Poco puedo decir de este libro que no se haya dicho antes.
Casi nada me queda más que retratar lo que fue mi experiencia personal con él
en las manos.
Intentaré no ser tan optimista como suelo serlo, el escrito
me llegó a lo profundo.
Se trata de un libro repetitivo, profundamente emotivo,
altamente expresivo y bastante reflexivo. Tiene tintes de sufrimiento, está
empapado en melancolía pura, en la tristeza de quién acaba de perder algo
realmente importante. Su madre, en este caso.
Habla de varias cosas, de mentiras y verdades. La fotografía
puede, en opinión mía y emparentándome un poquito con lo que dice el libro, ser
considerada una mentira. Los sujetos, objetos y situaciones ahí expuestas no
son del todo reales. Los sujetos (humanos) al enfrentarse con la cámara,
adoptan una pose idealizada de sí mismos y la imagen queda reflejada. Por este
lado podría ser considerada falsa, pues ninguna de esas situaciones, lugares o
emociones volverán a repetirse. Los hombres no pisan la tierra de la misma
forma todos los días ni la hojarasca se acomoda por colores.
Sin embargo, esto no quiere decir que se trate de una
falsedad total. Los objetos que aparecen en la imagen, se encuentran ahí, de
una u otra forma. Eso es un hecho.
El espectador,
haciéndose de toda la base de su memoria, interpretará a placer la imagen con
relación a sí mismo y le otorgará un significado. Así, la mentira transmutará y
variará de individuo a individuo y la imagen creada recorrerá los pasajes de la
mente colectiva.
Pero no todas las fotos son así, me gusta pensar, y son
precisamente aquellas impresas con emotividad real las que impactan, las que
recordamos.
Fijamos la vista en la belleza de su totalidad o en la
sutileza de algún punto en específico (en collar de la bella dama),
relacionamos su interpretación y la confundimos con su intencionalidad y su
significado. Hilamos la fotografía (como modo representativo) con la vida fuera
de las pantallas, en las calles y más allá de las propagandas, con los hechos (apuesto
a que los niños africanos no se ven igual de infelices todos los días).
Los hombres relacionan la imagen con aquello directamente
real aunque de ello no se trate. Nos gusta pensar que las modelos tienen la
piel así de tersa y los cuerpos así de bellos. No, ellas no tienen ojeras.
Nos gusta pensar que la vida es tan horrible o tan bella
como las imágenes lo muestran. Nos une, nos divide… y nos hiere.
Todos pueden entender el libro de Barthes. Todos hemos
perdido a alguien, así sea el pececito de cuando éramos niños. Y sufrimos.
Las fotos de aquellos que han fallecido son muestra de esto
que él llama una falsedad (por así plantearlo), pues esta persona ya no se
encuentra entre nosotros. No camina, no respira… no tiene calor ni pulso. Pero
ahí está, existe en las imágenes, un referente directo de un pasado inalcanzable,
de una imposibilidad dolorosa.
Incluso yo conservo imágenes que de verlas me brotan las
lágrimas. Ver sus figuras ahí, de cuando aún andaban, es recordar su inolvidable,
inevitable ausencia. Es recordar que ellos se fueron y nosotros también lo
haremos. Seremos causantes directos de sufrimiento ajeno y finalmente recuerdos
olvidados.
Sí, la fotografía es una mentira. Sí, la fotografía es un
referente a le verdad, un eterno momento, un memorándum horrible… y bello.
Sí, la fotografía puede generar muchas cosas. Hace falta
tiempo para sonreír al ver la imagen de alguien fallecido. Toma valor el
recordar lo bueno en vez de lo malo y comenzar a darnos cuenta de que, aunque no
están algo nos dejaron y de su existencia dejaron huellas las imágenes.
Barthes estaba demasiado débil, demasiado susceptible en el
momento de escribir el libro. Apuesto a que lloró demasiadas veces sobre el
teclado, se volteaba a frotarse los ojos mientras se arrancaba el valor para
continuar. ¡Oh!, cuánto sufrimos los mortales.
Un escrito emotivo y a la vez analítico. El estudio nacido
de una situación dolorosa para la cual la interpretación de la información
representaba un escape al dolor, una bella chimenea. Buscaremos siempre razones
a las situaciones, pues pensamos que conociendo un poco más de ellas dejarán de
doler. Y no es cierto.
El escrito trata una realidad emotiva muy propia del arte. De
otra forma no sería importante el pasar por él para entender a fondo el potencial
expresivo de la fotografía. ¿Quién mejor que un fotógrafo herido para
explicarlo?, no existe nada más emotivo que éso. Nada. (Las mejores obras son
producto del desamor)
Me deja pensando. Me sucede algo similar, aunque no de
iguales magnitudes. Sí, yo también conservo ese tipo de imágenes y sí, sufro al
verlas. No lo entiendo. Están pero no están.
Me obliga a reflexionar. ¿Qué clase de cosas puedo
transmitirle al público por medio de una imagen?, ¿qué impacto tendrá?, ¿me
gustaría hacerlos reír o llorar?, ¿qué busco al expresar algo?, ¿realmente
quiero que sepan?, sí… ¿por qué?
¡Qué desborden los sentimientos ajenos!, que se diluyan como
los lamentos y los ríos. Todos merecemos recordar y hacer que otros lo hagan.
Es la única forma de no ser olvidados. Creo.
Si las imágenes son heridas, si las fotografías son mentiras
y retratos de pasados y futuros decesos, si nosotros enriquecemos al arte de la
fotografía y ella a nosotros, si nos da vida y nos anima, si nos hiere y nos
causa sufrimiento de la misma manera que trae de vuelta recuerdos bellos; si es
algo de un impacto tan fuerte, ¿cómo debo de encararla?, ¿a quién voy a herir?,
¿al público o tal vez… a mí?
No sé qué pensar, me dejó herida a la deriva.
Lo recomiendo, sí, ha de leerse bajo riesgo propio. Existe
el peligro de experimentar sufrimiento de lectores, pero fuera de eso… nada.
Absolutamente nada.
-Ana C.C.