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jueves, 17 de septiembre de 2015

El inicio de la independencia fotográfica

Durante alguna entrada anterior hablé de Cartier Bresson, un fotógrafo atrapado dentro de su cámara que prefería mantener vírgenes e intactas las fotografías que tomaba, buenas, malas o regulares, pues estaban en su estado más puro. 
Para ese entonces la fotografía terminaba ya de conformarse como un arte independiente de la pintura o cualquier otro arte visual, pero antes de ello, se apegaba tanto como pudiese a éste e incluso lo imitaba.
Durante la plática del viernes pasado en el aula SUM se nos habló un tanto de eso. El ponente era un profesor un tanto mayor muy agradable, con facilidad de palabra y carisma. Estaba especializado, según comentó, en fotografía estadounidense antigua, digamos, principios del siglo XX. 
La charla duró alrededor de dos horas en las que trató la evolución de la fotografía, desde su finalidad intencional, su apego a la pintura y su desapego, aunque esto último sólo lo habló de pasada. Se enfocó más a la fotografía antigua y la belleza de esta, habló de algunas de las ventajas y muchas desventajas de ésta y de los aún así bellos efectos que lograban. Por supuesto, mencionó que algunos autores no tenían la intención de hacer sus imágenes brillar por ser fotografías, sino por ser imágenes similares a las pinturas, aunque tocó algunos que ya comenzaban a separarse y a crear por su lado. 
Se hablaba ya de la belleza de ésta por sí misma y sus efectos como algo distinto te la pintura, aunque parecía apegarse a ella tanto como le fuese posible. Tal era la visión de la época. 
Nos pasó una serie de imágenes de la época, en opinión mía, bellas, que retrataban paisajes comunes, lugares de paso, calles nevadas y marcadas por las carretas y automóviles clásicos. Algunas otras de modelos desnudas, que posaban para fotógrafos pintores en una sola sesión lo que, sin la cámara, tendrían que posar en varias sesiones. Otras tantas de bosques brumosos, de casas y personas que tenían en ellas un aire nostálgico, misterioso y bello. 
La mayoría se trataba de imágenes que hacía surgir preguntas, fragmentos de historias no escritas que permitían al espectador hacerle de autor y narrador en lo que suponía ser su continuación. Era cierto, asemejaban a la pintura suave y tallada clásica con la diferencia de la nostalgia, del misterio, del encanto de éstas y de saber que los paisajes y personas y árboles que ahí aparecían, alguna vez vivieron, existieron y respiraron.
Contenían precisamente esa chispa viva que caracteriza a la fotografía y que con frecuencia se apaga en la pintura, he de reconocerlo. En ese aspecto, la captura de imágenes sucede palpitar más que la imitación de figuras. Hablando de la eternalización de la realidad, la fotografía parece ganarle al resto de las artes y con creces. No hay de otra.
Las imágenes que se nos expusieron tenían ese pedacito de alma absorbido dentro de sí más allá del resto que queda fuera una vez movilizado el modelo. La imagen resultante tiene vida, un espíritu viejo y enigmático, un niño juguetón y travieso o una amante de labios rojos. Un poco de cada uno.
La guía del exponente, si bien útil, a veces salía sobrando: las imágenes hablaban solas y él lo sabía. Claro que su tarea era más bien darnos referencias históricas y demás acerca de los adelantos estéticos de este arte, pero a veces se abstraía admirando su propia presentación de figuras monocromáticas por su propia, clásica, antigua belleza. Y no lo culpo, claro, me pasó una o dos veces a lo largo del último tramo de la exposición.
No creo ser capaz de transmitir lo que las imágenes que me presentaron el pasado viernes me transmitieron. Como hubo algunas que me causaron una profunda impresión debido a su belleza, hubo otras que no hicieron sino despertar mi indiferencia. Aquel era un contraste muy fuerte entre la intensión de admirar y la necesidad de admirar. No tuve de otra mas que callar y observar intentando seguirle el hilo al ponente. 
No era nada complejo, el hombre era claro y agradable, lo difícil se encontraba del otro lado de la visión, en mi cabeza. 
Fuera de ello, se trató de una plática amena, amable con los oídos, agradable para el cerebro. La exposición resultó llevadera, digerible y sencilla. Muy informativa, pues toda la información la traía ya resumida y simplificada. Seguramente tantísimos años de preparación le permitieron hacer algo como aquello, tan pequeño como puede hacerlo alguien que sabe lo que dice y dice lo que desea. 
Mis felicitaciones al hombre, por ser tan humano en su habla con el público. Sonaba algo nervioso, emocionado como lo está quien habla de un tema que ama, pero bien. 
En esta ocasión no queda sino decir que fue tiempo muy bien empleado. Nada costó el escucharlo con atención. Incluso sus narraciones acerca de los viajes y retratos de pintores fotógrafos resultaron interesantes. 
Me agradó y es todo lo que me queda concluir al respecto.Valió mucho la pena.

-Ana, C.C.