Hará cosa de dos semanas, de nuevo, el profesor nos puso una película en el aula para deleite de la clase. Se trataba nada más y nada menos que Historias de Lisboa, una película muy divertida, entretenida y un poco poética.
Philip Winters, un sonidista profesional es contratado por Friedrich Monroe, director de cine y camarógrafo que graba a lo largo de un tiempo escenas de Lisboa, para grabar el audio de sus tomas de la ciudad opara así completar su película.
Winters recibe una sorpresa al llegar al lugar y encontrarse no sólo con que Monroe ha desaparecido dejando su cinta incompleta, sino que suma a sus responsabilidades el cuidar de unos niños de la localidad que lo ayudan a grabar aún más escenas y lo acompañan a lo largo de su estadía agregando humor al filme.
La película dentro de la película proyecta tomas de la vida cotidiana de las calles de Lisboa: una mujer lavando la ropa mientras canta, el tranvía bajando y subiendo, el afilador con sus cuchillos, perros ladrando, etc., etc., etc., escenas que Winters debe de completar con los sonidos propios de la ciudad, mismos que graba andando con una pierna rota y todo su equipo de acá para allá igualando los personajes de las escenas tanto en sus acciones como en sus localizaciones para hacer más precisas las grabaciones.
Así Winters conoce Lisboa, andando entre sus aceras y callejones. Mientras tanto, Monroe continúa enviando mensajes y nuevas tomas desde lugares de la misma ciudad, evadiendo a Winters cuanto puede y al mismo tiempo burlándose de él como lo haría un buen amigo.
Se trata de una película con un humor muy inocente pero bastante efectivo, con una trama interesante, sin efectos exagerados, con una continuidad muy humana, bastante digerible y agradable.
En ella no sólo se refleja Lisboa como es, con sus imperfecciones bellas como ciudad, sino como el hogar de muchas personas, de muchas almas y de muchas historias que nadie conoce. Se habla de la infancia, de los niños, del romance como un bohemio lo imaginaría y de bromas groseras pero divertidas.
Me agradaron las tomas, los personajes, su función en la historia y sus pequeñas aventuras cotidianas (como la proeza de grabar el sonido del tranvía mientras éste bajaba), nada sobraba, nada faltaba, dejaba un final abierto que no pudo haberse mejorado, pues habría perdido encanto la historia, y permitía al espectador crear su propia versión de las situaciones no dichas. Bastaba con una insinuación ligera para plantear toda una situación posible y es ahí donde reside también parte de lo que la hace, en opinión mía, una buena película.
Espero las siguientes sean igual de buenas. Hasta ahora ninguna de las dos me ha desagradado.
-Ana C.C.
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