idea de ordenar así los revelados.
Como fotógrafa y modelo, era una mujer audaz e inquieta (o eso me imagino yo), sus imágenes son tan terriblemente humanas y puras que no me dejan sino pensar que la mayoría se tomaron llenas de pasión. Cada una tiene un pedacito de alma propia. Así, las salas parecen salones de reuniones; de ésos donde los caballeros se sientan a charlar. Las imágenes conversan entre sí y nosotros como espectadores no tuvimos sino que pasar entre ellas para entender lo qué decían. No cuesta demasiado trabajo averiguarlo.
Para el ojo común podría parecer una exposición aburrida. Para el ojo curioso es mucho más que eso. ¿Recomendaría la visita?, sí, porque de la pretensión del artista ella no posee nada. Es como hablar con una conocida de vista y no sentirse incómodo o anonadado, sino de alguna manera bienvenido. Es impresionante la vida que llegan a tener algunas personas, y definitivamente ella fue una de ellos. Seguramente vivió muchas más aventuras de las que se relatan abiertamente y ésas de las que nadie habla, son las que quisiera averiguar. Me hace pensar que, de tener una vida así de ajetreada, tal vez valga mucho la pena dedicarle más tiempo del requerido a tomar fotografías. No sé, quién sabe si en alguna de esas acabo por vivir una historia emocionante también.
No suena a tan mala idea, creo...

-Ana C.C.




 
(Y para que vean que no miento y que sí fui, aquí está el boletito)

jueves, 1 de octubre de 2015

Fred Ritchin, Después de la Fotografía: una tristemente cercana realidad.



Para este mes se nos indicó leer este libro para darnos una idea del impacto social de las tecnologías nuevas, que nos permiten modificar a placer cualquier tipo de información, ya sea acústica, visual o lingüística.
Sea desde la edición y divulgación de un texto, hasta la circulación de una imagen un tanto falsa (o bien, editada) que apoye o deshaga los paradigmas humanos, prejuicios o estereotipos, pareciese que los hombres no hacen sino quejarse, manifestar su existencia a partir de contenidos cada vez más impactantes e impersonales. Me explico: estamos tan poco relacionados hoy en día con el resto de las personas que nuestra ausencia es realmente obvia.
Lo sabrán nuestras madres y abuelas, que conocen a sus vecinos.
La narrativa es clara, concisa y veloz. Se asemeja a aquella de un periodista escribiendo sus memorias, a la de un hombre en medio de un monólogo introspectivo y a aquella de una mujer histérica con doctorado. Pareciera poseer demasiada información bien estructurada, pero poco aliento, poco tiempo, poco espacio. El tema es claro: los cambios humanos como producto del avance tecnológico y nuestra degradación. Lo que no logro especificar es la postura del autor, pues deja entrever que se encuentra en contra de lo que describe (entre líneas), aunque apegándonos sin deducción al texto, se mantiene imparcial.
Es un libro de lenta lectura que emplea muchísimos ejemplos para dejar en claro las distintas vertientes de las que habla con relación a la fotografía y a las nuevas tecnologías en general (como la ley referente a la pornografía infantil en USA o  la edición de una de las portadas de la revista National Geograophic hecha para cambiar el ángulo, por ejemplo), los explica y relaciona directamente con la narrativa. Son tantos que en cada página se pueden encontrar referencias a hechos, investigaciones, personajes y demás cosas externas.
Altamente reflexivo, filosófico, refleja el deseo humano de escapar de una realidad demasiado dura para enfrentar, y de las tretas de los medios y grandes corporaciones para facilitarnos la tarea y de paso aprovecharse de ella.
Como el narrador lo retrata, el mundo cambia y nosotros con él. Aquellos que vivimos este descontrolado avance científico e informático somos sólo capaces de imaginar el impacto futuro que tendrán las acciones presentes. Serán las siguientes generaciones, aquellas que nacen con el mundo como lo dejamos, las que corroborarán o corregirán nuestras sospechas.
Concuerdo en muchos aspectos con el narrador, aunque no en todos. El libro me sabe demasiado alarmista, me deja aterrada al pensar en lo que podría pasar en un futuro con los seres humanos en relación con la tecnología y no puedo sino pensar que no vamos a mejorar. Nos hemos desintegrado.
La tecnología, hoy en una era digital donde el ver no aplica al creer (hablando de imágenes que bien pudieron ser creadas), nos deshumaniza. Reemplazamos nuestras relaciones físicas por relaciones de pixeles en un celular, vivimos enajenados en un aparatito (últimamente no tan aparatito) sintiéndonos populares, conocidos y cercanos en lugar de realmente convivir con la humanidad a nuestro alrededor. La tecnología, aunque aparente reducir la distancia física entre las personas, en opinión mía no hace sino aumentarla. Uno se embriaga en el internet, en la televisión, y sin querer termina por alejar a los demás o persuadirlos a enajenarse también. A fin de cuentas la convivencia familiar se ha cambiado por una hora en la que todos se sientan frente a la pantalla a decidir qué canal mirar en lugar de hablar de las clases de los niños en la escuela o de los asuntos en el trabajo.
No digo que la tecnología sea mala o inhumana, pero su abuso, la invasión que supone, deshumaniza a los hombres, los convierte en números, en estadísticas de ventas, en cifras desechables, calculables y generalizadas. Es perfecta para la difusión de la información, pero es su propia maleabilidad la que hace de la información algo poco creíble hoy en día. Un milagro no necesita más explicación a sí mismo que su existencia, mientras que un descubrimiento actual, algo considerado un milagro en el pasado, necesita de mil pruebas, de testimonios objetivos e impersonales para serlo bajo la pretensión de la universalidad.
No, la tecnología no es mala. Es su invasión a la privacidad la que la vuelve tan perniciosa. Cuando todo se vuelve tan público y accesible, los objetos (fotografías, personas, lugares, etc.) dejan de pertenecer al origen. Una habitación fotografiada y subida a la red ya no le pertenece del todo a quien la habita, sino a quien la ve y la modifica, como los memes en Facebook. Cuando ya no queda un espacio privado, personal donde habitar, donde nadie moleste; cuando nos dejamos llevar por las redes informáticas y nos vemos arrastrados sin resistencia en el flujo de los medios, entonces, perdemos un cachito de humanidad, pues ya no somos dueños de nosotros mismos (no del todo) ni de lo que nos rodea. Ahora hay una relación pública con todo y parecemos uniformarnos con el resto del mundo. ¿Dónde quedamos como individuales, como seres humanos, como personales reales, tangibles, entonces?
…En varios millones de pixeles, en alguna estadística de compra-venta, entre las líneas negras de un código de barras…
En general cualquier cosa que signifique capturar algún ser/espacio/escenario vivo, no puede ser del todo buena.
El hombre se redefine como un ser altamente comunicativo (en varias plataformas y lenguajes) que tiene la necesidad psicológica de atención crecida. La expansión informática borra los límites morales tanto como las barreras fronterizas. Es ahí, en el lugar digital donde residimos y perdemos los rincones que nos pertenecen, que empieza la depravación.
En mi opinión, la función fundamental del libro, con toda su palabrería y sus mil ejemplos, no es otra sino de informar. Te obliga, por medio de la repetición de conceptos, de la imposición de ejemplos (hechos) cortos y concisos a creer en lo que describe. Tiene un aire desesperado, como si el futuro lo alcanzara antes de que el lector llegase a leerlo. Te hace creer en él al punto en el que no tienes de otra sino reflexionar y poner resistencia al flujo de los medios que utilizan las nuevas tecnologías a su conveniencia, o de aquellas minorías que buscan enganchar con cualquier tipo de información impactante a las masas.
El libro te dice “¡detente!, piensa: ¿qué estás haciendo?”, y lo haces. Yo lo hice.
Es una buena lectura, ciertamente, algo tediosa para mi gusto. No sabría si recomendarla o no, aunque moralmente me siento un tanto obligada a hacerlo. Es importante que el resto de las personas piensen y reflexionen acerca de lo rápido que se está moviendo el mundo y de lo mecánicos que nos estamos volviendo. Deberían si desean cambiar algo.
Pero, claro, esta es sólo mi opinión.


-Ana, C.C.