sábado, 5 de diciembre de 2015

Gigante de tezontle y moronitas

Mi proyecto.

Para el proyecto de Foto cada persona eligió un tema a placer. Unos hablaron de naturaleza muerta, otros hablaron del cuerpo vivo, sus venas y articulaciones; y otros tantos de escenas más bien personales.
Yo, que soy toda una reaccionaria (según suele decirme), elegí un tema rebuscado, simple y medio inocente: Iglesias.
De todas las construcciones que existen en el Centro Histórico de la Ciudad de México, pocas se equipara en belleza e impresiones personales a la Catedral Metropolitana. Construida a lo largo de casi tres siglos, mezcla del barroco, el neoclásico, champurrado de estilos, madera cubierta en oro, historia sanguinaria y de fe. La Catedral.
No sé a quién va dedicada o por qué se edificó como se edificó. Puedo hablar de la construcción, de los detalles, de la arquitectura, pues sé de ello un tanto. Pero no me interesa.
He ido ahí mil veces y en todas he descubierto un nuevo detalle que en alguna otra visita omití. Me he mentido por prácticamente todas las alas del edificio, he subido a los campanarios y he bajado a las criptas. He entrado a zonas prohibidas a escondidas y he fastidiado con relatos herejes a las ancianitas de la Sacristía. Me burlé del coro fingiendo que no me impresionaba en lo más profundo y envidié entonces a todos los feligreses y los creyentes.
Las iglesias antiguas gozan de una magia que rara vez las construcciones modernas logran asimilar. Los juegos de luz, como las posiciones estratégicas de los santos, ahí donde a cierta hora los ventanales direccionan al sol sobre los ídolos de yeso, parecen milagrosos. Uno realmente no se imagina a los albañiles planeando y construyendo algo tan majestuoso. Se le da por hecho y siempre ha estado ahí simplemente. 
Yo no soy lo que se dice, una buena creyente. He dudado de la existencia del Cielo en mil ocasiones, he tuteado a los dioses y he faltado a todos mis votos. He pecado, y pecado con placer mundano, he maldecido y probablemente lo seguiré haciendo. Soy una derrochadora de fe terrible que cree que el Cielo la quiere simplemente porque ha tenido demasiada suerte en su vida. Toda una idiota... una muy fiel idiota, he de reconocer.
La iglesias son bellísimas. La Enseñanza es de mis favoritas: pequeña, compacta, pia y preciosa como debe de ser una mujer según ciertos estándares. 
Las iglesias son mágicas donde, en épocas de oscuridad, los hombres se refugiaba en la fe, ciega o no, cierta o falsa, buscando la paz y la satisfacción. Uno sufre y está bien sufrir, nos dice ella. Nos convence, nos seduce y llama. Construye edificios enormes donde sientes en cuerpo tu propia insignificancia. ¿Qué eres al lado de un pilar enorme de veinte metros?, absolutamente nada. pero estás a salvo, rodeado de buenas personas en un lugar precioso, lleno de esculturillas y adornos acá y allá, rodeado de pinturas delicadas y antiguas, de oro y piedra fría. Una iglesia es enorme, nos cubre del sol y del frío, nos obliga a sentir paz y nos la despoja en el umbral al salir. Es como una madre chantajista que en brazos te ama y libre te sufre.
Podrán estar podridas, podrán no tener pinturas ni techos, ni siquiera suelos, pero no dejan de ser tierra santa. En alguna ocasión, visitando Nayarit, sobre un cerro se hallaban las ruinas de una iglesia. Un suelo sin techo, arcos y arcos altísimos, piedra rosada y paredes carcomidas, húmedas, llenas de musgo. Un área totalmente invadida por la naturaleza donde, curiosamente, no había animales. Y yo sentía la paz en mí. El suelo mismo me recordaba que ahí los hombres mandaban al abismo toda incertidumbre que cruzase su cabeza. No había altar ni padre ni oración alguna. Pero seguía siendo EL lugar.
¿Por qué fotografiar edificios antiguos como las iglesias? porque me hablan del espíritu del hombre como ningún libro puede. Lo siento en mi piel al cruzar el portón.
Es una lástima que esta pasión no se refleje en mis fotos, ya que es totalmente verídica. La sufro a mi manera, pues sé hay ciertos recovecos que mis ojos no alcanzarán jamás. Pero aún así quisiera que alguien la viera. 
Yo colecciono iglesias, me pierdo en ellas como quien se diluye en mezcal. No, esto no es una teoría de la Fotografía. No, esto no justifica mi proyecto. Nada importan las formas geométricas casi perfectas de su arquitectura o los puntos de fuga que podrían lograrse con la cámara. Nadie menciona el papel de la luz en estos edificios ni los rostros de los creyentes que, creo yo, valen la pena el retratarse. Sin embargo, es lo que quise hacer.
Tienen su magia, su misterio, como una mujer hermosa cubierta del rostro por una pañoleta. 
¿Por qué quiero fotografiar iglesias?, por eso. No tiene mucho sentido, pero justo así es el espíritu humano. Justo así son sus pasiones acomedidas.

-Ana C.C.


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