jueves, 3 de septiembre de 2015

"The impassioned Eye", un hombre atrapado tras la lente.

El viernes pasado en el aula SUM, el profesor de Fotografía y unos ayudantes nos proyectaron un largometraje francés (con el doblaje sobrepuesto al inglés británico, sin subtítulos) cuyo tema central era la vida de H. Cartier Bresson, un fotógrafo que en el siglo pasado se hizo de un nombre justamente ganado por sus fotos.
Calculo mentalmente que el vídeo tiene una duración de... ¿hora y media, tal vez?, bueno, en él se habla de su vida, de las cosas por las que pasó y los hechos que aconteció y logró fotografiar para que futuras generaciones o quien quisiera, pudiera verlos, relacionarlos con sucesos del momento y darles así una significación más acertada o por lo menos cercana a lo que Bresson quería transmitir.
En la narración se cuenta con el apoyo de dos críticos principales y uno asistente (si no mal recuerdo), una mujer y dos hombres, que juzgan desde sus perspectivas las obras del fotógrafo, relatan y dan su propio visto y opiniones partiendo de su experiencia, pues pertenecían al mismo campo. La contraposición armónica de dichos lados del mismo relato, que es la vida y obra de Cartier, crean bifurcaciones informativas (y de opinión) que apuntan a la misma dirección partiendo de distintos focos. Uno, al verlo, realmente puede sentir que el hombre dedicó cada ápice de su existencia a la creación de imágenes fotográficas significativas. Dios sabe si todas fueron buenas, sólo sus allegados fueron testigos de esas fotos, de las que conocemos y de las que nadie conocerá, y pueden decir abiertamente que conocen su obra en sí.
Cuando mencionamos las fotos, algunas son bastante buenas. Él habla a veces del lugar en el que las tomó o las circunstancias en las que se encontraba (por ejemplo, las menciones al funeral de Ghandi, la liberación de Paris, conflictos armados, etc.), menciona la espontaneidad y la casualidad, como si aquellas fuesen aliadas suyas, y de cierta forma lo son. Sus fotografías son bellas en todo el sentido artístico, opinión, y la relevancia que le da a la que ha sido la carrera de su vida, está totalmente justificada. A su edad es un artista sencillo que guarda en su casa un sinfín de imágenes interesantes, donde juegan la perspectiva, la oportunidad y los lugares. En muchas de ellas puedo ver el gran aprovechamiento del espacio, donde el fondo y el sujeto a retratar se encuentran fundidos en una imagen donde se resaltan entre sí creando un efecto equilibrado entre estética y significado que me agradó.
Sus paisajes son calles como cualquiera, bardas, muchedumbres, cualquier tipo de escenario, lo cuál demuestra su gran habilidad de adaptación. La capacidad de convertir cualquier lugar en el potencial trasfondo de la historia mental que el espectador con toda seguridad elaborará al ver el resultado, en él es un rasgo característico enorme. Pareciese que viera el mundo entero en cuadros que desde uno u otro ángulo podrían ser dignos de retratarse.
Sus cuadros cuentan cuentos por sí mismos, son imágenes que prescinden de la necesidad de ser explicadas. Se encuentran a la altura (en opinión mía) de cualquier obra de arte costosa, cualquier pintura o cuadro antiguo digno de ser presumido por algún ricachón, pero con la bendita suerte de no pecar de orgullosos, pues todas sus fotografías tienen un dejo humano rara vez visto en otros como él.
La música de fondo también resultó agradable, muy a juego con el tema en general. Sin embargo y para los efectos de la sala de audiencias y la concurrencia de ese día, resultaba un tanto arrulladora como el video mismo, lento.
A mi parecer es una producción meramente sensibilizadora, a modo de tributo a un gran artista por su labor a lo largo de tantos años. Un reconocimiento muy merecido dada su trayectoria.
Pero, hablando de mis intereses personales, no es algo que yo, en la comodidad y holgura de mi casa, vería a voluntad. No porque su contenido no sea bueno, porque lo es, sino porque difiero en el tipo de proyecciones que gusto de ver.
Lo recomendaría, sí, a quien busque hacer trayectoria y entender cómo es la vida de un fotógrafo real, que ve en la Fotografía no una profesión, sino un estilo de vida. Por lo demás, a pesar de ser un muy buen largometraje, no me atrevería a mencionarlo, pues no es de mi agrado del todo.
Es interesante, porque muestra al artista como el hombre mortal, normal y sencillo que es, lejos de la concepción general del artista como un ser dramático, antisocial y complicado. Habla de su vida, de su historia como el hombre que ha vivido tantísimas cosas hasta el día de hoy, y sobrevivido con pruebas de ello en mano. Muchas pruebas muy hermosas, cada una por sí misma. Habla de su lenguaje propio, del dialecto al interior de sus obras y del mensaje que transmiten. No se menciona directamente en el vídeo, pero la pasarela de fotografías dejan esto en claro al público al estamparse por sí mismas en la pantalla.
El concepto es bello, la vida y la obra a través del tiempo, pero el vídeo es demasiado lento, aunque no puede ser de otra forma, y es justamente esto lo que desmerecía a ratos mi atención.
Dentro de todo, el verlo fue una experiencia agradable y no dudaría en verlo nuevamente, de tener que hacerlo.

-Ana C.C.

miércoles, 2 de septiembre de 2015

La visita al laboratorio de Fotografía

Uno pensaría que hoy en día ya no haría falta aprender a revelar imágenes fotográficas analógicas, pues vivimos en una era de invasión digital; sin embargo, quien haga mención de dicho comentario probablemente desconozca (y si no, tendrá sus razones) de lo divertido que puede resultar.
Antes que nada, el laboratorio es un lugar sumamente agradable, a mi parecer. Es un tanto oscuro, iluminado con luz roja de seguridad (que hace una muy útil diferencia), suele estar limpio y ordenado para evitar accidentes y es muy cómodo. Hablaré desde mi experiencia personal:
En mi grupo somos 21 alumnos usualmente silenciosos. Las dos sesiones que empleamos en conocer lo básico de este asunto se dividieron en dos días consecutivos. 
El laboratorio es un lugar sumamente interesante y vagamente iluminado. Huele ligeramente a químicos ácidos, todo esta ordenado y dentro de él se mantiene sólo el material indispensable, mientras el resto es procurado en orden. 
Para ingresar en primera instancia hay una puerta de metal sin ventanas y más allá una cortina negra, esto es porque si la luz llegase a hacer contacto con el papel fotosensible, lo arruinaría y no sería posible revelar nada en él, así que, para evitar accidentes, primero se pasa por la puerta, se cierra bien y luego se ingresa al laboratorio. Al salir se pasa la cortina, se asegura que nada de luz podrá ingresar y entonces se puede abrir la puerta. 
Toma un rato acostumbrarse a la falta de luz natural (luz blanca/amarilla), sin embargo, en mi caso, para al segunda sesión ya estaba totalmente acostumbrada. Las ayudantes de profesor pasaban a revisar nuestro trabajo cada tanto y se aseguraban de resolver nuestras dudas y mostrarnos cómo hacer los ejercicios. Nos regalaban muestras de papel fotosensible para practicar el revelado.
Yo hice equipo con una compañera de nombre Yaret, y nos instalamos en la tercera máquina de revelado a color, de izquierda a derecha. 
El ejercicio consistía en, con los trozos de papel, hacer pruebas de iluminación para hallar el negro más saturado en las hojas, pues al darles la luz, éstas (usualmente blancas) cambian de color tiñiendo de negro los lugares en los la luz lo tocase.
Cambiamos la luz blanca de la máquina por luz roja de seguridad para evitar que el papel se arruinara, ajustamos una hoja de 4x5 pulgadas y colocamos el foco a una altura de 17.7 cm iniciales, con un diafragma de 5.6, para antes de la exposición. Cambiamos la luz roja por luz blanca y comenzamos un experimento de pigmentación del papel fotosensible, cubriéndolo con una hoja de papel normal, misma que recorríamos cierta distancia cada cinco segundos para ver qué parte de éste se saturaba más de color. 
Posteriormente lo fuimos a revelar. Primero lo pasamos por una bandeja roja (que bajo la luz de seguridad se ve negra) y lo dejamos ahí minuto y medio. Luego la pasamos al baño de paro, de la charola blanca (que bajo la luz de seguridad se ve roja) durante diez segundos. Después lo pasamos al fijador, de la charola gris (que se ve verde) y ahí lo dejamos tres minutos, para finalmente pasarlo a la bandeja de agua corriente y dejarla reposar cuatro minutos para que se enjuagase.
El resultado no fue nada bueno, la hoja fotosensible salió totalmente negra, dejándonos en claro que el tiempo de exposición bajo la luz blanca había sido demasiado.
Para nuestro siguiente experimento, colocamos una tira de aspirinas sobre la hoja y la expusimos unos 12 segundos, repetimos el proceso de revelado y la imagen salió decentemente bien. El cuerpo de la tira se reflejó como una mancha blanca en un fondo negro.
Para la segunda sesión decidimos cambiar los datos de la máquina, de modo que aumentamos la altura del foco a los 27 cm, igual que el diafragma a 8. La hoja era de la misma medida. Ésta vez, decidimos aumenta la exposición a 14 segundos y colocar sobre el papel fotosensible unas figurillas que Yaret trajo.

                                      

(El feliz fotograma del elefante de marfil y el perro de madera)


El resultado fue bastante bueno, pues ahora se veían las figuras en su totalidad.
Después de esto, hicimos dos o tres pruebas más, que salieron exitosas, y con ésto concluimos la sesión.
Cabe mencionar que el espacio me pareció muy bueno y la oportunidad excelente. Es cierto, yo poseo una cámara digital, pues hay que reconocer que para los usos que planeo darle, una analógica saldría siendo muy costosa por los gastos en material de impresión y escaneo, sin embargo, aprender lo básico de revelado no sale sobrando. Nunca está de más un extra de información al respecto. La experiencia fue realmente agradable, en un lugar con privacidad lejos del ajetreo exterior. 
En una era donde la globalización instantánea de los hechos no hace sino arrinconar y eliminar la privacidad de los individuos, el revelado de fotos simula un oasis a veces necesario para aclarar los pensamientos. El laboratorio es un espacio silencioso y agradable donde uno se encuentra a solas con las imágenes y nada más en un lugar sin distracciones que te obliga a concentrarte en tus actividades. En ese tiempo puedes dedicarte a meditar, como un ejercicio de respeto propio. 
Hay un silencio general en el aula, y más allá del necesario murmullo de los demás estudiantes, me sentí bastante cómoda, como envuelta en misterio. Una no podía sino emocionarse a ver cómo la imagen se comenzaba a teñir de negro en la charola del revelador, apresurando al reloj para poderla pasar a las siguiente bandejas con químicos. 
Salir a la luz del día es de alguna manera sorprendente. Dentro del laboratorio no pasa el tiempo. Ya sea que el ejercicio haya resultado bien o mal, te entran las ganas de hacer otro y luego otro más. Experimentamos con texturas y con objetos para ver el impacto de éstos en el papel. Algunas fotos salieron muy bien y otras... pudieron haber salido mejor.
De cualquier caso ésta fue una experiencia fascinante que me incita a pensar que, en un futuro y con una noción más amplia de la Fotografía, bien podría hacerme de una buena cámara analógica y adentrarme nuevamente en ese espacio de maravillas para poder volver a ver la aparición súbita y casi mágica de las imágenes en una hoja de papel donde antes no había nada.

-Ana C.C.


jueves, 27 de agosto de 2015

Mil (y tantas) palabras acerca del libro de Susan Sontag “Sobre la Fotografía”

Una mala reseña, un mal ensayo y una mala crítica (pues no sé escribir):

(Me gustaría, aunque fallo a mis propias expectativas, el poseer la capacidad real de escribir un ensayo con todas las de la ley. Sin embargo temo por mi propia inutilidad con este respecto. Así bien, relataré tan claramente como pueda mi sentir acerca de la obra procurando que cualquier persona, sea o no semejante mío en cuanto a los quehaceres, sea capaz de entender mis palabras e incluso me animo a pensar que ésta podría ser un mal intento de recomendación literaria. Por lo demás, mis disculpas.)

Esta última semana le he dedicado un espacio a la lectura de este texto tan bien elaborado. No lo digo por intentar halagar indebida e injustificadamente a la autora; me explico: El libro, de una escritura amena, pero no sencilla, presenta al lector una placentera explicación a modo de relato que habla de los cambios en la imagen a través de los años.
No es el tipo de lectura que una persona cualquiera elegiría simplemente porque sí para disfrutarla con una taza de café como a cualquier novela, sin embargo, puede tomarse como tal. La temática es más bien informativa (o de sensibilización, como dijo el profesor) aunque con los trazos agridulces de quien escribe con gran placer intentando volver experiencias propias en un texto informativo, apenas lográndolo. Si bien describe los hechos y técnicas con claridad, falla en lo que otros libros similares no: no logra un desapego total. Y es justamente esta característica lo que hace al escrito tan amable a ojos del lector: la cercanía con quien lee sus palabras.
Leer el libro es como adentrarse en los propios pensamientos de la autora, que los traduce a manera de que las ideas sean claramente entendidas por el receptor. En algunas partes de éste, incluso parece charlar con quien lo lee.
En mi opinión es un texto necesario para quien busca iniciarse en un arte tan simple y tan complejo, tan espiritual como es la fotografía. Pero esa es sólo una opinión mía, pues habrá quién pueda hacerlo sin pasar sus páginas. Ahora bien, corregiría mi afirmación anterior incitando mejor a los aficionados (y tal vez futuros fotógrafos de profesión) a que repasen en libro. Como introducción es bastante bueno, te absorbe y obliga (aunque no sé si es lo correcto decirlo de esta manera) a meditar acerca de la tarea, la obra de estar tras una cámara con el pulgar a punto para disparar.
Sirve cual cafeína matinal para aquél que sufre de insomnio. Combustible para la creación de ideas propias.
Hablando de reflexiones mías acerca de lo leído, concuerdo grandemente con la autora en varios aspectos, muy a pesar de ser menos que una novata quien apenas sabe sostener la cámara sin que ésta caiga.
Es cierto, la fotografía nos enseña a apreciar lo que vale la pena verse, diferenciándolo de todo aquello que afortunada o desafortunadamente tenemos que ver. Fotografiar, al igual que pintar, significa apropiarse del objeto que se retrata y a cambio darle un pedacito de sí, o dejarlo en el lienzo a modo de tributo. Tan antigua es la necesidad humana de preservar momentos como lo es la inventiva del hombre. No escatimamos, hará unas cuantas décadas, en crear un aparato para satisfacer dicho deseo de preservar, de guardarse en un pedacito de papel para luego recordar como quien ve sus dibujos del jardín de niños y piensa en toda suerte de cosas.
Quien toma una foto se adueña del sujeto que retrata -dice la autora-, y convierte su cuerpo en un "ente" de carga simbólica. Y es cierto, pues abandona de alguna manera su individualidad para darle espacio al espectador de ateñirle el significado que guste darle según su percepción de la imagen. Pero me permitiré diferir en este asunto un poco, pues si bien es cierto que en la fotografía se retrata precisamente eso, el corazón quimerizado del fotógrafo y del retratado; en opinión mía, hay pocas cosas que revelen más de un modelo por sí mismo, como persona, como lo hace un dibujo o una pintura. Ésta es más laboriosa pero no por eso más sencilla. Quien pinta observa al modelo con un detenimiento tal (si desea hacerlo correctamente) que a veces imagino que, de alguna manera, absorbe parte de su esencia con el pincel y luego la estampa de mil formas en el lienzo. El corazón del pintor se esconde en las pinceladas, entre las cerdas del pincel, pero la totalidad del sujeto que se retrata se halla en la composición por sí misma. Esa es mi opinión.
El pintor es digno y un poco orgulloso donde el fotógrafo podría parecer humilde sin dejar de ser ambicioso, creo. A veces y por como relata la autora en su libro, me da por pensar que el corazón de un fotógrafo late más rápido que el de un dibujante. Pero, claro, esa es pura fantasía mía.
De vuelta al libro, Susan nos hace ver entre líneas y sobre ellas, que el sostener una cámara e identificarse con el sujeto a retratar son casi hechos de la casualidad, locuras atemporales, caprichos de la espontaneidad. Bellos caprichos, eso sí, que muestran la otra mirada de los objetos más allá de la lente. Convierte la realidad a un hecho bidimensional destinado a perdurar, deambular y propagarse si tiene suerte, así, los objetos retratados, pasan a ser símbolos más allá de la carga real de su existencia. Es decir, en palabras mías destiladas de las de Sontag, el fotógrafo es el escritor de un idioma distinto, nuevo, cambiante y universal.
Y sin cerrarse al arte (donde su redacción podría considerarse así, tal vez), habla de posturas, de opiniones propias y ajenas, de profesionales que se dedican a lo mismo, es implacable; critica con la elegancia de un mosquetero armado hasta los dientes, con bellas palabras, los hechos y la historia del arte de su profesión.
El libro propone (omitiendo en muy gran medida el lenguaje académico propio de escritos de su misma índole) lo que podría considerarse la carga "real" (por así decirlo) del fotógrafo para/con la sociedad, el arte y su propia ocupación, dejando al mismo tiempo un hueco en el cuál el lector pueda residir para crearse sus propias dudas. Es precisamente eso lo que me entusiasmo a leerlo más allá de las dos primeras decenas de páginas.
La experiencia de la lectura fue, en mi caso, bastante agradable, y me atrevo a decir, con mi boca de total inexperta, incluso reveladora. Fue un buen ejercicio introductorio a la que tal vez, podría ser una de mis futuras dedicaciones.

Y todo este insufrible monólogo fue, por supuesto, mi mundana opinión.

-Ana C.C.


martes, 18 de agosto de 2015

¡La primera entrada!

Antes que nada, esto es un blog destinado a la publicación de mis trabajos escolares, y con un tanto de inspiración, de mis futuras obras.
Cuando hablamos de Fotografía como tal, no poseo ninguna experiencia. Por supuesto, he sostenido la cámara de mi celular y tomado con ella toda suerte de fotos lejanas al arte, de mi vida cotidiana, de los momentos felices y también de aquellas cosas que me gustan. He hecho uso y abuso de mi celular para guardar apuntes, notas del pizarrón y fotos de carteles de acá y allá, de cosas que me parecen interesantes, y probablemente seguiré haciéndolo.
Sin embargo, hablando de la Fotografía real, de la verdadera Fotografía, de ésa que busca por medio de un enfoque adecuado, de una luz perfecta, de algún momento efímero, fugaz pero valioso, capturar la escencia misma de las cosas; ÉSA, no la he practicado. Sobra decir que hasta este momento no he tenido un interés real en ella. El sostener una cámara fotográfica en mis manos pasa a ser un peso enorme al pensar en que ésta se me resbale, y prefiero rechazarla a permitir algún accidente... sí, todo ello antes de siquiera pensar que en lugar de la posibilidad de dejarla caer sin querer, con ella podría hacer cosas maravillosas, si me empeñara en ello, si me atreviera a sostenerla correctamente.
Ésta es, en la opinión de mi madre, una profesión de lo más noble. Ya iré por mí misma elaborando mi propia opinión al respecto conforme avancen las siguientes semanas. Muy recientemente he ingresado a ésta, mi nueva casa de estudios superiores, La Esmeralda, donde un mundo de probabilidades y de posibilidades se abre repentinamente al cruzar el umbral de piedra de la entrada.
El silencio mismo es prueba de su potencial. 
Con todo lo que se diga que la escuela posee y de aquello que careciese, tiene en sí el alma de una semilla desconocida, de cualquier forma, textura y color, que cualquier día de estos asomará por encima del suelo sus hojitas. Faltarán días, semanas antes de averiguar de qué flor se trata, pero por lo mientras se presenta como una oportunidad con mil posibilidades a futuro. 
Así, precisamente, extiende su abanico de opciones, extendiendo una mano amiga desde el interior de una (aparentemente) tranquila, sencilla y silenciosa comunidad estudiantil de futuros artistas. 
Como alumna de nuevo ingreso, recibiré gustosa lo que ella pueda otorgarme. Me gusta andar por la vida a ciegas, pues así de irresponsable soy. Tomaré lo que me ofrezca y experimentaré con él para nutrirme lo más posible y emprender mi propio camino dentro de algunos años. Con algo de suerte podré devolverle el favor de una u otra manera en un futuro.
Ahora: Puesto que este blog fue una tarea, he aquí la parte que corresponde a ello:

(Marisa, mi mejor amiga, sonriéndome)

¿Qué es una buena fotografía?
No me atrevería a intentar definir algo tan complejo siendo yo una novata. Pero, si he de ponerlo en palabras propias, sería algo muy similar a una buena pintura: una imagen que por sí misma y sin necesidad de palabras, transmite lo que busca transmitir. Claro, hay muchas variantes, como la luz, el lugar, la intención, el sujeto de la fotografía y otras tantas imposibilidades, sin embargo, si en dado momento todas estas variables se uniesen para crear en su conjunto algo bello, éso, es una buena fotografía. Y aún si alguna de aquellas variables faltase a su compromiso, mientras las demás sean puntuales, la imagen saldrá bien.
Recuerdo que algunos años atrás, en el Zócalo de la ciudad, se posó una gran carpa en cuya entrada se leía 'Museo Nómada'; aquella fue, de todas las exposiciones a la que he ido en mi vida, la más bella. Es imposible describir la sensibilidad de las imágenes ahí exhibidas, o la belleza con la que se tomaron, la delicadeza del autor o la sensación de paz que ahí dentro se respiraba, mas, sin temor alguno, puedo afirmar que en mi propia opinión, aquella fue la muestra más sublime a la que he asistido... hasta el día de hoy, claro.
La fotografía es, para nuestros tiempos, un medio irrefrenable de transmisión, No es tan universal como otras artes (la música o la danza, por ejemplo), sin embargo es clara, directa y veloz. Nada retrata mejor un ambiente en específico que una buena fotografía. Una imagen sucede ser, a veces, más poderosa que todos los demás medios de difusión. Es la primera en tatuarse en los ojos y la última en irse tras la impresión. Cuando son muy impactantes, prefieren quedarse dentro, ahí, ocultas en nuestra nuca, esperando para saltarnos nuevamente a la mente.
Como estudiante, este medio me será innegablemente útil. Registros y experiencias, trabajos, todos se pueden documentar por el mismo canal: un lente. Ya sea que únicamente dedique mi cámara a guardar registros o que descubra una pasión por la fotografía, será su práctica la excusa perfecta para buscar en el día a día un momento bello digno de guardarse.


-Ana C.C.