Una mala reseña, un mal ensayo y una mala crítica (pues no sé escribir):
(Me gustaría, aunque fallo a mis propias expectativas,
el poseer la capacidad real de escribir un ensayo con todas las de la ley. Sin
embargo temo por mi propia inutilidad con este respecto. Así bien, relataré tan
claramente como pueda mi sentir acerca de la obra procurando que cualquier
persona, sea o no semejante mío en cuanto a los quehaceres, sea capaz de
entender mis palabras e incluso me animo a pensar que ésta podría ser un mal
intento de recomendación literaria. Por lo demás, mis disculpas.)
Esta última semana le he dedicado un espacio a la
lectura de este texto tan bien elaborado. No lo digo por intentar halagar
indebida e injustificadamente a la autora; me explico: El libro, de una
escritura amena, pero no sencilla, presenta al lector una placentera explicación a modo de relato que habla de los cambios en la imagen a
través de los años.
No es el tipo de lectura que una persona cualquiera
elegiría simplemente porque sí para disfrutarla con una taza de café como a
cualquier novela, sin embargo, puede tomarse como tal. La temática es más bien
informativa (o de sensibilización, como dijo el profesor) aunque con los trazos agridulces de quien escribe con gran placer
intentando volver experiencias propias en un texto informativo, apenas
lográndolo. Si bien describe los hechos y técnicas con claridad, falla en lo
que otros libros similares no: no logra un desapego total. Y es justamente esta
característica lo que hace al escrito tan amable a ojos del lector: la cercanía
con quien lee sus palabras.
Leer el libro es como adentrarse en los propios
pensamientos de la autora, que los traduce a manera de que las ideas sean
claramente entendidas por el receptor. En algunas partes de éste, incluso
parece charlar con quien lo lee.
En mi opinión es un texto necesario para
quien busca iniciarse en un arte tan simple y tan complejo, tan espiritual como
es la fotografía. Pero esa es sólo una opinión mía, pues habrá quién pueda
hacerlo sin pasar sus páginas. Ahora bien, corregiría mi afirmación anterior
incitando mejor a los aficionados (y tal vez futuros fotógrafos de profesión) a
que repasen en libro. Como introducción es bastante bueno, te absorbe y obliga
(aunque no sé si es lo correcto decirlo de esta manera) a meditar acerca de la
tarea, la obra de estar tras una cámara con el pulgar a punto para disparar.
Sirve cual cafeína matinal para aquél que sufre de
insomnio. Combustible para la creación de ideas propias.
Hablando de reflexiones mías acerca de lo
leído, concuerdo grandemente con la autora en varios aspectos, muy a pesar de
ser menos que una novata quien apenas sabe sostener la cámara sin que ésta caiga.
Es cierto, la fotografía nos enseña a apreciar lo
que vale la pena verse, diferenciándolo de todo aquello que afortunada o
desafortunadamente tenemos que ver. Fotografiar, al igual que pintar, significa
apropiarse del objeto que se retrata y a cambio darle un pedacito de sí, o
dejarlo en el lienzo a modo de tributo. Tan antigua es la necesidad humana de
preservar momentos como lo es la inventiva del hombre. No escatimamos, hará
unas cuantas décadas, en crear un aparato para satisfacer dicho deseo de
preservar, de guardarse en un pedacito de papel para luego recordar como quien
ve sus dibujos del jardín de niños y piensa en toda suerte de cosas.
Quien toma una foto se adueña del sujeto que
retrata -dice la autora-, y convierte su cuerpo en un "ente" de carga simbólica. Y es
cierto, pues abandona de alguna manera su individualidad para darle espacio al espectador de ateñirle el significado que guste darle según su percepción de la imagen. Pero me permitiré diferir en este asunto un poco, pues si bien es cierto que en
la fotografía se retrata precisamente eso, el corazón quimerizado del fotógrafo
y del retratado; en opinión mía, hay pocas cosas que revelen más
de un modelo por sí mismo, como persona, como lo hace un dibujo o una pintura.
Ésta es más laboriosa pero no por eso más sencilla. Quien pinta
observa al modelo con un detenimiento tal (si desea hacerlo correctamente) que
a veces imagino que, de alguna manera, absorbe parte de su esencia con el
pincel y luego la estampa de mil formas en el lienzo. El corazón del pintor se
esconde en las pinceladas, entre las cerdas del pincel, pero la totalidad del
sujeto que se retrata se halla en la composición por sí misma. Esa es mi
opinión.
El pintor es digno y un
poco orgulloso donde el fotógrafo podría parecer humilde sin dejar de ser
ambicioso, creo. A veces y por como relata la autora en su libro, me da por
pensar que el corazón de un fotógrafo late más rápido que el de un dibujante.
Pero, claro, esa es pura fantasía mía.
De vuelta al libro, Susan
nos hace ver entre líneas y sobre ellas, que el sostener una cámara e identificarse con el sujeto a retratar son casi hechos de la casualidad, locuras atemporales, caprichos de la espontaneidad. Bellos caprichos, eso sí, que muestran la otra mirada de
los objetos más allá de la lente. Convierte la realidad a un hecho bidimensional
destinado a perdurar, deambular y propagarse si tiene suerte, así, los objetos
retratados, pasan a ser símbolos más allá de la carga real de su existencia. Es
decir, en palabras mías destiladas de las de Sontag, el fotógrafo es el escritor de
un idioma distinto, nuevo, cambiante y universal.
Y sin cerrarse al arte
(donde su redacción podría considerarse así, tal vez), habla de posturas, de
opiniones propias y ajenas, de profesionales que se dedican a lo mismo, es implacable;
critica con la elegancia de un mosquetero armado hasta los dientes, con bellas palabras, los hechos y la historia del arte de su profesión.
El libro propone (omitiendo en muy gran medida el lenguaje académico propio de escritos de su misma índole) lo que podría considerarse la carga "real" (por así decirlo) del fotógrafo para/con la sociedad, el arte y su propia ocupación, dejando al mismo tiempo un hueco en el cuál el lector pueda residir para crearse sus propias dudas. Es precisamente eso lo que me entusiasmo a leerlo más allá de las dos
primeras decenas de páginas.
La experiencia de la
lectura fue, en mi caso, bastante agradable, y me atrevo a decir, con mi boca
de total inexperta, incluso reveladora. Fue un buen ejercicio introductorio a
la que tal vez, podría ser una de mis futuras dedicaciones.
Y todo este insufrible
monólogo fue, por supuesto, mi mundana opinión.
-Ana C.C.
