Uno pensaría que hoy en día ya no haría falta aprender a revelar imágenes fotográficas analógicas, pues vivimos en una era de invasión digital; sin embargo, quien haga mención de dicho comentario probablemente desconozca (y si no, tendrá sus razones) de lo divertido que puede resultar.
Antes que nada, el laboratorio es un lugar sumamente agradable, a mi parecer. Es un tanto oscuro, iluminado con luz roja de seguridad (que hace una muy útil diferencia), suele estar limpio y ordenado para evitar accidentes y es muy cómodo. Hablaré desde mi experiencia personal:
En mi grupo somos 21 alumnos usualmente silenciosos. Las dos sesiones que empleamos en conocer lo básico de este asunto se dividieron en dos días consecutivos.
El laboratorio es un lugar sumamente interesante y vagamente iluminado. Huele ligeramente a químicos ácidos, todo esta ordenado y dentro de él se mantiene sólo el material indispensable, mientras el resto es procurado en orden.
Para ingresar en primera instancia hay una puerta de metal sin ventanas y más allá una cortina negra, esto es porque si la luz llegase a hacer contacto con el papel fotosensible, lo arruinaría y no sería posible revelar nada en él, así que, para evitar accidentes, primero se pasa por la puerta, se cierra bien y luego se ingresa al laboratorio. Al salir se pasa la cortina, se asegura que nada de luz podrá ingresar y entonces se puede abrir la puerta.
Toma un rato acostumbrarse a la falta de luz natural (luz blanca/amarilla), sin embargo, en mi caso, para al segunda sesión ya estaba totalmente acostumbrada. Las ayudantes de profesor pasaban a revisar nuestro trabajo cada tanto y se aseguraban de resolver nuestras dudas y mostrarnos cómo hacer los ejercicios. Nos regalaban muestras de papel fotosensible para practicar el revelado.
Yo hice equipo con una compañera de nombre Yaret, y nos instalamos en la tercera máquina de revelado a color, de izquierda a derecha.
El ejercicio consistía en, con los trozos de papel, hacer pruebas de iluminación para hallar el negro más saturado en las hojas, pues al darles la luz, éstas (usualmente blancas) cambian de color tiñiendo de negro los lugares en los la luz lo tocase.
Cambiamos la luz blanca de la máquina por luz roja de seguridad para evitar que el papel se arruinara, ajustamos una hoja de 4x5 pulgadas y colocamos el foco a una altura de 17.7 cm iniciales, con un diafragma de 5.6, para antes de la exposición. Cambiamos la luz roja por luz blanca y comenzamos un experimento de pigmentación del papel fotosensible, cubriéndolo con una hoja de papel normal, misma que recorríamos cierta distancia cada cinco segundos para ver qué parte de éste se saturaba más de color.
Posteriormente lo fuimos a revelar. Primero lo pasamos por una bandeja roja (que bajo la luz de seguridad se ve negra) y lo dejamos ahí minuto y medio. Luego la pasamos al baño de paro, de la charola blanca (que bajo la luz de seguridad se ve roja) durante diez segundos. Después lo pasamos al fijador, de la charola gris (que se ve verde) y ahí lo dejamos tres minutos, para finalmente pasarlo a la bandeja de agua corriente y dejarla reposar cuatro minutos para que se enjuagase.
El resultado no fue nada bueno, la hoja fotosensible salió totalmente negra, dejándonos en claro que el tiempo de exposición bajo la luz blanca había sido demasiado.
Para nuestro siguiente experimento, colocamos una tira de aspirinas sobre la hoja y la expusimos unos 12 segundos, repetimos el proceso de revelado y la imagen salió decentemente bien. El cuerpo de la tira se reflejó como una mancha blanca en un fondo negro.
Para la segunda sesión decidimos cambiar los datos de la máquina, de modo que aumentamos la altura del foco a los 27 cm, igual que el diafragma a 8. La hoja era de la misma medida. Ésta vez, decidimos aumenta la exposición a 14 segundos y colocar sobre el papel fotosensible unas figurillas que Yaret trajo.
(El feliz fotograma del elefante de marfil y el perro de madera)
El resultado fue bastante bueno, pues ahora se veían las figuras en su totalidad.
Después de esto, hicimos dos o tres pruebas más, que salieron exitosas, y con ésto concluimos la sesión.
Cabe mencionar que el espacio me pareció muy bueno y la oportunidad excelente. Es cierto, yo poseo una cámara digital, pues hay que reconocer que para los usos que planeo darle, una analógica saldría siendo muy costosa por los gastos en material de impresión y escaneo, sin embargo, aprender lo básico de revelado no sale sobrando. Nunca está de más un extra de información al respecto. La experiencia fue realmente agradable, en un lugar con privacidad lejos del ajetreo exterior.
En una era donde la globalización instantánea de los hechos no hace sino arrinconar y eliminar la privacidad de los individuos, el revelado de fotos simula un oasis a veces necesario para aclarar los pensamientos. El laboratorio es un espacio silencioso y agradable donde uno se encuentra a solas con las imágenes y nada más en un lugar sin distracciones que te obliga a concentrarte en tus actividades. En ese tiempo puedes dedicarte a meditar, como un ejercicio de respeto propio.
Hay un silencio general en el aula, y más allá del necesario murmullo de los demás estudiantes, me sentí bastante cómoda, como envuelta en misterio. Una no podía sino emocionarse a ver cómo la imagen se comenzaba a teñir de negro en la charola del revelador, apresurando al reloj para poderla pasar a las siguiente bandejas con químicos.
Salir a la luz del día es de alguna manera sorprendente. Dentro del laboratorio no pasa el tiempo. Ya sea que el ejercicio haya resultado bien o mal, te entran las ganas de hacer otro y luego otro más. Experimentamos con texturas y con objetos para ver el impacto de éstos en el papel. Algunas fotos salieron muy bien y otras... pudieron haber salido mejor.
De cualquier caso ésta fue una experiencia fascinante que me incita a pensar que, en un futuro y con una noción más amplia de la Fotografía, bien podría hacerme de una buena cámara analógica y adentrarme nuevamente en ese espacio de maravillas para poder volver a ver la aparición súbita y casi mágica de las imágenes en una hoja de papel donde antes no había nada.
-Ana C.C.