Para este mes se nos indicó leer este libro para darnos una
idea del impacto social de las tecnologías nuevas, que nos permiten modificar a
placer cualquier tipo de información, ya sea acústica, visual o lingüística.
Sea desde la edición y divulgación de un texto, hasta la
circulación de una imagen un tanto falsa (o bien, editada) que apoye o deshaga
los paradigmas humanos, prejuicios o estereotipos, pareciese que los hombres no
hacen sino quejarse, manifestar su existencia a partir de contenidos cada vez más
impactantes e impersonales. Me explico: estamos tan poco relacionados hoy en
día con el resto de las personas que nuestra ausencia es realmente obvia.
Lo sabrán nuestras madres y abuelas, que conocen a sus
vecinos.
La narrativa es clara, concisa y veloz. Se asemeja a aquella
de un periodista escribiendo sus memorias, a la de un hombre en medio de un
monólogo introspectivo y a aquella de una mujer histérica con doctorado. Pareciera
poseer demasiada información bien estructurada, pero poco aliento, poco tiempo,
poco espacio. El tema es claro: los cambios humanos como producto del avance
tecnológico y nuestra degradación. Lo que no logro especificar es la postura
del autor, pues deja entrever que se encuentra en contra de lo que describe
(entre líneas), aunque apegándonos sin deducción al texto, se mantiene
imparcial.
Es un libro de lenta lectura que emplea muchísimos ejemplos
para dejar en claro las distintas vertientes de las que habla con relación a la
fotografía y a las nuevas tecnologías en general (como la ley referente a la
pornografía infantil en USA o la edición
de una de las portadas de la revista National Geograophic hecha para cambiar el
ángulo, por ejemplo), los explica y relaciona directamente con la narrativa.
Son tantos que en cada página se pueden encontrar referencias a hechos,
investigaciones, personajes y demás cosas externas.
Altamente reflexivo, filosófico, refleja el deseo humano de
escapar de una realidad demasiado dura para enfrentar, y de las tretas de los
medios y grandes corporaciones para facilitarnos la tarea y de paso
aprovecharse de ella.
Como el narrador lo retrata, el mundo cambia y nosotros con
él. Aquellos que vivimos este descontrolado avance científico e informático
somos sólo capaces de imaginar el impacto futuro que tendrán las acciones
presentes. Serán las siguientes generaciones, aquellas que nacen con el mundo
como lo dejamos, las que corroborarán o corregirán nuestras sospechas.
Concuerdo en muchos aspectos con el narrador, aunque no en
todos. El libro me sabe demasiado alarmista, me deja aterrada al pensar en lo
que podría pasar en un futuro con los seres humanos en relación con la
tecnología y no puedo sino pensar que no vamos a mejorar. Nos hemos
desintegrado.
La tecnología, hoy en una era digital donde el ver no aplica
al creer (hablando de imágenes que bien pudieron ser creadas), nos deshumaniza.
Reemplazamos nuestras relaciones físicas por relaciones de pixeles en un
celular, vivimos enajenados en un aparatito (últimamente no tan aparatito)
sintiéndonos populares, conocidos y cercanos en lugar de realmente convivir con
la humanidad a nuestro alrededor. La tecnología, aunque aparente reducir la
distancia física entre las personas, en opinión mía no hace sino aumentarla.
Uno se embriaga en el internet, en la televisión, y sin querer termina por alejar
a los demás o persuadirlos a enajenarse también. A fin de cuentas la
convivencia familiar se ha cambiado por una hora en la que todos se sientan
frente a la pantalla a decidir qué canal mirar en lugar de hablar de las clases
de los niños en la escuela o de los asuntos en el trabajo.
No digo que la tecnología sea mala o inhumana, pero su
abuso, la invasión que supone, deshumaniza a los hombres, los convierte en
números, en estadísticas de ventas, en cifras desechables, calculables y
generalizadas. Es perfecta para la difusión de la información, pero es su
propia maleabilidad la que hace de la información algo poco creíble hoy en día.
Un milagro no necesita más explicación a sí mismo que su existencia, mientras
que un descubrimiento actual, algo considerado un milagro en el pasado,
necesita de mil pruebas, de testimonios objetivos e impersonales para serlo
bajo la pretensión de la universalidad.
No, la tecnología no es mala. Es su invasión a la privacidad
la que la vuelve tan perniciosa. Cuando todo se vuelve tan público y accesible,
los objetos (fotografías, personas, lugares, etc.) dejan de pertenecer al
origen. Una habitación fotografiada y subida a la red ya no le pertenece del
todo a quien la habita, sino a quien la ve y la modifica, como los memes en Facebook.
Cuando ya no queda un espacio privado, personal donde habitar, donde nadie
moleste; cuando nos dejamos llevar por las redes informáticas y nos vemos
arrastrados sin resistencia en el flujo de los medios, entonces, perdemos un
cachito de humanidad, pues ya no somos dueños de nosotros mismos (no del todo)
ni de lo que nos rodea. Ahora hay una relación pública con todo y parecemos
uniformarnos con el resto del mundo. ¿Dónde quedamos como individuales, como
seres humanos, como personales reales, tangibles, entonces?
…En varios millones de pixeles, en alguna estadística de
compra-venta, entre las líneas negras de un código de barras…
En general cualquier cosa que signifique capturar algún
ser/espacio/escenario vivo, no puede ser del todo buena.
El hombre se redefine como un ser altamente comunicativo (en
varias plataformas y lenguajes) que tiene la necesidad psicológica de atención
crecida. La expansión informática borra los límites morales tanto como las
barreras fronterizas. Es ahí, en el lugar digital donde residimos y perdemos
los rincones que nos pertenecen, que empieza la depravación.
En mi opinión, la función fundamental del libro, con toda su
palabrería y sus mil ejemplos, no es otra sino de informar. Te obliga, por
medio de la repetición de conceptos, de la imposición de ejemplos (hechos)
cortos y concisos a creer en lo que describe. Tiene un aire desesperado, como
si el futuro lo alcanzara antes de que el lector llegase a leerlo. Te hace
creer en él al punto en el que no tienes de otra sino reflexionar y poner resistencia
al flujo de los medios que utilizan las nuevas tecnologías a su conveniencia, o
de aquellas minorías que buscan enganchar con cualquier tipo de información
impactante a las masas.
El libro te dice “¡detente!, piensa: ¿qué estás haciendo?”,
y lo haces. Yo lo hice.
Es una buena lectura, ciertamente, algo tediosa para mi
gusto. No sabría si recomendarla o no, aunque moralmente me siento un tanto
obligada a hacerlo. Es importante que el resto de las personas piensen y
reflexionen acerca de lo rápido que se está moviendo el mundo y de lo mecánicos
que nos estamos volviendo. Deberían si desean cambiar algo.
Pero, claro, esta es sólo mi opinión.
-Ana, C.C.
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