jueves, 18 de febrero de 2016

El Hombre de la Cámara: un nuevo idioma, dudas nuevas.

Esta fue la primera película que el profesor nos dejó ver en casa a falta de tiempo.
El Hombre de la Cámara, 1929, intenta diferenciar en su contenido la vida que se percibe en las películas de aquella que se percibe con el ojo en la realidad. Mientras que la película anterior (Historias de Lisboa) y ésta tienen en común la idea del artista que sale a la calle a pesar de los peligros del diario con su equipo a captar sus alrededores, el Hombre de la Cámara presenta situaciones un tanto más peligrosas considerando el ambiente de agitación en el que se elabora y las situaciones en las que e camarógrafo se mete. 
Así, el autor revela la "realidad" de su presente a través del vídeo sin ser ésta necesariamente real, sino un reflejo creado a partir de ideales que se entremezclan con las imágenes en movimiento intentando imitar la sensaciones que e experimentan en la realidad con movimientos de cámara, ciertos ángulos y escenas, sin diálogo alguno. Se apega en ocasiones a la mera necesidad de transmitir las imágenes de la manera más fiel (en cuanto a la situación cotidiana) que le es posible revelando también que dentro de todo ese esfuerzo existe la imposibilidad de transmitir las situaciones como el lo desearía pues, para hablar de tales cosas hace falta vivirlas y experimentarlas, no sencillamente verlas en la pantalla.
El autor graba escenas del día a día: los preparativos del día, las personas del diario, las mujeres arreglándose, los eventos comunes, las calles concurridas, las tiendas, los obreros en sus fábricas, la maravillosa cotidianidad musicalizada, cosas de alguna manera similares a Koyaanisqatsi, pero contando una historia de manera más o menos serilizada y de alguna forma más definida.
Puesto que se trata de una película sin actores, sin guión, sin reparto, sin nada, simplemente haciéndose del lenguaje universal de las imágenes entendibles dado que es un experimento, intenta plantear que el cine es, a diferencia de todas las demás artes, un lenguaje nuevo que debe de tratarse como tal sin intentar imitar a las demás disciplinas pues el medio y los resultados son distintos.
La película sostiene de alguna manera que el vídeo o el cine no tienen que imitar la vida como es, sino que, al ser medios de expresión creados a partir de ella, pueden diferir de la realidad cuanto quieran pues el mensaje no tendría porqué transmitirse de la manera en la que se presenta inicialmente. Abre las posibilidades a formas expresivas nuevas por medio de estos canales que antes se usaban para registrar sucesos en el tiempo solamente admitiendo las imposiciones e incapacidades propias de los receptores y del equipo mismo... y un tanto de los espectadores. 
Hoy en día nos queda un poco más claro, pues con tanto avance tecnológico y toda la suerte de historias fantasiosas que se crean para después pasarse al cine, los efectos que se le han agregado a las artes cinematográficas han permitido que las historias desvaríen un poco de cómo solían ser, sin embargo, siguen muy apegadas al sentido humano y a presentar los ideales de éste tan fielmente como sea posible pues de otra manera historias tan irreales no lograrían establecer conexión con el espectador, supongo.
Se trataba más bien de un experimento divertido, algo así como el juego de un niño, pues el camarógrafo mismo parece un niño que explora con una lupa. Una lupa un tanto cara para la época.
Es inútil intentar retratar la vida tal cual en una película pues siempre diferirá de la realidad tangible. Resultaría mucho más sencillo idealizarla y transmitir algo más intangible para que el espectador relacione las situaciones con su cotidianidad y no tanto con sus deseos y fantasías (como sucede en la ficción), en ese sentido la realidad sí se vería imitada aunque se modificaría en función de los individuos y el vídeo habría cumplido con su función primaria.
Esto me plantea todo un nuevo problema de transmisión de información: ¿el espectador experimentará exactamente lo que quiero que experimente?, ¿cómo puedo transmitir los mensajes de manera eficiente?, ¿qué quiero que sienta?, ¿realmente importa eso sólo me interesa la idea de transmitir y ya?, ¿la imagen depende de otros medios para entenderse?
Pues ya vi que no, pero, puesto que somos seres, aunque inicialmente visuales pues es lo primero que hacemos al nacer de manera un tanto consciente, las imágenes tendrían que entenderse, más estamos compuestos de otros elementos, como el lenguaje musical (éste ya se comprobó universal y en esta caso exalta bastante bien las situaciones) y el lingüístico, además del físico, por ejemplo, y hay que admitir que el idioma ayuda a definir la idea un poco más.
Toda una serie de modificaciones a mi trabajo podrían más o menos satisfacer dichas dudas aunque, conociéndome como lo hago, la idea es sólo perfecta en mi cabeza.
Todo su proceso de fabricación me hace pensar en la cantidad de horas, días, que pasaron haciendo la película, pues es rica en tomas y situaciones, y en la duración que la película tendría si las imágenes se reprodujeran a su velocidad natural. De hecho, la única constante en ella es, de hecho, el hombre con la cámara.
Por lo pronto y con nuevas dudas a resolver, volveré a repasar el filme para aclarar mis ideas. Tal vez nada tengan que ver con la película en varias aspectos, sin embargo fue lo que me inspiró un poquito.
El cine es un pequeño mundo al que aún nos falta explorar, algo así como el universo dentro de los libros con miles de puertas por cada ejemplar. Hará falta un poco más de estudios.
La película me gustó bastante pues incluso la música es juguetona y divertida, espero las siguientes sean así de buenas.

-Ana.


Historias de Lisboa o el inocente sonidista.

Hará cosa de dos semanas, de nuevo, el profesor nos puso una película en el aula para deleite de la clase. Se trataba nada más y nada menos que Historias de Lisboa, una película muy divertida, entretenida y un poco poética.
Philip Winters, un sonidista profesional es contratado por Friedrich Monroe, director de cine y camarógrafo que graba a lo largo de un tiempo escenas de Lisboa, para grabar el audio de sus tomas de la ciudad opara así completar su película.
Winters recibe una sorpresa al llegar al lugar y encontrarse no sólo con que Monroe ha desaparecido dejando su cinta incompleta, sino que suma a sus responsabilidades el cuidar de unos niños de la localidad que lo ayudan a grabar aún más escenas y lo acompañan a lo largo de su estadía agregando humor al filme.
La película dentro de la película proyecta tomas de la vida cotidiana de las calles de Lisboa: una mujer lavando la ropa mientras canta, el tranvía bajando y subiendo, el afilador con sus cuchillos, perros ladrando, etc., etc., etc., escenas que Winters debe de completar con los sonidos propios de la ciudad, mismos que graba andando con una pierna rota y todo su equipo de acá para allá igualando los personajes de las escenas tanto en sus acciones como en sus localizaciones para hacer más precisas las grabaciones.
Así Winters conoce Lisboa, andando entre sus aceras y callejones. Mientras tanto, Monroe continúa enviando mensajes y nuevas tomas desde lugares de la misma ciudad, evadiendo a Winters cuanto puede y al mismo tiempo burlándose de él como lo haría un buen amigo.
Se trata de una película con un humor muy inocente pero bastante efectivo, con una trama interesante, sin efectos exagerados, con una continuidad muy humana, bastante digerible y agradable.
En ella no sólo se refleja Lisboa como es, con sus imperfecciones bellas como ciudad, sino como el hogar de muchas personas, de muchas almas y de muchas historias que nadie conoce. Se habla de la infancia, de los niños, del romance como un bohemio lo imaginaría y de bromas groseras pero divertidas.
Me agradaron las tomas, los personajes, su función en la historia y sus pequeñas aventuras cotidianas (como la proeza de grabar el sonido del tranvía mientras éste bajaba), nada sobraba, nada faltaba, dejaba un final abierto que no pudo haberse mejorado, pues habría perdido encanto la historia, y permitía al espectador crear su propia versión de las situaciones no dichas. Bastaba con una insinuación ligera para plantear toda una situación posible y es ahí donde reside también parte de lo que la hace, en opinión mía, una buena película.
Espero las siguientes sean igual de buenas. Hasta ahora ninguna de las dos me ha desagradado.

-Ana C.C.

jueves, 4 de febrero de 2016

La cámara oscura y la cámara lúcida: herramientas y juguetes.


Comencemos por aclarar qué es cada una de ellas:
La cámara oscura es un espacio falto de iluminación en el que se encuentra un agujero, única fuente de luz, que proyecta la imagen exterior de la cámara hacia el interior de manera invertida, antecedente de la cámara fotográfica y base de otras tantas cosas.
La cámara lúcida, por su parte, es un aparatito que ayudaba a los dibujantes a centrar su atención paralelamente en su lienzo y en el modelo o paisaje. Constaba de espejos y/o lentes que reflejaban la imagen inmediatamente enfrente y sobreponían (a vista del artista) la imagen reflejada y la dibujada en la retina del dibujante de modo que éste ya no tenía que estar volteando y resultaba relativamente más sencillo recrear la imagen en el papel.
Ambas se utilizaron para la recreación de escenas e imágenes, sin embargo, la cámara lúcida es un objeto puramente individual mientras que la cámara oscura ofrece proyección y la posibilidad de compartir la experiencia, aunque se trata de una invención por mucho más grande que la primera y se debe de estar dentro de ella para darle uso.
La cámara lúcida, por su parte, crea en la retina la imagen y la sobrepone con aquella del papel facilitando la elaboración del dibujo, sin embargo, se trata de algo puramente virtual pues resulta personalizado (a costa de cada par de ojos que la usen) y no existe posibilidad alguna de masificación. La cámara oscura, a pesar de ser estorbosa por sus dimensiones, en ese aspecto es más práctica pues ofrece la posibilidad de varios espectadores y así lo suyo es una proyección, no una representación ni una compensación, sino una copia directamente colocada para apreciación del usuario.
La calidad de imagen, sin embargo, dependía de varias cosas y tales variantes se multiplicaban en la cámara oscura, donde la luz, la distancia entre la pared y el agujero y el estenopo y la imagen del otro lado modifican de manera significativa la proyección. En cambio, dicho suceso era menos frecuente con la cámara lúcida, aunque, claro, también influenciaban bastante en la imagen reflejada.
Entre ambas no prefiero ninguna pues tienen procesos distintos como lo son sus resultados aunque, supongo, la finalidad de ambas en un inicio era la misma. Son sencillamente distinta y sus adaptaciones evolucionaron evidenciando esto.
Mientras que la cámara oscura pasó a ser el antecedente de las cámaras actuales (ya sean de proyección o fotografía), la cámara lúcida pasó a ser un objeto de entretenimiento personal. Juguetes se fabricaron con ella.
El impacto de ambas en la época debió de ser similar, y a fin de cuentas se utilizaban para dos cosas: educación y entretenimiento solamente. Una se debió a algo un poco más técnico donde otra se volvió algo más informal y aunque ambas son relevantes y entiendo el porqué de la comparación, prefiero no comentar de ellas pues me suceden interesantes e importantes, no generan en mí todavía una curiosidad real.


-Ana C.C.

Koyaanisqatsi, patrones humanos y referencias naturales; la humanidad como ente descontrolado.


La semana antepasada, terminando la clase de Video y tras un breve receso, el profesor DiCastro nos puso un largometraje con el que buscaba ilustrar un poco sus expectativas con respecto al curso.
Koyaanisqatsi era una película documental (por así decirlo) sin diálogo alguno. Contaba únicamente con acompañamiento musical y se trataba de la humanidad, su relación consigo misma en sus diferentes ámbitos y con la naturaleza.
Iniciaba con tomas espectaculares de paisajes de todos lados: selvas, desiertos, lagos. Las nubes se deslizaban por el cielo manchando la tierra a pedazos y los ríos corrían dejando a su huella las colinas tatuadas con su paso. En primera instancia no entiendes del todo de qué va la muestra hasta que dejas de centrarte en ver y comienzas a dejarte ir… un poco.
Y te golpea la idea: millones de años tuvieron que pasar antes de que las cosas casi por consenso, tomasen su lugar en la naturaleza. Se sentía armónica la relación entre los entes que conviven sin la egolatría del hombre en un mismo espacio. Las cosas funcionaban como los mecanismos de un reloj, aunque resulte injusta la comparación. Perfectas, sencillamente perfectas e hiladas.
Luego llega la humanidad, un hervidero de gente similar a un hormiguero pateado donde sus habitantes corren desenfrenados de un lado a otro con la diferencia de que los primeros son sumamente arrogantes donde los segundos aprendieron a funcionar. Las ciudades y fábricas, los cruces y el tránsito. La contaminación y la producción, la gente, los hombres que son explotados y los transeúntes en las calles.
Varias tomas rítmicas, perfectamente sincronizadas con la música, mostraban las calles y a la humanidad en su esplendor. Las grandes poblaciones y los autos que avanzaban lentamente entre los semáforos. Los transportes, el metro, los empleos y tal. Las fábricas y su maquinaria, su palpitar como seres vivos fríos y metálicos pero profundamente sorprendentes que, en su composición, en incluso a gran escala, parecían imitar al medio natural que vio nacer a los hombres.
El tránsito vehicular y los semáforos y cruces como el palpitar del corazón y el avance de la sangre entre válvulas de venas y arterias. Las planchas y bandas de las máquinas como ríos, como brisa, como viento. Los hombres como hormigas y los particulares como anónimos, como las fotografías de NatGeo de la naturaleza. Los trenes como grandes serpientes, como gusanos o topos en su madriguera y los autos como escárabajos.
De pronto, el ritmo humano parecía aferrarse al ritmo natural, a lo único que realmente conocía denotando no sólo una gran inventiva, sino una gran ignorancia. Evidenciando la arrogancia propia de la inteligencia y la falta de respeto propia de la estupidez.
Más tarde la producción en masa como producto de la sobrepoblación y el abuso a los recursos, la contaminación y el desgarre de la tierra, el desollamiento del suelo y el desollamiento a la propia humanidad. La población por sobre el individuo y el individuo como producto de venta.
Las grandes ciudades comparadas con tarjetas y chips que asemejan a ellas mismas en miniatura. El hombre imitando a la naturaleza y más tarde a sí mismo, deformándose, deshaciéndose y reconstruyéndose en su búsqueda de la identidad animal perdida, en búsqueda de la relación cortada con el mundo entero y la imposibilidad de incluso conectar con sus semejantes en especie. Luego la prepotencia de quien se autodefine para no caer apenas empezando a tambalearse… y el silencio.
Koyaanisqatsi, según el autor, hace referencia a una vida desenfrenada, sin límites, insostenible.
Con esta serie el autor da a entender bastantes cosas aunque, las imágenes por separado, no transmiten nada. Es en su conjunto cuando el mensaje se figura, y por la manera en la que está constituido, supongo que éste cambia dependiendo del espectador: sería ésa la ventaja de un buen acomodo dentro de un largometraje que carece de diálogos lingüísticos.
Se trata de tomas aceleradas que en segundos muestran horas de grabación. Fotografías sobrepuestas tomadas en intervalos uniformes que creaban la ilusión de movimiento al ser corridas sucesivamente. Nubes moviéndose perezosamente en tres segundos y mil personas cruzando la calle en dos.
Precisamente en eso constó la tarea de esa misma semana: tomas sucesivas de acciones para crear un fenómeno similar con las cámaras. Koyaanisqatsi fue el ejemplo perfecto de tomas fijas que en su conjunto transmitían de sobremanera un mensaje bastante claro: abuso humano.
La idea en sencilla y la película sumamente compleja. Demasiadas tomas desde lugares muy variados con equipo especial y permisos y de más. Nosotros no poseemos tales recursos pero algo podemos hacer con tal de construir un discurso medianamente decente, supongo.
La película me gustó, me hizo sentir mareada con tanto movimiento, en ocasiones aburrida, pero todo el tiempo sumamente absorta, como una mosca pegada a un foco. El mensaje se coló y figuró dentro de mí por sí mismo, no necesitó sino razonamiento básico para tomar cuerpo.
No la recomendaría, no es algo que le gustaría a cualquier público si no se busca capturar ese tipo de esencias. Es maravillosa por sí misma, de cualquier manera.
Espero poder disfrutar de cosas similares en la proyección de mañana. Con algo de suerte sucederá igual de agradable.


-Ana C.C.

jueves, 28 de enero de 2016

Algo acerca del nacimiento del cine, el inicio del semestre y Disney como excusa

Para este nuevo semestre se nos explicó que si bien vamos a ver vídeo, tratarlo y estudiarlo, lo haremos a base de fotos serializadas con una cámara fotográfica en vez de secuencias de video con cámaras de grabación. Esto es para darle una continuidad al asunto del semestre anterior intentando seguir la misma línea y entender a la vez cómo funcionan dichos asuntos de forma más elemental… o algo así.La mía es nada más y nada menos que una Nikon 3100, bastante chula pero con tendencia a los amarillos (¿O tal vez la tendencia es mía?), y hacemos cara a un nuevo semestre con mucha más iniciativa que el semestre anterior. ¿Por qué?, bueno, el proyecto de este semestre me parece mucho más interesante, por supuesto.¡Esto es pura palabrería vacía!, no sabré si poseo la iniciativa o la imaginación para cualquier cosa hasta el momento de enfrentarme a ella.  Un hecho comprobado, por lo visto.El semestre anterior fue bueno: aprendí a tomar fotografías que rallaban en la decencia, a no dejar caer mi cámara, a mejorar mis imágenes con la computadora y a escribir en un blog… eso último no cuenta, pero lo demás sí, y me pareció bastante entretenido.Ahora, con el mismo profesor en una materia en cierto sentido similar, hablamos de video y los inicios del cine. ¿Quién hubiera creído que estos primeros avances se presentarían en teatros como caricaturas pintadas y coloreadas a mano? (refiriéndome a  Emile Reynaud y el Teatro Óptico en 1892)(Me adelanté bastante: muchos otros intentos se hicieron antes pero ése de ahí es mi favorito)Antes de las imágenes en movimiento perse, hubo varios artilugios a modo de juguetes que daban la ilusión de movimiento, algunos de los más famosos utilizados para entretener o educar, como los estudios de movimiento de Muybridge (donde corre el caballito) en el praxinoscopio, la linterna mágica (la caja con la vela y las imágenes sobre placas de vidrio), fueron retomados por artistas en la actualidad a modo de forma expresiva que aprovecha la persistencia retiniana, que es el fenómeno que permite crear la ilusión de movimiento en el ojo donde solamente existen imágenes separadas o sobrepuestas en la realidad.Un ejemplo, no tan apegado pero sí ilustrativo de esto, se puede atribuir a los creadores (y de todas formas artistas) de la película animada de “Tarzán”, 1999, producida y distribuida por Walt Disney Productions ese mismo año.En una parte se utilizan ambos artefactos ya mencionados como parte de la utilería que los expedicioncitas llevaban para su incursión en la selva donde toma lugar la trama del filme, mismos que Jane utiliza para enseñar de la cultura humana a Tarzán cuando éste se acerca a ellos. Phil Collins presta su voz en “Strangers Like Me” en ese parte de la película. (Véase el corto en: https://www.youtube.com/watch?v=a-eNta2oCDk&feature=player_embedded)Si bien los productores no retoman en sí estos artefactos para crear arte sí se utilizan para hacer un referente a la época en la que la historia se desarrolla y bien empleados, como sucedieron ser, ilustran los medios con los que contaban los expedicioncitas e incluso nos hablan un poco de su situación económica si se toma en cuenta también el resto de su equipaje.Durante esas clases privadas a Tarzán, todos los presentes se reunían a ver la linterna mágica de forma similar en la que años después los estadounidenses se reunirían a mirar el televisor. Son pequeños datos, tal vez un poco inexactos para las épocas pero eficientes en su uso, que nos hablan del uso que las imágenes tenían para lo que fueron los inicios del cine.Definitivamente nadie puede saber a ciencia cierta adónde nos dirigimos con los avances de las tecnologías. Las ciencias no son lineales ni las historias mismas lo son, no van tras un fin pensando en mejorar a las siguientes generaciones en sí, sino las siguientes generaciones buscan superar a su predecesores. Totalmente a la inversa.Esto mismo ocurre en el cine, donde todo pareciera ser un accidente intencional. Un animador actual retoma la invención de Emile Reynaud para crear un largometraje donde también hace referencia a Muybridge. Alimentación y crecimiento seguro que hay, las caricaturas hoy en día poseen una mayor calidad que el Pierrot de Reynaud, con toda seguridad, como también son los presupuestos. No deja de sorprenderme que el arte, como ya lo había mencionado, es como un virus necesario.
Un retrovirus. Todas las disciplinas lo son, pero ninguna es tan escandalosa como éste, excepto, tal vez, la política.Las creaciones de aquel entonces tal vez fueran mucho más elementales que las de hoy en día, pero cimentaron las bases de los logros que ahora apreciamos de frente. Nos basaremos en fotografías para crear secuencias de movimiento de la misma manera que ellos en sus inicios experimentaron. Con algo de suerte también se nos encenderá el foco y crearemos cosas así de bonitas (Lo son, realmente).Con algo de suerte mejoraré mis calificaciones y aprenderé muchas cosas nuevas.Con algo de suerte crearé cosas mejores.


–Ana C.C.

Véase también:

https://es.wikipedia.org/wiki/Tarz%C3%A1n_(pel%C3%ADcula_de_1999)

domingo, 6 de diciembre de 2015

El final de un ciclo semestral y lo que me agrada... y lo que no.

Al inicio de este semestre se me solicitó abrir este espacio cibernético para relatar por medio de la red mis experiencias y opiniones de lo que me iba aconteciendo con respecto a la materia de Fotografía. Me gusta creer que he crecido como artista por medio de la experiencia, que la práctica me ha hecho mejorar (al menos ya no tiro mi cámara), que las reprimendas en clase, las observaciones y opiniones de otros, y los consejos de mis amigos me han ayudado mucho, y que el contacto con este arte tan complejo (que es la Fotografía), tan cambiante y tan contradictorio, me ha abierto la mirada a la competencia real al mundo, a las amenazas y beneficios de los medios, a la mirada abierta a la belleza independientemente del lugar o la situación y a la estética del mundo y la crudeza de la realidad. Un poco, claro, no he madurado lo suficiente para entenderlo todo.
Hemos leído ensayos muy buenos, hemos revisado artistas excelentes, hemos repasado puntos importantes y reparado en discrepancias enormes y horribles entre la realidad y la visión.
He mejorado, es un hecho, he fallado y crecido. No creo tener talento para esto (¡adiós a mi sueño de trabajar para National Geograophic!), pero sencillamente es necesario aprender a tomar fotografías, y más para una aspirante a Artista Visual... jah.
Ahora que los medios abundan y que cualquiera puede ser fotógrafo si quiere, la instrucción me sabe importantísima: no es lo mismo tropezar y levantarme sola a tropezar y que un profesor me guíe para salir bien parada. Una debe de contar con todo el apoyo del que pueda asirse. 
Las clases son un tanto estresantes cuando el profesor se encuentra de mal humor, pues es de por sí, una persona seria y enfocada totalmente en su profesión. Más, cuando se encuentra alegre y compasivo, y se muestra amigable con nosotros, las lecciones se tornan interesantes y sumamente agradables. Definitivamente se trata de una persona carga de conocimientos bastante amplios. Como catedrático es bastante bueno: explica y aterriza los puntos de manera inmediata. Tiene mucho material, puede dar mil ejemplos, posee todo tipo de información acerca de marcas, climas, lugares y situaciones. Nos habla de luz y colores, de efectos, de trazos imaginarios, de líneas agradables, en fin, de un mar de cosas interesantes.
Sus evaluaciones me agradaron: resultaron tener sentido y ser justas en cuanto a las actividades y dado que nuestro tiempo era muy limitado, los resultados salieron favorables. Al evaluar a cada quién de acuerdo a su desempeño personal, nos permitió darnos cuenta de si mejorábamos o no. 
A pesar de ser severo en ocasiones, nos permitía expresarnos y ponía atención en nuestros comentarios así fuese a negarlos más tarde. Respondía a nuestras dudas con el debido respeto y a la brevedad posible y nunca dejó inconclusa una discusión.
La clase era pesada, pues al contrario de los demás talleres, era más teórica, la tarea era más compleja y las labores más numerosas. Pero no podía ser de otra manera dado el tiempo que teníamos a la semana, y por la manera en la que las actividades estaban planeadas, dio resultado. Las conferencias (que se comentaron en este mismo blog con anterioridad) servían como apoyo en ocasiones, estaban directamente relacionadas con los temas y eran, en gran parte de las ocasiones, pláticas interesantes y bastante bien estructuradas.
Puesto que no esperaba nada en concreto de la clase más que aprender, no puedo decir que esté decepcionada de ella, pero es un hecho que me siento satisfecha porque aprendí muchas cosas y ese simple hecho me alegra un tanto. 
Temo con emoción tangible el siguiente semestre, pues mi contacto con los medios es prácticamente nulo y por ello siento que se me va a dificultar demasiado la materia de Vídeo. En ese caso habré de solicitar asesoría al profesor.
Fuera de esos comentarios poco hay que pueda mencionar. No tengo talento para esto, pero la experiencia fue agradable y enriquecedora. Gracias a mi profesor, a sus comentarios, a sus materiales, y los compañeros que me ayudaron cuando la cámara me hizo la vida de cuadritos.

Ana C.C.

Lo obsesivo y el Artista: Impresión y los mil peros.

Durante la conferencia pasada que tuvo lugar en el SUM, liderada por el profesor Marco, ayudante y amigable conocido del profesor DiCastro de Fotografía, se habló de los errores de impresión, de la interpretación de los colores según los distintos dispositivos fotográficos e impresoras, de la calidad de los papeles y de la relación de los colores entre sí y con el material en el que se imprimen.
Marco pasó durante dicha conferencia una serie de diapositivas que ilustraban el tema, mostraban algunos errores comunes de impresión, habló de los genios impresores, de sus problemas en su trabajo, de los procesos por los que una imagen queda impregnada en el material, del efecto de los materiales y las tintas en la obra y a su vez, del efecto de la obra en el público.
Muchas cosas puedo mencionar de la conferencia: me gustó, fue agradable, entretenida y súmamente aterrizada. Marco, consciente de que la cantidad de información que debía de transmitirnos era enorme, logró minimizar la longitud de los datos a datos fijos y simples y así, en dos horas, transmitió a nosotros, su público, un tema sumamente complejo como lo es la impresión de fotografías.
"Cada dispositivo es distinto, interpreta los colores de diferente manera así se trate de los mismos modelos y de las mismas marcas. Son estas pequeñas diferencias las causantes de tantas discrepancias entre el objeto real, el objeto fotografiado y la impresión de dicha fotografía, en lo que se refiere al color de la imagen, lo que ha planteado a la comunidad publicitaria y artística un reto de magnitudes titánicas referente a la veracidad de los colores y las formas, la estética de las imágenes y el impacto de estas en el público", sintetizó.
Comentario tras el cual prosiguió a mencionar la calidad y cantidad de pixeles necesarios por pulgada para lograr imágenes de cierta calidad con referencia al tamaño de impresión de ésta, de los distintos dispositivos de Impresión y de los procesos, de la interpretación de los colores y del ajuste de tamaño de las imágenes. También se hablo de técnicas de impresión, se mencionan vagamente costos, tratamos los tipos de papeles, las calidades de tintas e impresiones y toda suerte de problemas con los que alguien que trae imágenes de los digital a lo tangible tiene que sufrir.
La cantidad de información fue tan abrumadora que no sé si describir el efecto que causó en mí, si negativo o positivo. Quedé entre maravillada y aterrada. 
Por otro lado, me dejó compadeciendo y admirando a los impresores y a las compañías impresoras. Nada queda más que darles mi respeto.
Justo en ese tiempo tenía que imprimir mis imágenes para la tarea de foto. Et terror fue, loa seguro, tangible.
Por lo demás, Marco me dejó en claro una cosa: un artista apasionado, serio y real, es un ser curioso realmente obsesivo y meticuloso con su obra, algo así como un roedor empedernido en proteger su alimento. No es ofensa, sino comentario lleno de la más pura admiración. No puedo creer que preste tanta atención a un tema, por lo demás importante, y que lleve dichas observaciones hasta el extremo de una investigación tan amplia y bien hecha como la suya. Realmente lo felicito por su capacidad de síntesis y expresión. 
Y tengo razón: un artista debe de ser obsesivo, tanto como él lo es. Seguramente será más grande de lo que se ve, y espero, llegar a tanto. 

Ana C.C.

sábado, 5 de diciembre de 2015

Técnicas antiguas y creaciones no tan antiguas.

Hará ya un buen rato que se nos habló de técnicas antiguas de impresión fotográfica. Me parece que yo misma he hablado algo del tema, aunque no mucho.
Para la conferencia de esta semana se trataron las posibilidades del arte viejo de la fotografía analógica de mucho tiempo atrás. Como el daguerrotipo o las primeras gelatinas, y sus efectos chingones en la creación de imágenes.
Hay cierto gusto por la carne, por lo humano, por el error. Y eso lo dejan ver este tipo de actividades y los autores que se expusieron durante la ponencia. Se habló del proceso y del placer de ver a algo nacer. No niego que ver levantarse a la obra es algo mágico aunque terriblemente frustrante e irremediablemente inexacto. Porque somos humanos.
Nuestras invenciones, dicen, nos limitan. Las técnicas antiguas cierran el paso a las nuevas y contradictorias técnicas porque al nieto le gusta llevarle la contraria a su abuelo por puro deporte. Pero yo siento que es mentira. El hombre será siempre más inteligente dentro de la jaula cuando busque su libertad, que fuera de ella sin vivir las carencias. Los límites nos engrandecen, los límites nos obligan a ser mejores y los límites nos realzan sobre los demás. Pero insistimos en romperlos.
Estos artistas vieron en el pasado el potencial de crear cosas hermosas a partir de discos muertos. Serán dotados a ver cómo el pasado y sus procesos cobran vida para crear algo precioso.
¿Y si fragmentamos una construcción?, ¿y si hacemos el amor debajo de la mesa?, ¿y si damos a luz a un sueño?, para eso son las barreras.
Los artistas que se expusieron ese día lo dejaron en claro: somos únicos porque conocemos nuestros orígenes.
¿Y qué haremos nosotros además de dejarnos devorar por computadoras como la que uso para escribir?
Explorar, voltear al pasado y decirle a nuestros predecesores: enséñame todo lo que sepas. No te derrotaré, te superaré con la mano en tu bolsillo trasero.
Hay que avanzar sin olvidar los pasos que hemos dado o las decisiones que hemos tomado. Hay que avanzar ignorando sentimientos estúpidos y prejuicios contra el pasado que a nadie gustan. Hay que tomar fotografías y sobre todo, hay que transmitir para no morir.
Eso aprendí.

Ana C.C.

Gigante de tezontle y moronitas

Mi proyecto.

Para el proyecto de Foto cada persona eligió un tema a placer. Unos hablaron de naturaleza muerta, otros hablaron del cuerpo vivo, sus venas y articulaciones; y otros tantos de escenas más bien personales.
Yo, que soy toda una reaccionaria (según suele decirme), elegí un tema rebuscado, simple y medio inocente: Iglesias.
De todas las construcciones que existen en el Centro Histórico de la Ciudad de México, pocas se equipara en belleza e impresiones personales a la Catedral Metropolitana. Construida a lo largo de casi tres siglos, mezcla del barroco, el neoclásico, champurrado de estilos, madera cubierta en oro, historia sanguinaria y de fe. La Catedral.
No sé a quién va dedicada o por qué se edificó como se edificó. Puedo hablar de la construcción, de los detalles, de la arquitectura, pues sé de ello un tanto. Pero no me interesa.
He ido ahí mil veces y en todas he descubierto un nuevo detalle que en alguna otra visita omití. Me he mentido por prácticamente todas las alas del edificio, he subido a los campanarios y he bajado a las criptas. He entrado a zonas prohibidas a escondidas y he fastidiado con relatos herejes a las ancianitas de la Sacristía. Me burlé del coro fingiendo que no me impresionaba en lo más profundo y envidié entonces a todos los feligreses y los creyentes.
Las iglesias antiguas gozan de una magia que rara vez las construcciones modernas logran asimilar. Los juegos de luz, como las posiciones estratégicas de los santos, ahí donde a cierta hora los ventanales direccionan al sol sobre los ídolos de yeso, parecen milagrosos. Uno realmente no se imagina a los albañiles planeando y construyendo algo tan majestuoso. Se le da por hecho y siempre ha estado ahí simplemente. 
Yo no soy lo que se dice, una buena creyente. He dudado de la existencia del Cielo en mil ocasiones, he tuteado a los dioses y he faltado a todos mis votos. He pecado, y pecado con placer mundano, he maldecido y probablemente lo seguiré haciendo. Soy una derrochadora de fe terrible que cree que el Cielo la quiere simplemente porque ha tenido demasiada suerte en su vida. Toda una idiota... una muy fiel idiota, he de reconocer.
La iglesias son bellísimas. La Enseñanza es de mis favoritas: pequeña, compacta, pia y preciosa como debe de ser una mujer según ciertos estándares. 
Las iglesias son mágicas donde, en épocas de oscuridad, los hombres se refugiaba en la fe, ciega o no, cierta o falsa, buscando la paz y la satisfacción. Uno sufre y está bien sufrir, nos dice ella. Nos convence, nos seduce y llama. Construye edificios enormes donde sientes en cuerpo tu propia insignificancia. ¿Qué eres al lado de un pilar enorme de veinte metros?, absolutamente nada. pero estás a salvo, rodeado de buenas personas en un lugar precioso, lleno de esculturillas y adornos acá y allá, rodeado de pinturas delicadas y antiguas, de oro y piedra fría. Una iglesia es enorme, nos cubre del sol y del frío, nos obliga a sentir paz y nos la despoja en el umbral al salir. Es como una madre chantajista que en brazos te ama y libre te sufre.
Podrán estar podridas, podrán no tener pinturas ni techos, ni siquiera suelos, pero no dejan de ser tierra santa. En alguna ocasión, visitando Nayarit, sobre un cerro se hallaban las ruinas de una iglesia. Un suelo sin techo, arcos y arcos altísimos, piedra rosada y paredes carcomidas, húmedas, llenas de musgo. Un área totalmente invadida por la naturaleza donde, curiosamente, no había animales. Y yo sentía la paz en mí. El suelo mismo me recordaba que ahí los hombres mandaban al abismo toda incertidumbre que cruzase su cabeza. No había altar ni padre ni oración alguna. Pero seguía siendo EL lugar.
¿Por qué fotografiar edificios antiguos como las iglesias? porque me hablan del espíritu del hombre como ningún libro puede. Lo siento en mi piel al cruzar el portón.
Es una lástima que esta pasión no se refleje en mis fotos, ya que es totalmente verídica. La sufro a mi manera, pues sé hay ciertos recovecos que mis ojos no alcanzarán jamás. Pero aún así quisiera que alguien la viera. 
Yo colecciono iglesias, me pierdo en ellas como quien se diluye en mezcal. No, esto no es una teoría de la Fotografía. No, esto no justifica mi proyecto. Nada importan las formas geométricas casi perfectas de su arquitectura o los puntos de fuga que podrían lograrse con la cámara. Nadie menciona el papel de la luz en estos edificios ni los rostros de los creyentes que, creo yo, valen la pena el retratarse. Sin embargo, es lo que quise hacer.
Tienen su magia, su misterio, como una mujer hermosa cubierta del rostro por una pañoleta. 
¿Por qué quiero fotografiar iglesias?, por eso. No tiene mucho sentido, pero justo así es el espíritu humano. Justo así son sus pasiones acomedidas.

-Ana C.C.


jueves, 12 de noviembre de 2015

Roland Barthes: la Cámara Lúcida y la imagen mortuoria. Verdades y falsedades en palabras mías.


Poco puedo decir de este libro que no se haya dicho antes. Casi nada me queda más que retratar lo que fue mi experiencia personal con él en las manos.
Intentaré no ser tan optimista como suelo serlo, el escrito me llegó a lo profundo.
Se trata de un libro repetitivo, profundamente emotivo, altamente expresivo y bastante reflexivo. Tiene tintes de sufrimiento, está empapado en melancolía pura, en la tristeza de quién acaba de perder algo realmente importante. Su madre, en este caso.
Habla de varias cosas, de mentiras y verdades. La fotografía puede, en opinión mía y emparentándome un poquito con lo que dice el libro, ser considerada una mentira. Los sujetos, objetos y situaciones ahí expuestas no son del todo reales. Los sujetos (humanos) al enfrentarse con la cámara, adoptan una pose idealizada de sí mismos y la imagen queda reflejada. Por este lado podría ser considerada falsa, pues ninguna de esas situaciones, lugares o emociones volverán a repetirse. Los hombres no pisan la tierra de la misma forma todos los días ni la hojarasca se acomoda por colores.
Sin embargo, esto no quiere decir que se trate de una falsedad total. Los objetos que aparecen en la imagen, se encuentran ahí, de una u otra forma. Eso es un hecho.
 El espectador, haciéndose de toda la base de su memoria, interpretará a placer la imagen con relación a sí mismo y le otorgará un significado. Así, la mentira transmutará y variará de individuo a individuo y la imagen creada recorrerá los pasajes de la mente colectiva.
Pero no todas las fotos son así, me gusta pensar, y son precisamente aquellas impresas con emotividad real las que impactan, las que recordamos.
Fijamos la vista en la belleza de su totalidad o en la sutileza de algún punto en específico (en collar de la bella dama), relacionamos su interpretación y la confundimos con su intencionalidad y su significado. Hilamos la fotografía (como modo representativo) con la vida fuera de las pantallas, en las calles y más allá de las propagandas, con los hechos (apuesto a que los niños africanos no se ven igual de infelices todos los días).
Los hombres relacionan la imagen con aquello directamente real aunque de ello no se trate. Nos gusta pensar que las modelos tienen la piel así de tersa y los cuerpos así de bellos. No, ellas no tienen ojeras.
Nos gusta pensar que la vida es tan horrible o tan bella como las imágenes lo muestran. Nos une, nos divide… y nos hiere.
Todos pueden entender el libro de Barthes. Todos hemos perdido a alguien, así sea el pececito de cuando éramos niños. Y sufrimos.
Las fotos de aquellos que han fallecido son muestra de esto que él llama una falsedad (por así plantearlo), pues esta persona ya no se encuentra entre nosotros. No camina, no respira… no tiene calor ni pulso. Pero ahí está, existe en las imágenes, un referente directo de un pasado inalcanzable, de una imposibilidad dolorosa.
Incluso yo conservo imágenes que de verlas me brotan las lágrimas. Ver sus figuras ahí, de cuando aún andaban, es recordar su inolvidable, inevitable ausencia. Es recordar que ellos se fueron y nosotros también lo haremos. Seremos causantes directos de sufrimiento ajeno y finalmente recuerdos olvidados.
Sí, la fotografía es una mentira. Sí, la fotografía es un referente a le verdad, un eterno momento, un memorándum horrible… y bello.
Sí, la fotografía puede generar muchas cosas. Hace falta tiempo para sonreír al ver la imagen de alguien fallecido. Toma valor el recordar lo bueno en vez de lo malo y comenzar a darnos cuenta de que, aunque no están algo nos dejaron y de su existencia dejaron huellas las imágenes.
Barthes estaba demasiado débil, demasiado susceptible en el momento de escribir el libro. Apuesto a que lloró demasiadas veces sobre el teclado, se volteaba a frotarse los ojos mientras se arrancaba el valor para continuar. ¡Oh!, cuánto sufrimos los mortales.
Un escrito emotivo y a la vez analítico. El estudio nacido de una situación dolorosa para la cual la interpretación de la información representaba un escape al dolor, una bella chimenea. Buscaremos siempre razones a las situaciones, pues pensamos que conociendo un poco más de ellas dejarán de doler. Y no es cierto.
El escrito trata una realidad emotiva muy propia del arte. De otra forma no sería importante el pasar por él para entender a fondo el potencial expresivo de la fotografía. ¿Quién mejor que un fotógrafo herido para explicarlo?, no existe nada más emotivo que éso. Nada. (Las mejores obras son producto del desamor)
Me deja pensando. Me sucede algo similar, aunque no de iguales magnitudes. Sí, yo también conservo ese tipo de imágenes y sí, sufro al verlas. No lo entiendo. Están pero no están.
Me obliga a reflexionar. ¿Qué clase de cosas puedo transmitirle al público por medio de una imagen?, ¿qué impacto tendrá?, ¿me gustaría hacerlos reír o llorar?, ¿qué busco al expresar algo?, ¿realmente quiero que sepan?, sí… ¿por qué?
¡Qué desborden los sentimientos ajenos!, que se diluyan como los lamentos y los ríos. Todos merecemos recordar y hacer que otros lo hagan. Es la única forma de no ser olvidados. Creo.
Si las imágenes son heridas, si las fotografías son mentiras y retratos de pasados y futuros decesos, si nosotros enriquecemos al arte de la fotografía y ella a nosotros, si nos da vida y nos anima, si nos hiere y nos causa sufrimiento de la misma manera que trae de vuelta recuerdos bellos; si es algo de un impacto tan fuerte, ¿cómo debo de encararla?, ¿a quién voy a herir?, ¿al público o tal vez… a mí?
No sé qué pensar, me dejó herida a la deriva.
Lo recomiendo, sí, ha de leerse bajo riesgo propio. Existe el peligro de experimentar sufrimiento de lectores, pero fuera de eso… nada. Absolutamente nada.


-Ana C.C.

sábado, 17 de octubre de 2015

Un ganador del premio Hasselblad, de Fotografía: Hiroshi Hamaya.


Según la página oficial del premio Hasselblad, este reconocimiento se le otorga a algún fotógrafo que durante su trayectoria artística ha hecho avances y descubrimientos en el campo de la fotografía artística, teniendo un impacto en generaciones posteriores de jóvenes fotógrafos, que ha realizado exhibiciones significativas en varios países y que suma a sus méritos el continuar creciendo artísticamente.
Cada año, el comité del premio selecciona a cinco fotógrafos experimentados o estudiantes que cumplen con los requisitos y en marzo 8 se anuncia al ganador del año. Se le premia durante una ceremonia varios meses después, en la que se le otorgan una medalla, un premio en efectivo y un diploma. El Centro Hasselblad entonces abre sus puertas con una exhibición del artista ganador.
En el caso de la exposición montada en 1987, se trató del fotógrafo japonés Hiroshi Hamaya, cuya obra comenzó, no con estudios o academias, sino como una cámara que le regalaron teniendo quince años. Así, sus primeras fotografías fueron aquellas de las reconstrucciones de los barrios devastados por el terremoto de 1923 que asoló la región de Kantou en Japón.
A los dieciocho, trabajó a la par de sus estudios como fotógrafo para una empresa aeronáutica mientras contribuía como ‘freelance’ para empresas publicitarias,  y pocos años después, se convirtió en fotógrafo independiente. A través de su vida, recorrió Japón por aquellas zonas pobladas únicamente por pequeños asentamientos rurales, pueblos pequeños y alejados de las grandes ciudades, documentando aquellas peculiaridades regionales y costumbres locales de las costas. Pasando por China y Manchuria antes de la invasión japonesa durante la segunda guerra mundial, y regresando a su país natal para continuar con sus proyectos, dándole a su quehacer una dirección más etnológica y humanística, alejada un tanto del periodismo y acercada otro tanto al arte.
Así, durante las disputas culturales de Japón con Estados Unidos, él presentó una posición pacifista y con ella, una nueva exposición. Creía fielmente en la unión del hombre con el suelo que habitaba por su experiencia como documentalista de zonas poco pobladas. Notaba las diferencias entre los pobladores afirmando que, conociendo bien sus tierras, se podía entender a las personas mismas.  
Sus obras no tenían una intensión artística como tal, aunque la visión estética es característica de las culturas orientales por sí misma. Se podría decir, entonces, que de alguna manera su arte es arte sin querer, aunque no por eso sucede ser menos importante.  Me gusta su obra y la manera en la que captura los malviajes y desventajas naturales de los hombres y sus hogares.
Tiene la “ventaja” de la imagen monocromática, que nos obliga a pensar, a discernir. Los colores nos hacen soñar mientras que el blanco y negro nos invita a pensar, a sentir. Y bajo ello, cualquier imagen que muestre la idea es buena mientras se exponga adecuadamente. Él no intenta concientizar, más me da la impresión de que simplemente quiere recordar.
No tomó las imágenes pensando en quién las iba a ver, sino pensando en documentar, en dejar huella de lo que presenciaba. Después, con sus libros de fotos y exposiciones, fue capaz de masificar aquellas fotografías que consideró eran las más tangibles y así el mensaje se extendió. No quería decir nada, no pedía ayuda ni consciencia. Eso vino después por sí mismo, en las cabezas del público que relacionaba las imágenes con las situaciones. Él simplemente pretendía mostrar sus hallazgos y capturar la mirada por la que los observó.
En alguna ocasión anterior publiqué que el arte no es tan impactante sin un contexto. Es por eso que aquí hago nota de su biografía, para cerrar el círculo de información, el ciclo de relación y pensamiento.
Es curioso… al ver sus fotografías detenidamente, al analizar lo que sucede dentro de ellas con detenimiento e intentando enfriar mi cabeza, no veo una inmensa tristeza o una enorme miseria. Esa sensación la aporta mi cabeza por sí sola al relacionar las imágenes con situaciones de las que me he enterado donde la gente no es feliz a falta de recursos y presa de las inclemencias del clima y las enfermedades. No tengo un indicio real de que esas personas fuesen desdichadas más que el dejo de las imágenes de Hiroshi. Es ese aire, la nostalgia con las que la toma, las que las vuelve tan terriblemente cautivadoras.
No me lo imagino tiritando de frío con la cámara en mano tomando fotos de la nieve. “Tengo que dejar constancia de la vida de estas mujeres…”
No me lo imagino deambulando por las montañas y las costas fotografiando niños y cercas. Pero lo siento, puedo percibirlo.
Su relación con los hombres se siente mucho más real en comparación con aquella de los fotógrafos que hasta el día de hoy he revisado. Siempre he tenido un gusto por lo oriental debido a mis estudios de lenguas y costumbres durante la preparatoria, es por eso que en primera instancia me sentí inclinada a investigarlo a él en vez de centrarme en los demás. Me sabe más humano, supongo, aunque eso es puro prejuicio mío.
Poco queda decir sino que me gusta su obra y definitivamente fantaseo imaginando su vida, sus viajes. Cualquier hombre con la gentileza de documentar, de tratar con los locales sean de donde sean, de viajar y de aventurarse a conocer en pro del saber es, en opinión mía, un ser valiente, maravilloso. Un terrible soñador.
La imagen transmite sin querer transmitir a veces y en ciertos casos, sólo en ciertos casos, es el espectador el autor real de las emociones que emanan las fotografías.

-Ana C.C.




Referencias:
http://www.hasselbladfoundation.org/wp/21135-2/?lang=en&lang=en
https://es.wikipedia.org/wiki/Hiroshi_Hamaya
*Imágenes en:
https://www.google.com.mx/search?q=1987+Hiroshi+Hamaya&es_sm=122&tbm=isch&tbo=u&source=univ&sa=X&ved=0CDIQsARqFQoTCLnOsOXuycgCFYHzHgodn8cKfg

http://www.michaelhoppengallery.com/artists/125-hiroshi-hamaya/overview/

viernes, 16 de octubre de 2015

Fontcuberta, Meyer, y la Hiperfotografía según Ritchin.


Pasado el temible libro de Ritchin, una comienza a preguntarse acerca del tornar de este terrible, terrible mundo.
¿Nos comeremos los unos a los otros en pixeles o nos devorarán antes las grandes empresas de hombres sin rostros?, de una u otra manera sufriremos sin darnos cuenta y nos arrastrará la corriente porque puede ser muy fuerte para resistirla… ¿O no?
Tal vez no. No si aprendo a nadar.

Pedro Meyer.
Haciéndome de la bella tarea, busqué por internet imágenes de su obra, las series de Meyer. Soy de la opinión de que la obra debe de hablar por sí misma, pero acertando a opiniones de mi asesora número uno, me he dado cuenta de que el arte (y cualquier cosa) carece de significado, sentido y razón sin un contexto. No existe obra o ser que se halle fuera de él, adelantado a él o lejos.
Así bien, revisé algo de su biografía y otro tanto de sus creaciones. A comparación de Miller (tampoco tengo tantas referencias), sus obras parecen estar demasiado empapadas de él. Como si se trozara con el carrete. Son melancólicas y hermosas a pensar de ser, en algunos casos, grotescas o demasiado crudas. Encontró la manera de engastar belleza y realidad. No parecen hechos, sino sueños o retazos de sueños.
Me gustan sus fotografías, la que pude ver bajando por la barra de Google. Y a pesar de que es básicamente un artista análogo, puesto que toda su obra se encuentra digitalizada para ser parte del dominio público que supone el internet, pasa a ser un creador digital.
“Fotografío para recordar” me hizo trizas. No puedo concebir tanta tristeza en espacios tan pequeños. No sería capaz de preservar tanta agonía, no sólo la de mis seres queridos, sino la mía. Lo veo como un memorándum, un recordatorio para que nada se vaya por el lavamanos. De alguna manera entiendo el desconcierto de ver cómo lo que amamos se deshace y comienza a degradarse hasta desaparecer, y la necesidad de preservarlo para intentar entender y… concebir. Yo misma conservo vestiditos mortuorios de alguien muy importante. Cajas… Pero las imágenes son otra cosa: se trata de una de las primeras informaciones que recibimos desde que venimos a este mundo y una de las más difíciles de olvidar. Recuerdo claramente la sangre escurriendo carretera debajo de algún accidente vehicular que presencié a los siete años.
Supongo que de eso se trataba… de algún pinchazo matinal para olvidar que salió de una pareja para terminar como unidad.
En cuanto a sus montajes, me sorprendo de los contrastes tan vistosos, de colores saturados y vibrantes. El azul resulta irrealmente profundo, casi inconcebible en esta realidad tan provista de colores y tan pobre en exhibiciones públicas. Como otras tantas tonalidades.
Fotos como aquella de la mujer entre los niños Jesús, de las cabezas de cerdo, o de los niños con ojos negros como canicas proponen una mirada a nuestra triste realidad como seres caníbales. No directamente, claro, pues su sutileza se basa en todo el empleo del que fue capaz de la belleza. Por el detalle se graban en los párpados y por el detalle la realidad se vuelve visible. Uno puede perderse en los negros intensos o en las expresiones inocentes y quedarse hasta ahí si no se pone a pensar “¿Qué es?”
Ritchin en su libro “Después de la Fotografía” nos propone precisamente el analizar más allá el mensaje de la obra, sus contenidos y su contexto para entenderla y a sus intenciones. Plantea la hiperfotografía como aquella que interactúa con el espectador haciéndose de ciertos elementos e intentando transmitir un mensaje en concreto.
(Como aquellas de modelos que te insinúan “tienes que ser así o asá y lucir un cuerpo tal y vestirte como cuál…”, acompañadas de alguna marca de ropa o calzado, por ejemplo.)
Se habla de hiperfotografía cuando la imagen ya ha sido modificada para promover ideas consciente y masivamente. En el caso de Meyer, que no tiende a modificar sus imágenes tan drásticamente como lo harían aquellos de publicidad, las ideas van más enfocadas a la concientización y se hace de una estética pura y natural (por lo menos más que la que se promueve hoy en día) para hacerlo. Su acercamiento con seres reales, tangibles, de carne y con identidades, lo vuelve más íntimo en relación al espectador y así la reflexión es totalmente individual, profunda y sensible. Te genera una cierta agitación interior que no puedes sino atender o se esconde en tu cráneo y te escosa hasta obligarte a hacerle caso. Se arraiga de una vez con fiereza a diferencia de aquella pública que se pega por repetición.
¿Es hiperfotografía?, sí, cumple con las características, aunque su enfoque es distinto. Lejos de querernos con ciertas opiniones ya planeadas, nos plantea la posibilidad de la contra o el pro voluntario. Reflexionamos si lo deseamos y si queremos, lo olvidamos. Es totalmente humano, no está mecanizado y mucho menos sabe a labial.


Joan Fontcuberta.
Al igual que con Meyer, repasé su biografía y pasé por su obra digitalmente. Fontcuberta dedicó mucho tiempo al análisis de cambio de paradigmas, de analógicos a digitales; fue premiado con el premio Hasselblad.
Conocer las posibilidades que abre y cierra la nueva era nos ayuda al entendimiento de las implicaciones tecnológicas, sus riesgos, ventajas y desventajas. Es cierto que la velocidad de la información la vuelve accesible, como lo es el hecho de que la posibilidad de ser modificada y redefinida por cualquiera con acceso a ella la vuelve poco verás en varios aspectos. Incluso las imágenes bellísimas de hoy en día son tomadas como composiciones digitales irreales y eso precisamente les resta encanto… básicamente porque somos conscientes de su condición.
Joan se aprovecha de esto obligándonos a creer, modificado los sujetos de las imágenes en un principio, y no las imágenes en producción, en esos pedazos de irrealidad y despertando el imaginario humano más allá del escepticismo natural y de la lógica cotidiana. No, no existen los dragones, pero probablemente él tuvo uno en manos.
La realidad y la ficción son puro humor negro… y de colores.
Fontcuberta, como hombre de pensamiento que es, se divertía jugando con las primeras impresiones que causaban las imágenes. Admitamos que suena genial el vacilar con la percepción forzada y construida de nosotros los comunes. Imágenes que son lo que representan compuestas de más imágenes más pequeñas. Entonces, ¿son o no son?, pues lo son en su conjunto y no lo son en la individualidad. Igual que las sociedades.
Las suyas son hiperfotografías, sí, y con toda la intensión de la masificación. Imágenes pensadas para el espectador que no por eso dejan de ser bellas y cargan consigo un sentido muy alejado de lo vano de la publicidad nociva.
Me gusta su trabajo: es imaginativo, es potencial, es explosivo, es soñador, es infantil, es inmaduro, es anciano y es inteligente. Se necesita cabeza para soñar tanto y aún más cabeza para hacer que el espectador lo haga también.
Él toma fotos no pensando necesariamente en la imagen, sino en sus aplicaciones posteriores. Miles de fotos suyas son desconocidas tal vez por la falta de utilidad que pudo atribuirles.  Y no tienen que ser asombrosas, sino tienen que formar en conjunto algo asombroso. Eso es lo que me sorprende de su trabajo: la mentalidad corpórea, orgánica del todo compuesto por pequeñeces.
Me gusta más como cuentista en imágenes que como pensador serio, pero supongo que no podría serlo sin tener un eje recto y firme del que asirse para continuar.
Sus modificaciones son simples. Simples como las que hace cualquier persona en programas de edición fotográfica, sólo que a otro nivel creativo mucho más profesional.

Y en ese caso, ¿cuál es la diferencia entre ellos, que son artistas, y cualquier fotógrafo que circula sus imágenes por internet?, los conocimientos, las aplicaciones, las intenciones y sus formas. El empleo de la estética y los círculos de divulgación. Los primeros concientizan de formas bellas, brutales y estudiadas. Los segundos placen según sus vanidades un poquito más mundanas.
¿Dónde quedan los estudiosos, los virtuosos y lo creadores en un mundo tan competido, tan globalizado, donde la información viaja más rápido que el sonido y cualquiera puede tener acceso a ella?, en libros y bibliotecas, en conferencias para quien quiera de enterarse de un punto de vista nada desapegado pero sí bien estructurado y estudiado. Quedan ahí, donde sólo pueden ser alcanzados por curiosos y gente con interés.
No es tan difícil encontrarlos si se quiere, lo complicado es asimilar lo que de ellos se entiende y comenzar a aplicar sus descubrimientos y utilidades en beneficio positivo. Uno a uno, como las hormigas de una colonia.
Dicen que el ser humano sería mucho más feliz de darse cuenta su propia insignificancia, porque entonces cobraría más sentido como parte de un todo y sus dificultades pesarían unos gramos menos. ¿Será cierto?, me gustaría pensar que sí. Me hace un poco más libre y no por eso menos importante.
Seríamos mucho más felices si dejásemos de devorarnos, pero nos encanta el sabor a sangre. Amamos los panoramas grises gracias al aburrimiento y no esperamos mas que el final al apagar el televisor.


-Ana C.C.



Muy, pero que muy útiles referencias:

http://www.magis.iteso.mx/content/hoy-todos-somos-fot%C3%B3grafos-pero-con-una-cultura-visual-escasa%E2%80%9D-pedro-meyer

http://www.pedromeyer.com/biography/publica_libros.html

http://ulisesdfotografia.blogspot.mx/2014/09/pedro-meyer-y-joan-fontcuberta-ensayo.html

*Imágenes de Pedro Meyer:
https://www.google.com.mx/search?q=pedro+meyer&es_sm=122&source=lnms&tbm=isch&sa=X&ved=0CAcQ_AUoAWoVChMIg9LV2L_IyAIVAaA-Ch0mLQyG&biw=1366&bih=643

http://oscarenfotos.com/2014/08/23/postfotografia/

*Imágenes de Joan Fontcuberta:

https://www.google.com.mx/search?q=joan+fontcuberta+herbarium&es_sm=122&tbm=isch&tbo=u&source=univ&sa=X&ved=0CBsQsARqFQoTCLK548fcyMgCFcxeHgodAjsCZA&biw=1366&bih=643

jueves, 8 de octubre de 2015

Lee Miller: la vida por ambos lados de la lente (y la quesque reseña de exposición)

Tres amigos y yo, como parte de nuestras muy bellas actividades, asistimos el día de hoy a ver una exposición en el Museo de Arte Moderno, en Chapultepec.
Armados con cámaras y demás cosas, esperábamos entrar a la carga con fotos acá y allá como guerrilleros en pleno campo de batalla... pero no fue así. A diferencia de museos como el MuNal o el MUAC, este museo negaba la toma de fotografías dentro de esta exposición en específico (el resto sí era viable), pero se entiende, pues era precisamente una exposición de fotografía.
La sala dispuesta lar dicha exposición era un espacio circular dividido en cinco espacio más pequeños, uno central y cuatro alrededor. 
A la entrada, un estampado en la pared indicaba de qué iba la exposición y revelaba de manera muy fugaz y poco detallada la vida de Lee Miller, sus ocupaciones y el propósito de todo el montaje.
Avanzamos por la derecha observando cada una de las salas: todas contenían pasajes de momentos de su vida (como el inicio de su carrera de modelo, su arranque como fotógrafa solista, su vida en el Cairo, sus corresponsales como fotógrafa de guerra y su retiro, entre otras) resumidos, pero bien relatados de forma que la imaginación compensaba los poco huecos que los escritos dejaban. A su alrededor, se exponían fotografías con fichas a un costado indicando el nombre de la fotografía y el material en el que estaba impresa. Cada división tendría tal vez veinte fotos, calculo yo. 
En las notas se podían leer pasajes acerca de sus amistades con Erns o Picasso, por ejemplo. De su vida amorosa, un poco de su familia y otro tanto de su visión. Se habla mucho de su surrealismo (que admitamos, sí tiene, cada foto da un aire soñador, como inmerso en la fantasía de mundos particulares y misteriosos), pero las exaltaciones de las mismas notas podían incluso llegar a sobrar en ocasiones, pues era obvio que predisponían al espectador y esto a su vez, causaba un choque muy fuerte con la obra. De ahí en fuera, supongo que los pasajes de su vida no salieron sobrando en su gran mayoría, pues aportaban referencias y explicaciones bastante buenas a las colecciones de fotografías acomodadas cronológicamente en las salas.
Sus cambios de ambiente, de parecer y de humor se reflejan bastante bien en sus obras. Hay varias que me agradaron bastante y dos que me dieron risa (aquellas tomadas en la bañera de Hittler), otras que creí falsas, tal vez por mi propia concepción de la realidad (como aquellas de los cadáveres en los campos de concentración), mientras que una me perturbó bastante (la del niño muriendo). Aquellas surrealistas, como la de la cabeza en la campana de cristal, me parecieron buen material para una película de suspenso. Y otras, como la del desnudo femenino hacia el frente, asemejaban a objetos distintos; esa, por ejemplo, se me figuró en primera instancia a una muela en una radiografía.
Hubo cosas que me sorprendieron, como sus fotografías expuestas al sol: el efecto que tomaban era realmente extraño. Las sombras en la imagen daban la total apariencia de tridimensionalidad, mientras que el recalcado oscuro de los alrededores y los contornos gruesos la hacían parecer plana. Era un contraste muy fuerte, un efecto muy llamativo.Me agradó.
Por otro lado, la exposición, si bien habla de ella y de su vida, fue conformada por otros personajes que en ella aparecían. Parejas y amigos. Relatan sus imágenes su vida tan simple y tan compleja a veces que el cambio producido de la paz a la guerra es brutal. Supongo que esa era la idea de ordenar así los revelados.
Como fotógrafa y modelo, era una mujer audaz e inquieta (o eso me imagino yo), sus imágenes son tan terriblemente humanas y puras que no me dejan sino pensar que la mayoría se tomaron llenas de pasión. Cada una tiene un pedacito de alma propia. Así, las salas parecen salones de reuniones; de ésos donde los caballeros se sientan a charlar. Las imágenes conversan entre sí y nosotros como espectadores no tuvimos sino que pasar entre ellas para entender lo qué decían. No cuesta demasiado trabajo averiguarlo.
Para el ojo común podría parecer una exposición aburrida. Para el ojo curioso es mucho más que eso. ¿Recomendaría la visita?, sí, porque de la pretensión del artista ella no posee nada. Es como hablar con una conocida de vista y no sentirse incómodo o anonadado, sino de alguna manera bienvenido. Es impresionante la vida que llegan a tener algunas personas, y definitivamente ella fue una de ellos. Seguramente vivió muchas más aventuras de las que se relatan abiertamente y ésas de las que nadie habla, son las que quisiera averiguar. Me hace pensar que, de tener una vida así de ajetreada, tal vez valga mucho la pena dedicarle más tiempo del requerido a tomar fotografías. No sé, quién sabe si en alguna de esas acabo por vivir una historia emocionante también.
No suena a tan mala idea, creo...

-Ana C.C.




 
(Y para que vean que no miento y que sí fui, aquí está el boletito)

jueves, 1 de octubre de 2015

Fred Ritchin, Después de la Fotografía: una tristemente cercana realidad.



Para este mes se nos indicó leer este libro para darnos una idea del impacto social de las tecnologías nuevas, que nos permiten modificar a placer cualquier tipo de información, ya sea acústica, visual o lingüística.
Sea desde la edición y divulgación de un texto, hasta la circulación de una imagen un tanto falsa (o bien, editada) que apoye o deshaga los paradigmas humanos, prejuicios o estereotipos, pareciese que los hombres no hacen sino quejarse, manifestar su existencia a partir de contenidos cada vez más impactantes e impersonales. Me explico: estamos tan poco relacionados hoy en día con el resto de las personas que nuestra ausencia es realmente obvia.
Lo sabrán nuestras madres y abuelas, que conocen a sus vecinos.
La narrativa es clara, concisa y veloz. Se asemeja a aquella de un periodista escribiendo sus memorias, a la de un hombre en medio de un monólogo introspectivo y a aquella de una mujer histérica con doctorado. Pareciera poseer demasiada información bien estructurada, pero poco aliento, poco tiempo, poco espacio. El tema es claro: los cambios humanos como producto del avance tecnológico y nuestra degradación. Lo que no logro especificar es la postura del autor, pues deja entrever que se encuentra en contra de lo que describe (entre líneas), aunque apegándonos sin deducción al texto, se mantiene imparcial.
Es un libro de lenta lectura que emplea muchísimos ejemplos para dejar en claro las distintas vertientes de las que habla con relación a la fotografía y a las nuevas tecnologías en general (como la ley referente a la pornografía infantil en USA o  la edición de una de las portadas de la revista National Geograophic hecha para cambiar el ángulo, por ejemplo), los explica y relaciona directamente con la narrativa. Son tantos que en cada página se pueden encontrar referencias a hechos, investigaciones, personajes y demás cosas externas.
Altamente reflexivo, filosófico, refleja el deseo humano de escapar de una realidad demasiado dura para enfrentar, y de las tretas de los medios y grandes corporaciones para facilitarnos la tarea y de paso aprovecharse de ella.
Como el narrador lo retrata, el mundo cambia y nosotros con él. Aquellos que vivimos este descontrolado avance científico e informático somos sólo capaces de imaginar el impacto futuro que tendrán las acciones presentes. Serán las siguientes generaciones, aquellas que nacen con el mundo como lo dejamos, las que corroborarán o corregirán nuestras sospechas.
Concuerdo en muchos aspectos con el narrador, aunque no en todos. El libro me sabe demasiado alarmista, me deja aterrada al pensar en lo que podría pasar en un futuro con los seres humanos en relación con la tecnología y no puedo sino pensar que no vamos a mejorar. Nos hemos desintegrado.
La tecnología, hoy en una era digital donde el ver no aplica al creer (hablando de imágenes que bien pudieron ser creadas), nos deshumaniza. Reemplazamos nuestras relaciones físicas por relaciones de pixeles en un celular, vivimos enajenados en un aparatito (últimamente no tan aparatito) sintiéndonos populares, conocidos y cercanos en lugar de realmente convivir con la humanidad a nuestro alrededor. La tecnología, aunque aparente reducir la distancia física entre las personas, en opinión mía no hace sino aumentarla. Uno se embriaga en el internet, en la televisión, y sin querer termina por alejar a los demás o persuadirlos a enajenarse también. A fin de cuentas la convivencia familiar se ha cambiado por una hora en la que todos se sientan frente a la pantalla a decidir qué canal mirar en lugar de hablar de las clases de los niños en la escuela o de los asuntos en el trabajo.
No digo que la tecnología sea mala o inhumana, pero su abuso, la invasión que supone, deshumaniza a los hombres, los convierte en números, en estadísticas de ventas, en cifras desechables, calculables y generalizadas. Es perfecta para la difusión de la información, pero es su propia maleabilidad la que hace de la información algo poco creíble hoy en día. Un milagro no necesita más explicación a sí mismo que su existencia, mientras que un descubrimiento actual, algo considerado un milagro en el pasado, necesita de mil pruebas, de testimonios objetivos e impersonales para serlo bajo la pretensión de la universalidad.
No, la tecnología no es mala. Es su invasión a la privacidad la que la vuelve tan perniciosa. Cuando todo se vuelve tan público y accesible, los objetos (fotografías, personas, lugares, etc.) dejan de pertenecer al origen. Una habitación fotografiada y subida a la red ya no le pertenece del todo a quien la habita, sino a quien la ve y la modifica, como los memes en Facebook. Cuando ya no queda un espacio privado, personal donde habitar, donde nadie moleste; cuando nos dejamos llevar por las redes informáticas y nos vemos arrastrados sin resistencia en el flujo de los medios, entonces, perdemos un cachito de humanidad, pues ya no somos dueños de nosotros mismos (no del todo) ni de lo que nos rodea. Ahora hay una relación pública con todo y parecemos uniformarnos con el resto del mundo. ¿Dónde quedamos como individuales, como seres humanos, como personales reales, tangibles, entonces?
…En varios millones de pixeles, en alguna estadística de compra-venta, entre las líneas negras de un código de barras…
En general cualquier cosa que signifique capturar algún ser/espacio/escenario vivo, no puede ser del todo buena.
El hombre se redefine como un ser altamente comunicativo (en varias plataformas y lenguajes) que tiene la necesidad psicológica de atención crecida. La expansión informática borra los límites morales tanto como las barreras fronterizas. Es ahí, en el lugar digital donde residimos y perdemos los rincones que nos pertenecen, que empieza la depravación.
En mi opinión, la función fundamental del libro, con toda su palabrería y sus mil ejemplos, no es otra sino de informar. Te obliga, por medio de la repetición de conceptos, de la imposición de ejemplos (hechos) cortos y concisos a creer en lo que describe. Tiene un aire desesperado, como si el futuro lo alcanzara antes de que el lector llegase a leerlo. Te hace creer en él al punto en el que no tienes de otra sino reflexionar y poner resistencia al flujo de los medios que utilizan las nuevas tecnologías a su conveniencia, o de aquellas minorías que buscan enganchar con cualquier tipo de información impactante a las masas.
El libro te dice “¡detente!, piensa: ¿qué estás haciendo?”, y lo haces. Yo lo hice.
Es una buena lectura, ciertamente, algo tediosa para mi gusto. No sabría si recomendarla o no, aunque moralmente me siento un tanto obligada a hacerlo. Es importante que el resto de las personas piensen y reflexionen acerca de lo rápido que se está moviendo el mundo y de lo mecánicos que nos estamos volviendo. Deberían si desean cambiar algo.
Pero, claro, esta es sólo mi opinión.


-Ana, C.C.