Mostrando entradas con la etiqueta fotografía. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta fotografía. Mostrar todas las entradas

jueves, 4 de febrero de 2016

Koyaanisqatsi, patrones humanos y referencias naturales; la humanidad como ente descontrolado.


La semana antepasada, terminando la clase de Video y tras un breve receso, el profesor DiCastro nos puso un largometraje con el que buscaba ilustrar un poco sus expectativas con respecto al curso.
Koyaanisqatsi era una película documental (por así decirlo) sin diálogo alguno. Contaba únicamente con acompañamiento musical y se trataba de la humanidad, su relación consigo misma en sus diferentes ámbitos y con la naturaleza.
Iniciaba con tomas espectaculares de paisajes de todos lados: selvas, desiertos, lagos. Las nubes se deslizaban por el cielo manchando la tierra a pedazos y los ríos corrían dejando a su huella las colinas tatuadas con su paso. En primera instancia no entiendes del todo de qué va la muestra hasta que dejas de centrarte en ver y comienzas a dejarte ir… un poco.
Y te golpea la idea: millones de años tuvieron que pasar antes de que las cosas casi por consenso, tomasen su lugar en la naturaleza. Se sentía armónica la relación entre los entes que conviven sin la egolatría del hombre en un mismo espacio. Las cosas funcionaban como los mecanismos de un reloj, aunque resulte injusta la comparación. Perfectas, sencillamente perfectas e hiladas.
Luego llega la humanidad, un hervidero de gente similar a un hormiguero pateado donde sus habitantes corren desenfrenados de un lado a otro con la diferencia de que los primeros son sumamente arrogantes donde los segundos aprendieron a funcionar. Las ciudades y fábricas, los cruces y el tránsito. La contaminación y la producción, la gente, los hombres que son explotados y los transeúntes en las calles.
Varias tomas rítmicas, perfectamente sincronizadas con la música, mostraban las calles y a la humanidad en su esplendor. Las grandes poblaciones y los autos que avanzaban lentamente entre los semáforos. Los transportes, el metro, los empleos y tal. Las fábricas y su maquinaria, su palpitar como seres vivos fríos y metálicos pero profundamente sorprendentes que, en su composición, en incluso a gran escala, parecían imitar al medio natural que vio nacer a los hombres.
El tránsito vehicular y los semáforos y cruces como el palpitar del corazón y el avance de la sangre entre válvulas de venas y arterias. Las planchas y bandas de las máquinas como ríos, como brisa, como viento. Los hombres como hormigas y los particulares como anónimos, como las fotografías de NatGeo de la naturaleza. Los trenes como grandes serpientes, como gusanos o topos en su madriguera y los autos como escárabajos.
De pronto, el ritmo humano parecía aferrarse al ritmo natural, a lo único que realmente conocía denotando no sólo una gran inventiva, sino una gran ignorancia. Evidenciando la arrogancia propia de la inteligencia y la falta de respeto propia de la estupidez.
Más tarde la producción en masa como producto de la sobrepoblación y el abuso a los recursos, la contaminación y el desgarre de la tierra, el desollamiento del suelo y el desollamiento a la propia humanidad. La población por sobre el individuo y el individuo como producto de venta.
Las grandes ciudades comparadas con tarjetas y chips que asemejan a ellas mismas en miniatura. El hombre imitando a la naturaleza y más tarde a sí mismo, deformándose, deshaciéndose y reconstruyéndose en su búsqueda de la identidad animal perdida, en búsqueda de la relación cortada con el mundo entero y la imposibilidad de incluso conectar con sus semejantes en especie. Luego la prepotencia de quien se autodefine para no caer apenas empezando a tambalearse… y el silencio.
Koyaanisqatsi, según el autor, hace referencia a una vida desenfrenada, sin límites, insostenible.
Con esta serie el autor da a entender bastantes cosas aunque, las imágenes por separado, no transmiten nada. Es en su conjunto cuando el mensaje se figura, y por la manera en la que está constituido, supongo que éste cambia dependiendo del espectador: sería ésa la ventaja de un buen acomodo dentro de un largometraje que carece de diálogos lingüísticos.
Se trata de tomas aceleradas que en segundos muestran horas de grabación. Fotografías sobrepuestas tomadas en intervalos uniformes que creaban la ilusión de movimiento al ser corridas sucesivamente. Nubes moviéndose perezosamente en tres segundos y mil personas cruzando la calle en dos.
Precisamente en eso constó la tarea de esa misma semana: tomas sucesivas de acciones para crear un fenómeno similar con las cámaras. Koyaanisqatsi fue el ejemplo perfecto de tomas fijas que en su conjunto transmitían de sobremanera un mensaje bastante claro: abuso humano.
La idea en sencilla y la película sumamente compleja. Demasiadas tomas desde lugares muy variados con equipo especial y permisos y de más. Nosotros no poseemos tales recursos pero algo podemos hacer con tal de construir un discurso medianamente decente, supongo.
La película me gustó, me hizo sentir mareada con tanto movimiento, en ocasiones aburrida, pero todo el tiempo sumamente absorta, como una mosca pegada a un foco. El mensaje se coló y figuró dentro de mí por sí mismo, no necesitó sino razonamiento básico para tomar cuerpo.
No la recomendaría, no es algo que le gustaría a cualquier público si no se busca capturar ese tipo de esencias. Es maravillosa por sí misma, de cualquier manera.
Espero poder disfrutar de cosas similares en la proyección de mañana. Con algo de suerte sucederá igual de agradable.


-Ana C.C.

domingo, 6 de diciembre de 2015

El final de un ciclo semestral y lo que me agrada... y lo que no.

Al inicio de este semestre se me solicitó abrir este espacio cibernético para relatar por medio de la red mis experiencias y opiniones de lo que me iba aconteciendo con respecto a la materia de Fotografía. Me gusta creer que he crecido como artista por medio de la experiencia, que la práctica me ha hecho mejorar (al menos ya no tiro mi cámara), que las reprimendas en clase, las observaciones y opiniones de otros, y los consejos de mis amigos me han ayudado mucho, y que el contacto con este arte tan complejo (que es la Fotografía), tan cambiante y tan contradictorio, me ha abierto la mirada a la competencia real al mundo, a las amenazas y beneficios de los medios, a la mirada abierta a la belleza independientemente del lugar o la situación y a la estética del mundo y la crudeza de la realidad. Un poco, claro, no he madurado lo suficiente para entenderlo todo.
Hemos leído ensayos muy buenos, hemos revisado artistas excelentes, hemos repasado puntos importantes y reparado en discrepancias enormes y horribles entre la realidad y la visión.
He mejorado, es un hecho, he fallado y crecido. No creo tener talento para esto (¡adiós a mi sueño de trabajar para National Geograophic!), pero sencillamente es necesario aprender a tomar fotografías, y más para una aspirante a Artista Visual... jah.
Ahora que los medios abundan y que cualquiera puede ser fotógrafo si quiere, la instrucción me sabe importantísima: no es lo mismo tropezar y levantarme sola a tropezar y que un profesor me guíe para salir bien parada. Una debe de contar con todo el apoyo del que pueda asirse. 
Las clases son un tanto estresantes cuando el profesor se encuentra de mal humor, pues es de por sí, una persona seria y enfocada totalmente en su profesión. Más, cuando se encuentra alegre y compasivo, y se muestra amigable con nosotros, las lecciones se tornan interesantes y sumamente agradables. Definitivamente se trata de una persona carga de conocimientos bastante amplios. Como catedrático es bastante bueno: explica y aterriza los puntos de manera inmediata. Tiene mucho material, puede dar mil ejemplos, posee todo tipo de información acerca de marcas, climas, lugares y situaciones. Nos habla de luz y colores, de efectos, de trazos imaginarios, de líneas agradables, en fin, de un mar de cosas interesantes.
Sus evaluaciones me agradaron: resultaron tener sentido y ser justas en cuanto a las actividades y dado que nuestro tiempo era muy limitado, los resultados salieron favorables. Al evaluar a cada quién de acuerdo a su desempeño personal, nos permitió darnos cuenta de si mejorábamos o no. 
A pesar de ser severo en ocasiones, nos permitía expresarnos y ponía atención en nuestros comentarios así fuese a negarlos más tarde. Respondía a nuestras dudas con el debido respeto y a la brevedad posible y nunca dejó inconclusa una discusión.
La clase era pesada, pues al contrario de los demás talleres, era más teórica, la tarea era más compleja y las labores más numerosas. Pero no podía ser de otra manera dado el tiempo que teníamos a la semana, y por la manera en la que las actividades estaban planeadas, dio resultado. Las conferencias (que se comentaron en este mismo blog con anterioridad) servían como apoyo en ocasiones, estaban directamente relacionadas con los temas y eran, en gran parte de las ocasiones, pláticas interesantes y bastante bien estructuradas.
Puesto que no esperaba nada en concreto de la clase más que aprender, no puedo decir que esté decepcionada de ella, pero es un hecho que me siento satisfecha porque aprendí muchas cosas y ese simple hecho me alegra un tanto. 
Temo con emoción tangible el siguiente semestre, pues mi contacto con los medios es prácticamente nulo y por ello siento que se me va a dificultar demasiado la materia de Vídeo. En ese caso habré de solicitar asesoría al profesor.
Fuera de esos comentarios poco hay que pueda mencionar. No tengo talento para esto, pero la experiencia fue agradable y enriquecedora. Gracias a mi profesor, a sus comentarios, a sus materiales, y los compañeros que me ayudaron cuando la cámara me hizo la vida de cuadritos.

Ana C.C.

sábado, 5 de diciembre de 2015

Técnicas antiguas y creaciones no tan antiguas.

Hará ya un buen rato que se nos habló de técnicas antiguas de impresión fotográfica. Me parece que yo misma he hablado algo del tema, aunque no mucho.
Para la conferencia de esta semana se trataron las posibilidades del arte viejo de la fotografía analógica de mucho tiempo atrás. Como el daguerrotipo o las primeras gelatinas, y sus efectos chingones en la creación de imágenes.
Hay cierto gusto por la carne, por lo humano, por el error. Y eso lo dejan ver este tipo de actividades y los autores que se expusieron durante la ponencia. Se habló del proceso y del placer de ver a algo nacer. No niego que ver levantarse a la obra es algo mágico aunque terriblemente frustrante e irremediablemente inexacto. Porque somos humanos.
Nuestras invenciones, dicen, nos limitan. Las técnicas antiguas cierran el paso a las nuevas y contradictorias técnicas porque al nieto le gusta llevarle la contraria a su abuelo por puro deporte. Pero yo siento que es mentira. El hombre será siempre más inteligente dentro de la jaula cuando busque su libertad, que fuera de ella sin vivir las carencias. Los límites nos engrandecen, los límites nos obligan a ser mejores y los límites nos realzan sobre los demás. Pero insistimos en romperlos.
Estos artistas vieron en el pasado el potencial de crear cosas hermosas a partir de discos muertos. Serán dotados a ver cómo el pasado y sus procesos cobran vida para crear algo precioso.
¿Y si fragmentamos una construcción?, ¿y si hacemos el amor debajo de la mesa?, ¿y si damos a luz a un sueño?, para eso son las barreras.
Los artistas que se expusieron ese día lo dejaron en claro: somos únicos porque conocemos nuestros orígenes.
¿Y qué haremos nosotros además de dejarnos devorar por computadoras como la que uso para escribir?
Explorar, voltear al pasado y decirle a nuestros predecesores: enséñame todo lo que sepas. No te derrotaré, te superaré con la mano en tu bolsillo trasero.
Hay que avanzar sin olvidar los pasos que hemos dado o las decisiones que hemos tomado. Hay que avanzar ignorando sentimientos estúpidos y prejuicios contra el pasado que a nadie gustan. Hay que tomar fotografías y sobre todo, hay que transmitir para no morir.
Eso aprendí.

Ana C.C.

Gigante de tezontle y moronitas

Mi proyecto.

Para el proyecto de Foto cada persona eligió un tema a placer. Unos hablaron de naturaleza muerta, otros hablaron del cuerpo vivo, sus venas y articulaciones; y otros tantos de escenas más bien personales.
Yo, que soy toda una reaccionaria (según suele decirme), elegí un tema rebuscado, simple y medio inocente: Iglesias.
De todas las construcciones que existen en el Centro Histórico de la Ciudad de México, pocas se equipara en belleza e impresiones personales a la Catedral Metropolitana. Construida a lo largo de casi tres siglos, mezcla del barroco, el neoclásico, champurrado de estilos, madera cubierta en oro, historia sanguinaria y de fe. La Catedral.
No sé a quién va dedicada o por qué se edificó como se edificó. Puedo hablar de la construcción, de los detalles, de la arquitectura, pues sé de ello un tanto. Pero no me interesa.
He ido ahí mil veces y en todas he descubierto un nuevo detalle que en alguna otra visita omití. Me he mentido por prácticamente todas las alas del edificio, he subido a los campanarios y he bajado a las criptas. He entrado a zonas prohibidas a escondidas y he fastidiado con relatos herejes a las ancianitas de la Sacristía. Me burlé del coro fingiendo que no me impresionaba en lo más profundo y envidié entonces a todos los feligreses y los creyentes.
Las iglesias antiguas gozan de una magia que rara vez las construcciones modernas logran asimilar. Los juegos de luz, como las posiciones estratégicas de los santos, ahí donde a cierta hora los ventanales direccionan al sol sobre los ídolos de yeso, parecen milagrosos. Uno realmente no se imagina a los albañiles planeando y construyendo algo tan majestuoso. Se le da por hecho y siempre ha estado ahí simplemente. 
Yo no soy lo que se dice, una buena creyente. He dudado de la existencia del Cielo en mil ocasiones, he tuteado a los dioses y he faltado a todos mis votos. He pecado, y pecado con placer mundano, he maldecido y probablemente lo seguiré haciendo. Soy una derrochadora de fe terrible que cree que el Cielo la quiere simplemente porque ha tenido demasiada suerte en su vida. Toda una idiota... una muy fiel idiota, he de reconocer.
La iglesias son bellísimas. La Enseñanza es de mis favoritas: pequeña, compacta, pia y preciosa como debe de ser una mujer según ciertos estándares. 
Las iglesias son mágicas donde, en épocas de oscuridad, los hombres se refugiaba en la fe, ciega o no, cierta o falsa, buscando la paz y la satisfacción. Uno sufre y está bien sufrir, nos dice ella. Nos convence, nos seduce y llama. Construye edificios enormes donde sientes en cuerpo tu propia insignificancia. ¿Qué eres al lado de un pilar enorme de veinte metros?, absolutamente nada. pero estás a salvo, rodeado de buenas personas en un lugar precioso, lleno de esculturillas y adornos acá y allá, rodeado de pinturas delicadas y antiguas, de oro y piedra fría. Una iglesia es enorme, nos cubre del sol y del frío, nos obliga a sentir paz y nos la despoja en el umbral al salir. Es como una madre chantajista que en brazos te ama y libre te sufre.
Podrán estar podridas, podrán no tener pinturas ni techos, ni siquiera suelos, pero no dejan de ser tierra santa. En alguna ocasión, visitando Nayarit, sobre un cerro se hallaban las ruinas de una iglesia. Un suelo sin techo, arcos y arcos altísimos, piedra rosada y paredes carcomidas, húmedas, llenas de musgo. Un área totalmente invadida por la naturaleza donde, curiosamente, no había animales. Y yo sentía la paz en mí. El suelo mismo me recordaba que ahí los hombres mandaban al abismo toda incertidumbre que cruzase su cabeza. No había altar ni padre ni oración alguna. Pero seguía siendo EL lugar.
¿Por qué fotografiar edificios antiguos como las iglesias? porque me hablan del espíritu del hombre como ningún libro puede. Lo siento en mi piel al cruzar el portón.
Es una lástima que esta pasión no se refleje en mis fotos, ya que es totalmente verídica. La sufro a mi manera, pues sé hay ciertos recovecos que mis ojos no alcanzarán jamás. Pero aún así quisiera que alguien la viera. 
Yo colecciono iglesias, me pierdo en ellas como quien se diluye en mezcal. No, esto no es una teoría de la Fotografía. No, esto no justifica mi proyecto. Nada importan las formas geométricas casi perfectas de su arquitectura o los puntos de fuga que podrían lograrse con la cámara. Nadie menciona el papel de la luz en estos edificios ni los rostros de los creyentes que, creo yo, valen la pena el retratarse. Sin embargo, es lo que quise hacer.
Tienen su magia, su misterio, como una mujer hermosa cubierta del rostro por una pañoleta. 
¿Por qué quiero fotografiar iglesias?, por eso. No tiene mucho sentido, pero justo así es el espíritu humano. Justo así son sus pasiones acomedidas.

-Ana C.C.


jueves, 12 de noviembre de 2015

Roland Barthes: la Cámara Lúcida y la imagen mortuoria. Verdades y falsedades en palabras mías.


Poco puedo decir de este libro que no se haya dicho antes. Casi nada me queda más que retratar lo que fue mi experiencia personal con él en las manos.
Intentaré no ser tan optimista como suelo serlo, el escrito me llegó a lo profundo.
Se trata de un libro repetitivo, profundamente emotivo, altamente expresivo y bastante reflexivo. Tiene tintes de sufrimiento, está empapado en melancolía pura, en la tristeza de quién acaba de perder algo realmente importante. Su madre, en este caso.
Habla de varias cosas, de mentiras y verdades. La fotografía puede, en opinión mía y emparentándome un poquito con lo que dice el libro, ser considerada una mentira. Los sujetos, objetos y situaciones ahí expuestas no son del todo reales. Los sujetos (humanos) al enfrentarse con la cámara, adoptan una pose idealizada de sí mismos y la imagen queda reflejada. Por este lado podría ser considerada falsa, pues ninguna de esas situaciones, lugares o emociones volverán a repetirse. Los hombres no pisan la tierra de la misma forma todos los días ni la hojarasca se acomoda por colores.
Sin embargo, esto no quiere decir que se trate de una falsedad total. Los objetos que aparecen en la imagen, se encuentran ahí, de una u otra forma. Eso es un hecho.
 El espectador, haciéndose de toda la base de su memoria, interpretará a placer la imagen con relación a sí mismo y le otorgará un significado. Así, la mentira transmutará y variará de individuo a individuo y la imagen creada recorrerá los pasajes de la mente colectiva.
Pero no todas las fotos son así, me gusta pensar, y son precisamente aquellas impresas con emotividad real las que impactan, las que recordamos.
Fijamos la vista en la belleza de su totalidad o en la sutileza de algún punto en específico (en collar de la bella dama), relacionamos su interpretación y la confundimos con su intencionalidad y su significado. Hilamos la fotografía (como modo representativo) con la vida fuera de las pantallas, en las calles y más allá de las propagandas, con los hechos (apuesto a que los niños africanos no se ven igual de infelices todos los días).
Los hombres relacionan la imagen con aquello directamente real aunque de ello no se trate. Nos gusta pensar que las modelos tienen la piel así de tersa y los cuerpos así de bellos. No, ellas no tienen ojeras.
Nos gusta pensar que la vida es tan horrible o tan bella como las imágenes lo muestran. Nos une, nos divide… y nos hiere.
Todos pueden entender el libro de Barthes. Todos hemos perdido a alguien, así sea el pececito de cuando éramos niños. Y sufrimos.
Las fotos de aquellos que han fallecido son muestra de esto que él llama una falsedad (por así plantearlo), pues esta persona ya no se encuentra entre nosotros. No camina, no respira… no tiene calor ni pulso. Pero ahí está, existe en las imágenes, un referente directo de un pasado inalcanzable, de una imposibilidad dolorosa.
Incluso yo conservo imágenes que de verlas me brotan las lágrimas. Ver sus figuras ahí, de cuando aún andaban, es recordar su inolvidable, inevitable ausencia. Es recordar que ellos se fueron y nosotros también lo haremos. Seremos causantes directos de sufrimiento ajeno y finalmente recuerdos olvidados.
Sí, la fotografía es una mentira. Sí, la fotografía es un referente a le verdad, un eterno momento, un memorándum horrible… y bello.
Sí, la fotografía puede generar muchas cosas. Hace falta tiempo para sonreír al ver la imagen de alguien fallecido. Toma valor el recordar lo bueno en vez de lo malo y comenzar a darnos cuenta de que, aunque no están algo nos dejaron y de su existencia dejaron huellas las imágenes.
Barthes estaba demasiado débil, demasiado susceptible en el momento de escribir el libro. Apuesto a que lloró demasiadas veces sobre el teclado, se volteaba a frotarse los ojos mientras se arrancaba el valor para continuar. ¡Oh!, cuánto sufrimos los mortales.
Un escrito emotivo y a la vez analítico. El estudio nacido de una situación dolorosa para la cual la interpretación de la información representaba un escape al dolor, una bella chimenea. Buscaremos siempre razones a las situaciones, pues pensamos que conociendo un poco más de ellas dejarán de doler. Y no es cierto.
El escrito trata una realidad emotiva muy propia del arte. De otra forma no sería importante el pasar por él para entender a fondo el potencial expresivo de la fotografía. ¿Quién mejor que un fotógrafo herido para explicarlo?, no existe nada más emotivo que éso. Nada. (Las mejores obras son producto del desamor)
Me deja pensando. Me sucede algo similar, aunque no de iguales magnitudes. Sí, yo también conservo ese tipo de imágenes y sí, sufro al verlas. No lo entiendo. Están pero no están.
Me obliga a reflexionar. ¿Qué clase de cosas puedo transmitirle al público por medio de una imagen?, ¿qué impacto tendrá?, ¿me gustaría hacerlos reír o llorar?, ¿qué busco al expresar algo?, ¿realmente quiero que sepan?, sí… ¿por qué?
¡Qué desborden los sentimientos ajenos!, que se diluyan como los lamentos y los ríos. Todos merecemos recordar y hacer que otros lo hagan. Es la única forma de no ser olvidados. Creo.
Si las imágenes son heridas, si las fotografías son mentiras y retratos de pasados y futuros decesos, si nosotros enriquecemos al arte de la fotografía y ella a nosotros, si nos da vida y nos anima, si nos hiere y nos causa sufrimiento de la misma manera que trae de vuelta recuerdos bellos; si es algo de un impacto tan fuerte, ¿cómo debo de encararla?, ¿a quién voy a herir?, ¿al público o tal vez… a mí?
No sé qué pensar, me dejó herida a la deriva.
Lo recomiendo, sí, ha de leerse bajo riesgo propio. Existe el peligro de experimentar sufrimiento de lectores, pero fuera de eso… nada. Absolutamente nada.


-Ana C.C.

jueves, 8 de octubre de 2015

Lee Miller: la vida por ambos lados de la lente (y la quesque reseña de exposición)

Tres amigos y yo, como parte de nuestras muy bellas actividades, asistimos el día de hoy a ver una exposición en el Museo de Arte Moderno, en Chapultepec.
Armados con cámaras y demás cosas, esperábamos entrar a la carga con fotos acá y allá como guerrilleros en pleno campo de batalla... pero no fue así. A diferencia de museos como el MuNal o el MUAC, este museo negaba la toma de fotografías dentro de esta exposición en específico (el resto sí era viable), pero se entiende, pues era precisamente una exposición de fotografía.
La sala dispuesta lar dicha exposición era un espacio circular dividido en cinco espacio más pequeños, uno central y cuatro alrededor. 
A la entrada, un estampado en la pared indicaba de qué iba la exposición y revelaba de manera muy fugaz y poco detallada la vida de Lee Miller, sus ocupaciones y el propósito de todo el montaje.
Avanzamos por la derecha observando cada una de las salas: todas contenían pasajes de momentos de su vida (como el inicio de su carrera de modelo, su arranque como fotógrafa solista, su vida en el Cairo, sus corresponsales como fotógrafa de guerra y su retiro, entre otras) resumidos, pero bien relatados de forma que la imaginación compensaba los poco huecos que los escritos dejaban. A su alrededor, se exponían fotografías con fichas a un costado indicando el nombre de la fotografía y el material en el que estaba impresa. Cada división tendría tal vez veinte fotos, calculo yo. 
En las notas se podían leer pasajes acerca de sus amistades con Erns o Picasso, por ejemplo. De su vida amorosa, un poco de su familia y otro tanto de su visión. Se habla mucho de su surrealismo (que admitamos, sí tiene, cada foto da un aire soñador, como inmerso en la fantasía de mundos particulares y misteriosos), pero las exaltaciones de las mismas notas podían incluso llegar a sobrar en ocasiones, pues era obvio que predisponían al espectador y esto a su vez, causaba un choque muy fuerte con la obra. De ahí en fuera, supongo que los pasajes de su vida no salieron sobrando en su gran mayoría, pues aportaban referencias y explicaciones bastante buenas a las colecciones de fotografías acomodadas cronológicamente en las salas.
Sus cambios de ambiente, de parecer y de humor se reflejan bastante bien en sus obras. Hay varias que me agradaron bastante y dos que me dieron risa (aquellas tomadas en la bañera de Hittler), otras que creí falsas, tal vez por mi propia concepción de la realidad (como aquellas de los cadáveres en los campos de concentración), mientras que una me perturbó bastante (la del niño muriendo). Aquellas surrealistas, como la de la cabeza en la campana de cristal, me parecieron buen material para una película de suspenso. Y otras, como la del desnudo femenino hacia el frente, asemejaban a objetos distintos; esa, por ejemplo, se me figuró en primera instancia a una muela en una radiografía.
Hubo cosas que me sorprendieron, como sus fotografías expuestas al sol: el efecto que tomaban era realmente extraño. Las sombras en la imagen daban la total apariencia de tridimensionalidad, mientras que el recalcado oscuro de los alrededores y los contornos gruesos la hacían parecer plana. Era un contraste muy fuerte, un efecto muy llamativo.Me agradó.
Por otro lado, la exposición, si bien habla de ella y de su vida, fue conformada por otros personajes que en ella aparecían. Parejas y amigos. Relatan sus imágenes su vida tan simple y tan compleja a veces que el cambio producido de la paz a la guerra es brutal. Supongo que esa era la idea de ordenar así los revelados.
Como fotógrafa y modelo, era una mujer audaz e inquieta (o eso me imagino yo), sus imágenes son tan terriblemente humanas y puras que no me dejan sino pensar que la mayoría se tomaron llenas de pasión. Cada una tiene un pedacito de alma propia. Así, las salas parecen salones de reuniones; de ésos donde los caballeros se sientan a charlar. Las imágenes conversan entre sí y nosotros como espectadores no tuvimos sino que pasar entre ellas para entender lo qué decían. No cuesta demasiado trabajo averiguarlo.
Para el ojo común podría parecer una exposición aburrida. Para el ojo curioso es mucho más que eso. ¿Recomendaría la visita?, sí, porque de la pretensión del artista ella no posee nada. Es como hablar con una conocida de vista y no sentirse incómodo o anonadado, sino de alguna manera bienvenido. Es impresionante la vida que llegan a tener algunas personas, y definitivamente ella fue una de ellos. Seguramente vivió muchas más aventuras de las que se relatan abiertamente y ésas de las que nadie habla, son las que quisiera averiguar. Me hace pensar que, de tener una vida así de ajetreada, tal vez valga mucho la pena dedicarle más tiempo del requerido a tomar fotografías. No sé, quién sabe si en alguna de esas acabo por vivir una historia emocionante también.
No suena a tan mala idea, creo...

-Ana C.C.




 
(Y para que vean que no miento y que sí fui, aquí está el boletito)

martes, 18 de agosto de 2015

¡La primera entrada!

Antes que nada, esto es un blog destinado a la publicación de mis trabajos escolares, y con un tanto de inspiración, de mis futuras obras.
Cuando hablamos de Fotografía como tal, no poseo ninguna experiencia. Por supuesto, he sostenido la cámara de mi celular y tomado con ella toda suerte de fotos lejanas al arte, de mi vida cotidiana, de los momentos felices y también de aquellas cosas que me gustan. He hecho uso y abuso de mi celular para guardar apuntes, notas del pizarrón y fotos de carteles de acá y allá, de cosas que me parecen interesantes, y probablemente seguiré haciéndolo.
Sin embargo, hablando de la Fotografía real, de la verdadera Fotografía, de ésa que busca por medio de un enfoque adecuado, de una luz perfecta, de algún momento efímero, fugaz pero valioso, capturar la escencia misma de las cosas; ÉSA, no la he practicado. Sobra decir que hasta este momento no he tenido un interés real en ella. El sostener una cámara fotográfica en mis manos pasa a ser un peso enorme al pensar en que ésta se me resbale, y prefiero rechazarla a permitir algún accidente... sí, todo ello antes de siquiera pensar que en lugar de la posibilidad de dejarla caer sin querer, con ella podría hacer cosas maravillosas, si me empeñara en ello, si me atreviera a sostenerla correctamente.
Ésta es, en la opinión de mi madre, una profesión de lo más noble. Ya iré por mí misma elaborando mi propia opinión al respecto conforme avancen las siguientes semanas. Muy recientemente he ingresado a ésta, mi nueva casa de estudios superiores, La Esmeralda, donde un mundo de probabilidades y de posibilidades se abre repentinamente al cruzar el umbral de piedra de la entrada.
El silencio mismo es prueba de su potencial. 
Con todo lo que se diga que la escuela posee y de aquello que careciese, tiene en sí el alma de una semilla desconocida, de cualquier forma, textura y color, que cualquier día de estos asomará por encima del suelo sus hojitas. Faltarán días, semanas antes de averiguar de qué flor se trata, pero por lo mientras se presenta como una oportunidad con mil posibilidades a futuro. 
Así, precisamente, extiende su abanico de opciones, extendiendo una mano amiga desde el interior de una (aparentemente) tranquila, sencilla y silenciosa comunidad estudiantil de futuros artistas. 
Como alumna de nuevo ingreso, recibiré gustosa lo que ella pueda otorgarme. Me gusta andar por la vida a ciegas, pues así de irresponsable soy. Tomaré lo que me ofrezca y experimentaré con él para nutrirme lo más posible y emprender mi propio camino dentro de algunos años. Con algo de suerte podré devolverle el favor de una u otra manera en un futuro.
Ahora: Puesto que este blog fue una tarea, he aquí la parte que corresponde a ello:

(Marisa, mi mejor amiga, sonriéndome)

¿Qué es una buena fotografía?
No me atrevería a intentar definir algo tan complejo siendo yo una novata. Pero, si he de ponerlo en palabras propias, sería algo muy similar a una buena pintura: una imagen que por sí misma y sin necesidad de palabras, transmite lo que busca transmitir. Claro, hay muchas variantes, como la luz, el lugar, la intención, el sujeto de la fotografía y otras tantas imposibilidades, sin embargo, si en dado momento todas estas variables se uniesen para crear en su conjunto algo bello, éso, es una buena fotografía. Y aún si alguna de aquellas variables faltase a su compromiso, mientras las demás sean puntuales, la imagen saldrá bien.
Recuerdo que algunos años atrás, en el Zócalo de la ciudad, se posó una gran carpa en cuya entrada se leía 'Museo Nómada'; aquella fue, de todas las exposiciones a la que he ido en mi vida, la más bella. Es imposible describir la sensibilidad de las imágenes ahí exhibidas, o la belleza con la que se tomaron, la delicadeza del autor o la sensación de paz que ahí dentro se respiraba, mas, sin temor alguno, puedo afirmar que en mi propia opinión, aquella fue la muestra más sublime a la que he asistido... hasta el día de hoy, claro.
La fotografía es, para nuestros tiempos, un medio irrefrenable de transmisión, No es tan universal como otras artes (la música o la danza, por ejemplo), sin embargo es clara, directa y veloz. Nada retrata mejor un ambiente en específico que una buena fotografía. Una imagen sucede ser, a veces, más poderosa que todos los demás medios de difusión. Es la primera en tatuarse en los ojos y la última en irse tras la impresión. Cuando son muy impactantes, prefieren quedarse dentro, ahí, ocultas en nuestra nuca, esperando para saltarnos nuevamente a la mente.
Como estudiante, este medio me será innegablemente útil. Registros y experiencias, trabajos, todos se pueden documentar por el mismo canal: un lente. Ya sea que únicamente dedique mi cámara a guardar registros o que descubra una pasión por la fotografía, será su práctica la excusa perfecta para buscar en el día a día un momento bello digno de guardarse.


-Ana C.C.