Según la página oficial del premio
Hasselblad, este reconocimiento se le otorga a algún fotógrafo que durante su
trayectoria artística ha hecho avances y descubrimientos en el campo de la
fotografía artística, teniendo un impacto en generaciones posteriores de jóvenes
fotógrafos, que ha realizado exhibiciones significativas en varios países y que
suma a sus méritos el continuar creciendo artísticamente.
Cada año, el comité del premio
selecciona a cinco fotógrafos experimentados o estudiantes que cumplen con los
requisitos y en marzo 8 se anuncia al ganador del año. Se le premia durante una
ceremonia varios meses después, en la que se le otorgan una medalla, un premio
en efectivo y un diploma. El Centro Hasselblad entonces abre sus puertas con
una exhibición del artista ganador.
En el caso de la exposición montada
en 1987, se trató del fotógrafo japonés Hiroshi Hamaya, cuya obra comenzó, no
con estudios o academias, sino como una cámara que le regalaron teniendo quince
años. Así, sus primeras fotografías fueron aquellas de las reconstrucciones de
los barrios devastados por el terremoto de 1923 que asoló la región de Kantou
en Japón.
A los dieciocho, trabajó a la par de
sus estudios como fotógrafo para una empresa aeronáutica mientras contribuía
como ‘freelance’ para empresas publicitarias, y pocos años después, se convirtió en
fotógrafo independiente. A través de su vida, recorrió Japón por aquellas zonas
pobladas únicamente por pequeños asentamientos rurales, pueblos pequeños y
alejados de las grandes ciudades, documentando aquellas peculiaridades regionales
y costumbres locales de las costas. Pasando por China y Manchuria antes de la
invasión japonesa durante la segunda guerra mundial, y regresando a su país
natal para continuar con sus proyectos, dándole a su quehacer una dirección más
etnológica y humanística, alejada un tanto del periodismo y acercada otro tanto
al arte.
Así, durante las disputas culturales
de Japón con Estados Unidos, él presentó una posición pacifista y con ella, una
nueva exposición. Creía fielmente en la unión del hombre con el suelo que
habitaba por su experiencia como documentalista de zonas poco pobladas. Notaba
las diferencias entre los pobladores afirmando que, conociendo bien sus
tierras, se podía entender a las personas mismas.
Sus obras no tenían una intensión
artística como tal, aunque la visión estética es característica de las culturas
orientales por sí misma. Se podría decir, entonces, que de alguna manera su
arte es arte sin querer, aunque no por eso sucede ser menos importante. Me gusta su obra y la manera en la que
captura los malviajes y desventajas naturales de los hombres y sus hogares.
Tiene la “ventaja” de la imagen
monocromática, que nos obliga a pensar, a discernir. Los colores nos hacen soñar
mientras que el blanco y negro nos invita a pensar, a sentir. Y bajo ello,
cualquier imagen que muestre la idea es buena mientras se exponga
adecuadamente. Él no intenta concientizar, más me da la impresión de que
simplemente quiere recordar.
No tomó las imágenes pensando en
quién las iba a ver, sino pensando en documentar, en dejar huella de lo que
presenciaba. Después, con sus libros de fotos y exposiciones, fue capaz de
masificar aquellas fotografías que consideró eran las más tangibles y así el
mensaje se extendió. No quería decir nada, no pedía ayuda ni consciencia. Eso
vino después por sí mismo, en las cabezas del público que relacionaba las
imágenes con las situaciones. Él simplemente pretendía mostrar sus hallazgos y
capturar la mirada por la que los observó.
En alguna ocasión anterior publiqué
que el arte no es tan impactante sin un contexto. Es por eso que aquí hago nota
de su biografía, para cerrar el círculo de información, el ciclo de relación y
pensamiento.
Es curioso… al ver sus fotografías
detenidamente, al analizar lo que sucede dentro de ellas con detenimiento e
intentando enfriar mi cabeza, no veo una inmensa tristeza o una enorme miseria.
Esa sensación la aporta mi cabeza por sí sola al relacionar las imágenes con
situaciones de las que me he enterado donde la gente no es feliz a falta de
recursos y presa de las inclemencias del clima y las enfermedades. No tengo un
indicio real de que esas personas fuesen desdichadas más que el dejo de las
imágenes de Hiroshi. Es ese aire, la nostalgia con las que la toma, las que las
vuelve tan terriblemente cautivadoras.
No me lo imagino tiritando de frío
con la cámara en mano tomando fotos de la nieve. “Tengo que dejar constancia de
la vida de estas mujeres…”
No me lo imagino deambulando por las
montañas y las costas fotografiando niños y cercas. Pero lo siento, puedo
percibirlo.
Su relación con los hombres se
siente mucho más real en comparación con aquella de los fotógrafos que hasta el
día de hoy he revisado. Siempre he tenido un gusto por lo oriental debido a mis
estudios de lenguas y costumbres durante la preparatoria, es por eso que en
primera instancia me sentí inclinada a investigarlo a él en vez de centrarme en
los demás. Me sabe más humano, supongo, aunque eso es puro prejuicio mío.
Poco queda decir sino que me gusta
su obra y definitivamente fantaseo imaginando su vida, sus viajes. Cualquier
hombre con la gentileza de documentar, de tratar con los locales sean de donde
sean, de viajar y de aventurarse a conocer en pro del saber es, en opinión mía,
un ser valiente, maravilloso. Un terrible soñador.
La imagen transmite sin querer
transmitir a veces y en ciertos casos, sólo en ciertos casos, es el espectador
el autor real de las emociones que emanan las fotografías.
-Ana C.C.
Referencias:
http://www.hasselbladfoundation.org/wp/21135-2/?lang=en&lang=en
https://es.wikipedia.org/wiki/Hiroshi_Hamaya
*Imágenes en:
https://www.google.com.mx/search?q=1987+Hiroshi+Hamaya&es_sm=122&tbm=isch&tbo=u&source=univ&sa=X&ved=0CDIQsARqFQoTCLnOsOXuycgCFYHzHgodn8cKfg
http://www.michaelhoppengallery.com/artists/125-hiroshi-hamaya/overview/
