La semana antepasada, terminando la clase de Video y tras un
breve receso, el profesor DiCastro nos puso un largometraje con el que buscaba
ilustrar un poco sus expectativas con respecto al curso.
Koyaanisqatsi era una película documental (por así decirlo)
sin diálogo alguno. Contaba únicamente con acompañamiento musical y se trataba
de la humanidad, su relación consigo misma en sus diferentes ámbitos y con la
naturaleza.
Iniciaba con tomas espectaculares de paisajes de todos
lados: selvas, desiertos, lagos. Las nubes se deslizaban por el cielo manchando
la tierra a pedazos y los ríos corrían dejando a su huella las colinas tatuadas
con su paso. En primera instancia no entiendes del todo de qué va la muestra
hasta que dejas de centrarte en ver y comienzas a dejarte ir… un poco.
Y te golpea la idea: millones de años tuvieron que pasar
antes de que las cosas casi por consenso, tomasen su lugar en la naturaleza. Se
sentía armónica la relación entre los entes que conviven sin la egolatría del
hombre en un mismo espacio. Las cosas funcionaban como los mecanismos de un
reloj, aunque resulte injusta la comparación. Perfectas, sencillamente
perfectas e hiladas.
Luego llega la humanidad, un hervidero de gente similar a un
hormiguero pateado donde sus habitantes corren desenfrenados de un lado a otro
con la diferencia de que los primeros son sumamente arrogantes donde los
segundos aprendieron a funcionar. Las ciudades y fábricas, los cruces y el
tránsito. La contaminación y la producción, la gente, los hombres que son explotados
y los transeúntes en las calles.
Varias tomas rítmicas, perfectamente sincronizadas con la
música, mostraban las calles y a la humanidad en su esplendor. Las grandes
poblaciones y los autos que avanzaban lentamente entre los semáforos. Los
transportes, el metro, los empleos y tal. Las fábricas y su maquinaria, su
palpitar como seres vivos fríos y metálicos pero profundamente sorprendentes
que, en su composición, en incluso a gran escala, parecían imitar al medio natural
que vio nacer a los hombres.
El tránsito vehicular y los semáforos y cruces como el
palpitar del corazón y el avance de la sangre entre válvulas de venas y
arterias. Las planchas y bandas de las máquinas como ríos, como brisa, como
viento. Los hombres como hormigas y los particulares como anónimos, como las
fotografías de NatGeo de la naturaleza. Los trenes como grandes serpientes,
como gusanos o topos en su madriguera y los autos como escárabajos.
De pronto, el ritmo humano parecía aferrarse al ritmo
natural, a lo único que realmente conocía denotando no sólo una gran inventiva,
sino una gran ignorancia. Evidenciando la arrogancia propia de la inteligencia
y la falta de respeto propia de la estupidez.
Más tarde la producción en masa como producto de la
sobrepoblación y el abuso a los recursos, la contaminación y el desgarre de la
tierra, el desollamiento del suelo y el desollamiento a la propia humanidad. La
población por sobre el individuo y el individuo como producto de venta.
Las grandes ciudades comparadas con tarjetas y chips que
asemejan a ellas mismas en miniatura. El hombre imitando a la naturaleza y más
tarde a sí mismo, deformándose, deshaciéndose y reconstruyéndose en su búsqueda
de la identidad animal perdida, en búsqueda de la relación cortada con el mundo
entero y la imposibilidad de incluso conectar con sus semejantes en especie. Luego
la prepotencia de quien se autodefine para no caer apenas empezando a
tambalearse… y el silencio.
Koyaanisqatsi, según el autor, hace referencia a una vida
desenfrenada, sin límites, insostenible.
Con esta serie el autor da a entender bastantes cosas
aunque, las imágenes por separado, no transmiten nada. Es en su conjunto cuando
el mensaje se figura, y por la manera en la que está constituido, supongo que
éste cambia dependiendo del espectador: sería ésa la ventaja de un buen acomodo
dentro de un largometraje que carece de diálogos lingüísticos.
Se trata de tomas aceleradas que en segundos muestran horas
de grabación. Fotografías sobrepuestas tomadas en intervalos uniformes que
creaban la ilusión de movimiento al ser corridas sucesivamente. Nubes
moviéndose perezosamente en tres segundos y mil personas cruzando la calle en
dos.
Precisamente en eso constó la tarea de esa misma semana:
tomas sucesivas de acciones para crear un fenómeno similar con las cámaras.
Koyaanisqatsi fue el ejemplo perfecto de tomas fijas que en su conjunto
transmitían de sobremanera un mensaje bastante claro: abuso humano.
La idea en sencilla y la película sumamente compleja.
Demasiadas tomas desde lugares muy variados con equipo especial y permisos y de
más. Nosotros no poseemos tales recursos pero algo podemos hacer con tal de
construir un discurso medianamente decente, supongo.
La película me gustó, me hizo sentir mareada con tanto
movimiento, en ocasiones aburrida, pero todo el tiempo sumamente absorta, como
una mosca pegada a un foco. El mensaje se coló y figuró dentro de mí por sí
mismo, no necesitó sino razonamiento básico para tomar cuerpo.
No la recomendaría, no es algo que le gustaría a cualquier
público si no se busca capturar ese tipo de esencias. Es maravillosa por sí
misma, de cualquier manera.
Espero poder disfrutar de cosas similares en la proyección
de mañana. Con algo de suerte sucederá igual de agradable.
-Ana C.C.

